Aquel 17 de diciembre de 2011, la historia del América de Cali se partió en dos. El reto más grande para el club, incluso mayor que las cuatro gestas libertadoras, consistió en bajar a los infiernos y salir de allí lo más pronto posible. Cachetada tras cachetada, el gran diablo resistió, luchó y regresó al lugar que siempre le perteneció. Dicho objetivo no lo hubiera podido alcanzar solo, sus hinchas jugaron un papel fundamental.

      –Durante ese tiempo miserable, el hincha, estoico, se volcó lunes a lunes por cuanta cancha, polideportivo, potrero e incuso cancha de béisbol donde el equipo jugó. Era como hacer realidad eso de «En las malas mucho más». Estar en ese abismo, sacudió las fibras de la pasión.

Mauricio Bermúdez, autor del libro Ascendimos, es un ejemplo claro de ello. Él, como muchos colombianos, se convirtió en hincha del América porque fue él equipo más representativo del país en las décadas de los ochenta y de los noventa, luego de que se rompiera en 1979 la maldición de Benjamín Urrea, ‘Garabato’, quien dijo en 1948, cuando apenas empezaba el fútbol colombiano, «que lo vuelvan profesional, que hagan del América lo que quieran, pero juro por mi Dios que nunca serán campeones».

      –Soy tan bogotano como una aguapanela con queso y tan americano como Orteguita. Desde muy niño, me cuentan, siempre fui enfermo por el rojo y por el radio que llevaba noticias, a la distancia, de un equipo de fútbol llamado América de Cali.

De ahí en adelante, ya conocemos la historia. El pentacampeonato, los cuatro subtitulos de la Copa Libertadores y una lista larga de ídolos, encabezada por Gabriel Ochoa Uribe, el técnico más exitoso de la historia del club. El orgullo americano.

      –Ser hincha de América es un motivo de orgullo que solo sienten quienes tienen el privilegio de llevar la camiseta cosida al corazón.

Y volvemos a los días más duros. El descenso fortaleció el sentimiento americano, cinco años en el más horrible de los infiernos pero nada que los hinchas no pudieran aguantar. Allá lunes a lunes, jornada tras jornada, el apoyo incondicional quedó ratificado. Los Diablos rojos demostraron lo que eran.

      –La pasión de un pueblo.

      –Mauricio, si el América fuera un estado de ánimo, ¿cuál sería?

      –Euforia.

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