Dijo James Rodríguez justo tras acabar el sufrido partido con Bolivia que también había que saber sufrir. Y Colombia sufrió. Y sufre apelotonándose en disposición de guerra abierta alrededor de su capitán, pistola en mano, para defender a aquellos que se ganaron hace rato la dignidad de tener de escudo a la nación. Lo hicieron desde la alegría y el baile. A lo Coca-Cola. La mina de oro de la publicidad. En Colombia el fútbol se baila. Y ras-tas-tas. Para aquí y para allá. Sonrisas, millones de sonrisas, que hoy son amargura. Luchar, sentir, pelear. Sufrir. Apelar a lo más emotivo, a la emoción primaria de la supervivencia: al sufrimiento. Unirnos todos en bandera, llanto y pugna; refugiarnos allí para lograr el objetivo más inmediato, pero no el final.

El fútbol es un reino mágico que explota lo humano hasta la transparencia. Te desnuda ante los ojos de todos. Por eso es que la gestión de grupo es tan importante como la táctica y la técnica. Normalmente, se hace uso de dos cosas para potenciar esa unión: o la alegría máxima o el sufrimiento perpetuo. La lanza o el escudo. Y se puede disfrutar sufriendo como la Uruguay de leyenda que más goza cuanto más padece; y afligirse en el alborozo como cierto equipo que bailó un gol de alivio y no de éxtasis. Colombia con Pékerman decidió apostarle a la alegría hace cinco años. Al Caribe y al Pacífico; a Max Caimán. Hoy, que las cosas no van bien, ha escogido otro camino, quizás igual de colombiano: arrieros somos y en el camino andamos; y a poner la otra mejilla ante los golpes antes que perder. Y así estamos camino a Rusia.

¿Pero a qué? Cuando terminó el partido con Brasil en 2014, Colombia sintió orgullo. Y días después salió masivamente a recibir a unos héroes que, más que nada, nos habían contado la fábula de que éramos tan buenos como cualquiera y que a todos podíamos ganarles. Alguno susurró durante la Copa esas tres palabras con las que sueñan brasileños y argentinos y por ahí nos las creímos. Campeones del mundo. ¿Y por qué no? Y por qué no. A falta de cuatro partidos, Colombia está segunda de la Eliminatoria y su proyección es de treinta y tres puntos, más que los que hizo la Eliminatoria pasada y uno menos, que podría estar dentro de los números, que la Brasil que arrasó en las Eliminatorias de 2006 y 2010. O los mismos que la Chile de 2010. Nuestra mejor Eliminatoria de siempre. Y estamos sufriendo. La tensión se nota en el entrenador, la afición, la prensa y los jugadores. Colombia está en modo de pelea y encontró en los periodistas su enemigo. El equipo está al borde del silenzio stampa. Como si fuéramos un equipo grande. Porque la fábula sigue y los primeros que se la han creído han sido los propios futbolistas. Los de siempre.

La victoria nunca suele ser un camino de rosas. Aquellos que lo han tenido así, han visto morir el éxito ante el primer obstáculo. Sufrir curte. Te da perspectiva. Te enseña a vivir. Y a ganar. A darle valor a las cosas. En general, te prepara para todo. Lo mismo que perder. A la cima de la montaña no se llega gratuitamente. Y Colombia quiere llegar a la cima. Dijo Jean Paul Sartre que “el sufrimiento se justifica en cuanto se convierte en la materia prima de la belleza”, lo que viene a ser que sufrir por sufrir no vale de nada. También hay que saber sufrir. Pero que sirva de algo. Que ir a Rusia así, como equipo grande, sirva para que al Mundial lleguemos a jugar como tal. Que haya catarsis. Porque no somos Uruguay. Somos Colombia y aquí, no solo porque lo diga Coca-Cola, el fútbol se baila. Y qué difícil es bailar sin sonreír.

2 comments

  1. Sigue siendo oportuno en este tiempo este editorial. Los mejores resultados de esta selección Colombia se dieron en el terreno de la lucha y el sufrimiento. Cuando se intentó “jugar” algunos referentes del equipo fueron tildados de “pecho fríos”. Cabe recordar que esta generación se formó y alcanza su plenitud en latitudes donde la lucha y el sufrimiento son elementos intrínsecos del juego. Algún comentarista hace poco dijo que “la lucha no hace parte del ADN del futbol de Colombia”; creo que se equivoca, la lucha y el sufrimiento hacen parte del ADN de la vida misma, hace parte de la humanidad. ¿Por qué no aceptar estos elementos en la identidad de juego como lo hacen otras selecciones?; tal vez le estamos exigiendo a los peces que se trepen a los arboles, tal vez lo vivido en el mundial de brasil y en su etapa clasificatoria fué un espejismo, potenciadas por la capacidad resolutiva de jugadores extraordinarios como James y Falcao. Esta generación formada en argentina y Europa siente más la lucha y el sufrimiento que el “juego” y el goce…¿Por qué no aceptarlo y potenciarlo? Creo que se tienen los jugadores y el espíritu para hacerlo. En las áreas se tienen jugadores con buen lomo, golpe y resolución; habría que buscar unos buenos extremos para que abran la cancha y tiren balones al área, simplificar el “juego” para maximizar la lucha y el sufrimiento.

    1. Bellísima reflexión, Armando. Como dice, interpele a la vida misma.

      A mí me encanta este editorial porque reivindica el sufrimiento que, como usted dice, es algo también muy nuestro. Tanto así que, por eso mismo, me atrevo a decir que el deporte nacional durante buena parte del siglo pasado no fue el fútbol sino el ciclismo. Las escaladas de Ramón Hoyos unieron al país antes que los pases del Pibe. Y esto porque esas escaladas expresaban mucho de nuestra “espiritualidad”, por así decirlo. Escalamos para declarar nuestra fe sufriendo. Como lo hacen en Monserrate tantos feligreses cada año y como hacen los ciclistas. “La agonía del Cristo subiendo al Calvario ha servido de modelo para los atletas colombianos”, dijo Matt Rendell.

      Entonces estamos ante dos Colombia. La Colombia africanizada, alegra e irreverente cuya máxima expresión, me parece, fue el modelo de juego de Maturana, revolucionario a todas luces. Luego tenemos la Colombia indígena, devota y confesional que vendría siendo la selección de esta Eliminatoria. Y claro que genera empatía porque, como hemos dicho, también somos eso. Tanto así que, fijándome ayer, los líderes de opinión expresaron su orgullo por la manera en que volvimos al Mundial. Los que no fueron minoría.

      La duda que me asalta no es en materia de identidad sino futbolística. ¿Tendremos jugadores para sufrir? Yo pienso que sí, pero no creo que sean precisamente los que están atornillados en la titular. Abel Aguilar siempre batallará rebotes, pero ya no tiene ritmo de selección. Santiago Arias siempre correrá maratones, pero creo que ya se le hizo tarde para aprender a estar correctamente ubicado. Y Carlos Sánchez… nunca me ha parecido el jugador que dicen que es.

      Si el mensaje es sufrir, hace falta incorporar al proceso esos jugadores con los que podemos sufrir mejor. Los hay y son muy buenos. De hecho, en Brasil 2014 no teníamos tantos jugadores buenos como hoy. Hay con qué superarnos en Rusia. Tenemos 8 meses para encauzar al equipo.

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