No es ningún secreto que, para el Santa Fe de Gustavo Costas, un gol en contra es el comienzo del fin. Cimentado sobre la confianza, seguridad y la defensa del 0 en su arco, la moral del expreso se viene al piso tan pronto como se va abajo en el marcador; no sólo por el fracaso de su plan inicial, sino por lo que tiene que hacer a continuación: atacar. Y es que en los últimos encuentros, el ataque no sólo le ha traído dolores de cabeza a Santa Fe, sino que ha dado muestras de parecerle otro deporte.

El sistema ofensivo del equipo de Costas es, con seguridad, uno de los más simples de la Liga Águila. Una vez se hace con el balón, indistintamente de si es en su propio campo o en campo rival, Santa Fe se entrega al despliegue de Juan Daniel Roa y Anderson Plata, o bien la pegada goleadora de Jonathan Gómez: todos argumentos que requieren de espacios para prosperar.

¿Cómo atacar cuando no es posible el contragolpe? El asunto pendiente de Costas

En este orden de ideas, una vez se viene abajo en el marcador y su rival pasa a defender la ventaja, el expreso rojo se hace inofensivo sin espacios. En respuesta a esto, Gustavo Costas parece tener en mente un nuevo dibujo táctico con cuatro defensas, lo que significaría sumar un jugador ofensivo al once titular, presumiblemente un centrocampista.

No obstante, suficientes lecciones nos ha dado el fútbol de que sumar un efectivo en ataque no se traduce necesariamente en una mejora ofensiva. En el caso de Santa Fe, el quid del asunto está en hallar un mecanismo que, en lugar de hacer correr a los suyos, haga correr al balón. Y ese mecanismo puede tener nombre propio.

Kevin Salazar puede ofrecer las respuestas que busca Santa Fe

En Kevin Salazar hay un proyecto extraordinario de futbolista. Su menuda talla esconde un arsenal de técnica y creatividad, que va desde un control de balón académico hasta un sentido del pase impoluto. La velocidad que carece para correr le sobra para poner a rodar el cuero y perfilarse como la pieza cerebral no sólo para Santa Fe, sino para los demás equipos de élite.

Pero, hoy por hoy, en su cara no hay rastros de la alegría de aquellos días en que su fútbol dejó sin aliento a la Liga. Salazar ha pasado a vivir de un papel secundario, y se ha resignado a ser visto como quien apaga los fuegos y no quien los crea. Al final ni siquiera es capaz de apagarlos: su equipo lo recibe con extrañeza, como ver a un artista entre gacelas.

Ahora que Gustavo Costas parece haberse sacudido, ¿convencerá a su equipo de atacar con la misma fe con que defiende? Si esta es la cuestión que atañe al entrenador argentino, seguro que con Kevin Salazar lo tendrá más fácil.

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