En muchas ocasiones confundimos un buen pase con uno que es preciso. Que llega a su destino. Evidentemente, la precisión es una de las tantas claves para que un pase sea capaz de sumar al juego, pero no la única. Un buen pase va más allá de la exactitud. El pase en el fútbol es la célula del juego: está interconectado con todo. No basta con un montón de pases precisos para que una circulación cobre un valor significativo dentro de la ecuación futbolística. Hay más elementos, como la tensión del balón, que determinan el ritmo y la velocidad del juego, que influyen en la calidad del pase. Un pase que cuente con la tensión correcta hace que sea mucho más fácil avanzar, mucho más fácil llegar y mucho más fácil golpear. Una secuencia de pases encadenada con balones tensionados trae una ventaja tras otra. En ese momento, por diversos factores, esa jugada puede llegar a ser indefendible por el rival.

En el fútbol colombiano apenas nos estamos acostumbrando a esta realidad. Se creció en una escuela en la que un pase bueno simplemente era aquel que llegaba a su destinatario, sin reparar en que cada uno de los pases de una circulación guarda inmediata relación con los siguientes. El pase bueno es el que piensa en la recepción del compañero, tanto en las facilidades que le dé para hacerlo como el contexto que le depara una vez tenga la pelota en los pies. El que guarda una relación estrecha con el ritmo al que se quiere jugar y tiene un mensaje de juego implícito en él. En el que los valores de tensión y precisión, que marcan el ritmo, están unidos al de dirección, que marca el objetivo de la secuencia de pases, sea esta controlar, acelerar o elaborar.

Vale poner como ejemplo del panorama nacional al Independiente Medellín campeón con Leonel Álvarez. Aquel equipo, capitaneado por Daniel Torres, tenía entre sus herramientas con balón la tensión en el pase. Torres no es el colmo de la creatividad, pero un simple pase con la velocidad exacta permitía que el DIM atacara mejor. Torres hacía que cada pase contara: no pasaba el balón por pasarlo, sino que sus envíos tenían una intención en pro del juego y venían cargados con los indicativos de precisión y tensión que mantenían o alzaban el ritmo del circuito de juego.

Limpieza es otro minucioso valor dentro de un buen pase

Por otro lado, es trascendental conocer y detallar los estados del campo. Si está seco, si está mojado o si está triturado; la bola correrá como lo disponga el pasador. Y, asimismo, el posible receptor verá cómo hacer de él productivo. En Colombia, la técnica de los futbolistas se adapta a los estados del campo, que muchas veces no tienen las mejores condiciones, y se acostumbran a pases lentos y controles barrocos. En campos donde el balón vuela más, el colombiano tiene problemas para adaptar su técnica a las necesidades de la circulación y, más allá de que pueda enviar pases milimétricos, sus envíos carecen de los elementos que lo hacen bueno desde un punto de vista global. El fútbol de hoy, el de más nivel, es el que ha aprendido eso. Y en Colombia, afortunadamente, con jugadores como Eduard Atuesta, Bryan Rovira o Sebastián Támara, el panorama ha comenzado a cambiar.

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