Este escrito tiene como propósito enviar un mensaje a José Néstor Pékerman, por lo cual estamos cien por ciento seguros de que está destinado a fracasar.

Primero, no es el medio correcto. Nosotros, después de todo, siempre hemos sido enemigos de la megalomanía hipócrita de la carta abierta y del desprendimiento deshonesto de la columna subtextual. Segundo, no queda claro qué se puede decir. El columnista, en un acto intrínsecamente humano, se hace a la labor de encontrar picos y pisos en las formas más planas de lo cotidiano para alimentar sus palabras; pero el momento actual de la selección Colombia desafía a la topografía y a la entropía: no tiene subidas ni reversas. ¡Es el limbo! Pékerman lideró y capitalizó un momento de inspiración para el país que alcanzó su clímax precozmente un año antes de la pasada Copa del Mundo, pero éste, llegado el momento de la máxima prueba, se evaporó. Las cosas jamás fueron iguales. Los últimos cuatro años destacan tan solo por su monotonía: un sinfín de probaturas tácticas mediocres y repetitivas que, acompañadas por un bajón en el nivel del plantel, ni tienen éxito ni terminan de fracasar. Por eso, ahora, a la hora de las horas, cuando la incertidumbre comienza a transformarse en sombra, y ante el vibrar espeso que comienza a despertar con las pancartas y las discusiones angustiosas de una convocatoria, el primer mensaje para Pékerman debería ser breve pero asertivo: “Viejo, haz lo que quieras, ¡pero haz algo!”

Reiteramos, sin embargo, que éste no es el medio correcto para mandar mensajes indirectos. Idealmente un mensaje para Pékerman llegaría en forma de canción, y más específicamente, de un vallenato. Después de todo, entre las características más distintivas del género criollo está su necesidad por sobrepasar siempre la línea de lo íntimo y personal. Así, a diferencia del columnista que a menudo se oculta deshonestamente entre su sátira y pseudo-intelectualismo, el compositor vallenato anuncia de forma pública y desadornada el evento que le inquieta y, de paso, nombra al autor del mismo con nombre propio y apellido: un atrevimiento casi respetuoso, en el que la tercera persona se torna más directa que la primera. Un mensaje para Pékerman debería ser así, directo y sin tanta vuelta. El problema es que al vallenato le cuesta intervenir basado solamente en hipotéticos; escribió alguna vez Gabo que “un juglar del río Cesar no canta porque sí, sino cuando siente el apremio de hacerlo después de haber sido estimulado por un hecho real”. Pero hechos reales son, precisamente, lo que le falta a una selección que lleva ya casi media década cambiando de formas sin cambiar de esencia. Por eso, al género que alguna vez exaltó nostálgicamente los logros de Kid Pambelé para un pueblo que no tenía nada, y que se emborrachó a gritos de “¡Yo soy Mundial!” con una clasificación, le costaría hoy siquiera entender si será Mundial o si debería serlo. Colombia no sabe si tiene en el banquillo a Jaime Molina o a Lorenzo Morales. No sabe qué debe y qué merece. Y no sabe cómo responder.

Por lo mismo, y sin muchas opciones, quizá valga más dejar un ejemplo que escoger palabras o las canciones: dejar atrás orgullos, prejuicios y creencias pre-establecidas para especular. Así, si tuvieramos que mandarle un mensaje a Pékerman, autor de épicas y fiascos, mandaríamos el siguiente: “Pek, destruye. Inventa. Olvídate de Sánchez-Aguilar en un 4-3-3. Crea. Reinventa. Confía. Olvida. Recuerda que alguna vez desempolvaste una memoria de gambetas y pivotes. Y, hagas lo que hagas, eso no nos lo termines de quitar.”

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