En aquellos días de sol en que Falcao era el dios Ra, los amaneceres llevaban el sello de Juan Camilo Zúñiga. Ágil, puntual y siempre creativo, su contacto con la redonda anunciaba el alba en el juego de la Colombia de Pékerman que soñaba con Brasil. Entraba Macnelly Torres en escena y pase va, pase viene; mimos y mimos hasta que Teófilo Gutiérrez, siempre inadvertido, siempre sigiloso, sacaba la daga bajo el frac. Entonces el esplendor amarillo era irrevocable.

Zúñiga era la salida de balón de Colombia

El regreso a la gran cita mundialista después de 16 años fue para Colombia el primer aviso de que Zúñiga se estaba haciendo veterano y frágil. Además de acumular casi un año de lesión en lesión, el antioqueño no tendría ningún Macnelly Torres, Aldo Leao Ramírez ni Teófilo Gutiérrez (al menos no el mismo de la Eliminatoria) como socio para su fútbol, lo que condenó su Mundial a la discreción.

Pero para Pékerman la historia de Zúñiga en la selección aún tenía tela por cortar, tanto así que, en el primer partido post-Brasil, hizo realidad lo que seguramente fue su fetiche desde la primera vez que lo vio: hacer de él su dínamo en el centro del campo. Pero el correr de los meses se iba llevando el brío de Zúñiga, hasta que la resignación ante su envejecimiento fue definitiva.

En lo que va de Eliminatoria, Colombia ha carecido de una salida de balón fiable

Han pasados muchos abriles y la sombra de Juan Camilo Zúñiga todavía pesa. Desde que abandonó la banda derecha, Colombia sigue sin dar con un engranaje reconocible para ordenarse desde atrás, para emprender ataques fiables y para restar suerte a su destino.

Se podría decir que esto ya no representa una prioridad para Pékerman, y la evidencia es irrefutable. En lo que va de la Eliminatoria a Rusia 2018, el seleccionador argentino se ha decantado más por el físico y la voluntad que por la creatividad. Es así como Carlos Sánchez se ha vuelto a afianzar en la medular, Santiago Arias disputa los partidos en los que Colombia está llamada a llevar la batuta y Cristian Zapata ha vuelto a la titular.

Sacrificar la salida de balón ha traído sus riesgos

Lo cierto es que la Eliminatoria ha puesto a prueba la capacidad del seleccionado de Pékerman para crear más que para destruir. El partido ante Bolivia en Barranquilla es el recuerdo fresco de la rocosidad de Colombia en su propio campo, esa que pareció incapaz de desordenar a su rival y se mostró carente de ideas.

Y Pékerman lo sabe. Bien sabe que no hay nada que haga Cristian Zapata que Davinson Sánchez no pueda hacer. En cambio, sabe que Sánchez es atrevido con el balón, que goza de técnica y que puede cortar un ataque dando un pase al compañero, lo que lo hace único en su generación. También sabe que en nadie más ha de encontrar el sentido del pase de Stefan Medina, que entiende el corazón del juego, que es valiente y que sus botas desbordan ataques seguros.

Pékerman lo sabe y, preso de la nostalgia por Zúñiga, tiene cerca a todo el que le recuerda a él. Pero parece haber sido Zúñiga, justamente, quien se llevó lo mejor de Pékerman: su atrever.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *