La Colombia futbolera vive presa de un recuerdo en forma de balón desgastado. Añora una pelota vieja, parchuda, entre amarillenta y café, abollada y de bote irregular. “Con esa hice mi primer pasegol”, dirá más de un joven nostálgico para negarse a tirar la redonda a la caneca. O “ésa es más suave, todavía sirve”, dirá otro, pensando en sus tardes en canchas de arena y Pony Malta. Todos tuvimos un balón así.

José Néstor Pékerman también. Y ayer se negó a botarlo. Es más, quiso salir a jugar con ese, como todos nosotros alguna vez.

“Pero, José, ¿estás seguro?”, pregunta un asistente preocupado. “Claro, si con ese goleamos 5-0, con ese todo salió bien”

Ese balón viejo para el argentino es Cuadrado pegado a la raya, Macnelly en la base de la jugada, un lateral con tendencia interior, James suelto y dos delanteros. Ese encantó al país como nunca en este siglo. Ese era el de ‘La Gran Colombia de Pékerman’. Y contra Bolivia, a priori, parecía poder funcionar.

El dibujo fue tal cual. Macnelly tendría mucha libertad, Cuadrado se comería el carril, Matheus acompañaría por dentro a Sánchez y James podría moverse por toda la mediapunta, buscando a Bacca y a Muriel para colar jugadas de gol. Pero los averíos se notaron desde el primer minuto.

Los problemas para llevar a cabo la idea se notaron desde el inicio

El primero fue en salida de balón. Cuadrado ya no atesora esos pies ligeros y esa cadera dúctil con la que eliminaba tres o cuatro rivales en una arrancada. Además, Matheus Uribe no es ni tan ágil como Zúñiga ni tan correcto posicionalmente. Para colmo, los apoyos de Muriel y, sobre todo, Bacca cayendo a la derecha restaban calidad a la jugada. Ante esto, James decidió, como siempre, acercarse al balón para aclarar algo desde atrás, al ver que Sánchez no estaba acelerando el cuero. Pero justo ahí fue cuando Bolivia, con James lejos de su arco, se sintió en ventaja, replegó con más confianza y blindó a su portero Lampe.

Colombia se empeñó entonces en buscar centros al área, pues se le estaba haciendo imposible hacer daño por dentro. Macnelly y James se encargarían de enviar la pelota a los costados en ventaja para los laterales. En esas lides, Armero lució una precisión en el golpeo que pocas veces se le había visto, pero al mismo tiempo dejó claro que ya no está físicamente para subir y bajar al ritmo que demanda un ataque posicional que use mucho a su lateral.

Bolivia se acomodó sobre el campo

Así las cosas, el antagonista principal de los de amarillo pasó a ser el tiempo. Y entre un cambio, dos cambios, tres cambios… nada pasaba. James gritaba envuelto en rabia, Macnelly fallaba, Mina empujaba. Y cuando ya el reloj señalaba 80 minutos y el cupo a Rusia se hacía cada vez más borroso, Cuadrado ganó un penal. James lo cobró y lo falló, pero le quedó de rebote para poner el 1-0.

En cuanto a fútbol, Pékerman trató ayer de recurrir a una disposición táctica que él mismo comprobó como ganadora con unos jugadores familiares a la idea. Pero la ejecución de la misma, por un sinfín de factores tangibles e intangibles, fue insuficiente.

El dilema que afronta el seleccionador argentino es complejo. Ganó contra Bolivia, pero llegó a la rueda de prensa y sintió el mal ambiente. Sigue sin gustar. Y recurrió al pasado, a lo que se supone que gusta. Como hizo en 2012, cuando nos transportó a los 90, a los tiempos del balón viejo. Pero esta vez, la fórmula no arroja los mismos resultados, hay incertidumbre y caras largas, y el Mundial está a la vuelta de la esquina.

Fotos:

LUIS ROBAYO/AFP/Getty Images

LUIS ACOSTA/AFP/Getty Images

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