La presión de Millonarios es lo más condicionante hoy por hoy en los campos del país. John Duque, su coronel en carne viva, es una de las revelaciones del torneo. El problema es que en frente estaba el Junior de Roberto Ovelar y Alexis Pérez, porque cada recepción necesita un emisor. Las primeras líneas del partido tenían a un Millonarios que, como una piraña en medio del Amazonas, comía insaciable los talones a todo el mediocampo juniorista y, al mismo tiempo, obligaba a los centrales a empezar jugando con los ojos sueltos y el pie amarrado al balón.

Cuando el tiburón movía por abajo, Duque, insoportable, no paraba de morder, de robar balones y propiciar ataques que Millonarios usó de mejor a peor a lo largo del partido. Domínguez es pura precisión cuando tiene tiempo para usar el borde interno, y como los robos de Millonarios lo encontraban siempre cerca y solo, el equipo podía juntarse. Pero juntarse para luego lanzar el zarpazo, porque Russo de lanzadores está sobrado. Es una lástima que el Carachito ofrezca esto en un contexto tan específico, porque eso significa que Millonarios no tiene un sustituto de garantía para el grandísimo Henry Rojas. Y es una doble lástima que Duque no haya enfocado en Macalister Silva cuando robaba, porque con el caminar del tiempo el equipo lo iba a necesitar.

La noche recuperada en el Metro fue una demostración implacable del poder que ejercen los buenos jugadores sobre un partido

Con Enrique Serje, James Sánchez y Jarlan Barrera fuera de combate, el envío largo fue la opción con la que Junior pretendía hacer daño con dos objetivos bien definidos: Roberto Ovelar en las alturas y Edinson Toloza en la carrera. El paraguayo o batallaba por cada centímetro con Pedro Franco, o buscaba siempre la espalda de Jair Palacios a puro movimiento. No en pocas ocasiones lograba bajar pelotas y dar continuidad, o jugaba la suya creando situaciones de la misma nada con la fuerza hercúlea de su talento con el balón. No obstante, fue Toloza quien realmente puso a Millonarios contra las cuerdas.

Cuando el balón era azul Macalister quedaba lejos de la jugada, y como las piernas daban cada vez menos para juntarse, Millonarios empezó a atacar mal y Junior a contragolpear. Lo realmente valioso de Toloza no fue que ganara al espacio, eso es esperable, sino que su pie derecho estuvo en uno de esos días. A la carrera le puso técnica, y el vuelo de Riascos murió anulado por el zapatazo de Ovelar en el aire letárgico de las nueve de la noche. Luego, el partido se fue borrando como en la orilla del mar dos huellas de arena.

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