Las selecciones juveniles de Bilardo nos descubrieron a Carlos Valderrama siendo todavía un adolescente en un fútbol sin divisiones inferiores, academias o canteras de clubes. ‘El Pibe’ es, de forma oficiosa, el futbolista colombiano más importante de todos los tiempos. Bandera inmortal del fútbol colombiano que irrumpió con carisma y calidad a finales de la década de los 80’s y principios de los 90’s. Para los millenials es su futbolista. El mejor, la insignia de su generación. Para la generación X, sin embargo, esa figura suele asociarse a Willington Ortíz. El tumaqueño no tuvo tanta suerte como el samario. O quizás tuvo más. Depende desde dónde se lo mire.

Ortíz le devolvió el caché al futbolista autóctono

Su descubridor, Jaime Arroyave, se lo encontró de casualidad cuando ya era un muchacho bien formado, pero sin prácticamente ningún tipo de adiestramiento en etapa juvenil. Se lo llevó a Millonarios y su primera temporada como profesional fue la de 1971. Debutó un par de meses antes de cumplir los diecinueve años, casi que directamente desde las canchas barriales. Poco tardó en convertirse en el símbolo del fútbol colombiano de la época. De El Dorado no quedaba sino el recuerdo y las enseñanzas que el platinismo había dejado en las mentes ya crecidas de los entonces futbolistas y que en los 70’s se habían vestido de entrenadores. Era un fútbol huérfano y Willington llenó el hueco de las grandes figuras extranjeras.

No era el primer crack colombiano. Roberto Meléndez, ‘El Flaco’ y Efraín ‘El Caimán’ Sánchez fueron los primeros nacionales en ser transferidos al exterior. El primero, delantero, a Cuba; y el segundo, portero, al mítico San Lorenzo de Almagro de las giras europeas de Pontoni. Más tarde apareció Delio ‘Maravilla’ Gamboa, la primera gran estrella colombiana del profesionalismo. Surgió prácticamente como el reemplazante espiritual de Di Stéfano en Millonarios. Era un puntero izquierdo de gambeta picante y creativa, la primera musa inspiradora de Gabriel Ochoa Uribe, el entrenador más laureado de nuestro fútbol.

El tumaqueño no tardó en vestir la tricolor

A ese equipo, el de Gamboa y Ochoa Uribe, y en ese contexto, de pequeñas e incipientes estrellas, fue al que llegó Willington. No pasó mucho tiempo antes de que aterrizara en la selección. Fue un año después y lo hizo en los Juegos Olímpicos de Múnich. Colombia, cenicienta, se fue con un saco de goles de Europa, pero de ese equipo germinó el de las gestas de 1974, cuando venció a Uruguay en Montevideo, y de 1975, subcampeón ante la fabulosa Perú de Teófilo Cubillas en una final que necesitó hasta de un tercer partido para desempatarse.

La figura central de ese equipo era ‘El Viejo Willy’, como lo llamaban de cariño. Era un combinado legendario, de héroes míticos de clubes que significaron para el país la adolescencia futbolística. Era la época de Ponciano Castro, Víctor Campáz, Miguel Escobar, Ernesto Díaz, Henry Caicedo, Alfredo Arango, Jairo Arboleda, Diego Umaña, Eduardo Retat, Oswaldo Calero, Pedro Zape, Arturo Segovia, Jesús ‘Toto’ Rubio y Óscar Bolaño. Y de la ‘BOM’, claro. Todos ellos abrieron el sendero para que las estrellas de hoy jueguen en la élite del fútbol.

Con la BOM, Ortíz llevó a Millonarios a soñar con la Libertadores

La ‘BOM’ era el apodo, a modo de acrónimo, que recibió la delantera del Millonarios del ‘Médico’ Ochoa. Alejandro Brand, un volante goleador y virtuoso con rodillas de cristal, Willington Ortíz y Jaime Morón, puntero alto, delgado y rápido. Campeones en 1972 y 1978, pasaron a la historia porque fue su fútbol el que llevó a Millonarios a ser el primer equipo colombiano en pisar unas semifinales de Copa Libertadores. Fue en la edición de 1973, enfrentado a Independiente de Avellaneda, a la postre campeón, y a San Lorenzo de Almagro. Fue ante este último que Ortíz demostró, en palabras de sus compañeros, la pasta de la que estaba hecho. Pasta de crack. Ante un arsenal de patadas, puños y hasta, cuentan, artefactos cortapunzantes, Willington no se amedrentó, jugó con guapura, esquivó todos los golpes que pudo y aguantó los que no. Cada vez que cogía el balón seguía gambeteando como si la violencia no lo hiciera vacilar. Su exhibición no alcanzó y Millonarios perdió 2-0, pero a partir de ahí y hasta 1988, el espectáculo se repitió una y otra vez en canchas de todo el continente.

Ese Willington Ortíz era un ‘win’ prodigioso al que no le importaba por cuál banda jugaba. Dueño de una gambeta extraordinaria, una potencia y un pique demoníacos, y un cambio de ritmo que parecía sacado de las profundidades de Rio de Janeiro. Goleador, pícaro y embaucador de defensas. Un centrador sublime, de eso pueden dar fe ‘El Búho’ Irigoyen, Vilarete, Ricardo Gareca o ‘El Tigre’ Benítez. En El Campín, los hinchas de Millonarios disfrutaron de goles maradonianos de Willington antes de que a Maradona se le ocurrieran. Agarraba el balón cerca de su área y no paraba hasta regatearse al portero.

Y no conocía el miedo. Acostumbrado a recibir patadas y pedradas cuando jugaba en Tumaco, nada de lo que se encontraba en el fútbol profesional lo echaba para atrás. Con él, por primera vez se llegó a instancias finales de Libertadores, por primera vez se llegó a una final de Copa América, por primera vez se venció a Uruguay en Montevideo, por primera vez se venció a un equipo argentino de visitante y por primera vez se venció a la selección de fútbol de Brasil. Un pionero para el deleite del fútbol colombiano y de los que lo miraban jugar.

La posición de Willington Ortíz dejó legado en ‘Pecoso’ Castro

Uno que lo vio, y de bien cerca, fue Fernando Castro. Primero como rival, sufriendo sus gambetas y diabluras por la banda que defendía, y después como compañero en la selección y en el Cali. Fue como compañero que Castro vio a Willington Ortíz no ya de puntero, sino en una posición híbrida entre el mediocampo y la delantera. Después de aquella prueba, ante Perú, Willington paulatinamente cambió su posición en el campo a esa que se había inventado Vidinic ante las ausencias de Brand, Arboleda, Umaña y Herrera. Por ejemplo, esa fue su posición de partida semanas más tarde en el debut de la Copa América del 79′ ante Venezuela, escoltado por Gabriel Chaparro y Rafael Otero en el mediocampo y por detrás del tridente Agudelo-Díaz-Iguarán. Luego volvería a jugar el resto del torneo en la delantera. No importó. La semilla estaba plantada. En 1980 llega al Cali y allí tanto Eduardo Manera como Edilberto Righi se hicieron eco de la propuesta de Vidinic. Cada vez que el trío de atacantes de Bilardo, Torres-Scotta-Benítez, estaba disponible, Ortíz iba al mediocampo y ‘Pecoso’ tomaba atenta nota.

Bilardo fue incluso más allá y en su selección, tras un inicio poco halagüeño con un Willington de extremo derecho y Vilarete de delantero centro, decidió eliminar al ‘9’ del equipo y al extremo izquierdo. El mediocampo pasó a estar conformado por tres trabajadores como Valverde, Otero y Sarmiento, los dos primeros dirigidos suyos en el Cali, y una doble mediapunta por delante que unía a Hernán Darío Herrera tirado a la izquierda y a Willington por el centro. Arriba, como solitario extremo derecho, estaba Ángel María Torres. Willington terminaría sus días jugando en ese rol. Tras salir del Cali pasó al América galáctico. Un equipo que auspiciado por dineros oscuros montó la que, seguramente, era la mejor nómina del fútbol sudamericano de la época. Internacionales paraguayos, colombianos y argentinos, además de cualquier promesa que asomaba en el panorama, se conjugaron para formar un equipo que llegó a tres finales seguidas de Libertadores. Era un equipo dinámico que alternaba dos oncenos titulares en los que Willington se intercambiaba, jugando por el medio como maestro artesano de fútbol con los más jóvenes en la liga local, y como puntero diestro con libertad posicional en el equipo que jugaba La Copa.

*Este texto es un fragmento de nuestro especial Macondo: Fernando ‘El Pecoso’ Castro.

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