“Necesitábamos arropar al equipo y eso solo lo podía hacer Barranquilla”. Con estas palabras Francisco Maturana y Arnoldo Iguarán, ante Ecuador, inauguraron el idilio entre la casa de la Selección y nuestras clasificaciones a los mundiales allá por 1989. Pero ¿influye en el resultado que cuando saltes a la cancha toda la gente esté pintada del color de tu camiseta? ¿Cuánto influye ser local en el planteamiento de un partido? Y tal vez la que más cercana nos parece: ¿el calor de Barranquilla nos da más posibilidades de ir al Mundial? Sí, condiciona, pero solo porque el juego se ha encargado de comerse los factores externos a la pelota, los jugadores y la pizarra pero no para eliminarlos, sino para hacerlos parte de sí. De entrada, tomando como referencia las tres Copas del Mundo de la década del 90 y el de Brasil, es indudable la relación. Ahora bien, solo un equipo que sofoque y aturda, que maree al rival por correr detrás de la pelota y luego le machaque la cabeza de repente hará que el clima sí juegue a su favor.

Nada condiciona por sí mismo

El toqueteo disuelto por un pase en profundidad del Pibe o la potencia de Falcao, para el rival, son diez grados más de calor. Ahora, siempre hay un pero: es común el argumento que con acierto nos hace caer en la cuenta de que, en el contexto propio de las Eliminatorias o un partido de Copa, la altura no hace goles. El cuestionamiento es válido, y también se puede aplicar al nivel del mar a media tarde. En el fútbol de hoy, en el que tácticamente se puede hacer cualquier cosa, en el que no hay límites en los cómo, se puede hacer partícipe al factor clima en el planteamiento de un partido, pero se tiene que tener el plan de juego madre. El típico partido de Colombia en Barranquilla tiene siempre un denominador común: golpe de efecto, toqueteo, otro golpe, baile y, por último, golpe de nocaut. Y de ahí en más, si hay inspiración hay goleada. En ese molde hemos hecho entrar, y más de una vez, a Uruguay, Ecuador, Paraguay, Bolivia y Perú.

El conocimiento absoluto del rival que se puede obtener es fundamental para entender los planteamientos de los partidos en el fútbol de hoy. Ahora es la norma, sin embargo el fútbol ha existido más con la ausencia de este espionaje profesional que con su presencia, y sus fantasmas aún sobrevuelan. Los equipos no tenían acceso fácil a la táctica minuciosa de todos sus rivales, de modo que se enfocaban casi de manera única al perfeccionamiento de lo propio.

Los partidos eran casi al mismo tiempo un proceso de mutuo descubrimiento

En principio, el factor desconocimiento hacía que el equipo visitante jugase de igual a igual cualquier partido, casos como la famosa victoria del Millonarios de Di Stefano en el Bernabéu o, para ser buenos con el tiempo, Holanda en el Mundial de 1974 generaron una ruptura definitiva con la aceptación así nomás de la ‘ausencia’ del rival. De ahí en más, la noción de que el equipo visitante debe ser mesurado y presto ante cualquier sorpresa sobrevino justamente como respuesta a esta circunstancia histórica, enfrentándose a su contracara tradicional: la idea de que el local debe imponer sus condiciones a cualquier precio porque, además, conoce los factores externos e internos de su feudo. Resultados aparte, así se edificaron las tendencias previas al fútbol globalizado.

No obstante, ahora lo entendemos de otra manera. En este fútbol de todos los tiempos, el visitante y el local se indistinguen según sus necesidades. Las diferencias económicas influyen en la compra de mejores jugadores de forma que los mejores equipos del mundo pueden adaptarse mejor ante cualquier escenario y de ese modo doblegar, haciendo que el juego se torne, en este péndulo local-visitante, más previsible. La Copa Libertadores, por otra parte, trituradora de mitos por excelencia, nos plantea una alteración: aquí realmente puede pasar cualquier cosa. La paridad táctica de nuestros equipos y el genio imprevisible propio del ADN de nuestros futbolistas son las razones principales para que sea común ver derrotas absurdas en casa y victorias monumentales en la carretera con una normalidad sorprendente.

Ser local hoy en la élite

Para terminar, hay un caso que me llama la atención: el Barcelona, desde Ronaldinho y la existencia de Messi, se siente más cómodo jugando en el Santiago Bernabéu que casi en ningún otro estadio de Europa. El factor campo le ensilla la bestia. Para el Real Madrid jugar El Clásico en casa supone el dilema de liberar espacios o exponerse al murmullo. Ojo, cuando la ecuación se invierte, el Real Madrid le hace más difícil el trabajo al Barcelona en el Camp Nou y es allí, en un campo grande y, a priori, potenciador del estilo blaugrana, donde el merengue más complicaciones causa y donde ve un contexto más apto para el juego de espacios que le conviene. Esto solo como prueba de la multitud de matices con los cuales entendemos el fútbol de hoy en un tema antes tan cerrado y definido como este.

A esta altura la pregunta se responde sola porque está más que visto que sí, que los ingredientes ajenos al llano balón intervienen en el juego, pero solo llevados de la mano por una estrategia que dé ese estatus de importancia no solo a dónde se juega y al clima, también al estado del césped o al tamaño de la cancha, por nombrar algunos. La localía es, la cuestión es qué hacemos con ella. Como nuestra relación con las cosas es una obra en construcción, llegará el momento en el que a algún entrenador dejen de llamarlo loco cuando le dé por incluir como parte de su estrategia el vuelo de los pájaros y golee.

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