El fútbol es un deporte vivo, en constante transformación. La cultura táctica evoluciona, cambia, muta. No se juega igual en un país que en otro, ni en una década que en otra. El juego está sujeto a diversas dinámicas incluso de carácter social. Por ejemplo, las oleadas migratorias que tuvieron como destino Alemania modificaron la identidad del juego alemán tanto como las revoluciones tácticas de la última década, y la consolidación del gen africano dentro del fútbol francés hizo lo propio con la nación de Platini. Colombia no es ajena a esto. A finales de la década de los 80s, el éxito de la selección de Francisco Maturana y también de su Atlético Nacional marcaron la pauta de cómo se debía jugar al fútbol en el país. Al poco tiempo, los equipos colombianos se hicieron reconocibles dentro de esos parámetros futbolísticos y, por ende, la Copa Mustang se sustentó bajo nuevos paradigmas tácticos que la hicieron diferente de aquella de la década anterior.

En los 90s, el aficionado colombiano vio como el mediocampo reemplazó a la delantera como corazón del juego, pasando el grueso del equipos del campeonato a jugar sus versiones del 4-2-2-2 con el que ‘Pacho’ había alcanzado notoriedad mundial, en lugar del 4-3-3 estándar de antes. Se hizo énfasis en los mediocampistas creativos, se aumentó el número de pases por acción y la tendencia centralizada del fútbol puso en el congelador la fábrica de extremos. Así se jugó durante quince años. La crisis que maltrató el fútbol sudamericano con la Ley Bosman y los nuevos hitos del mercado de futbolistas, deterioró la calidad media del juego en el continente y en Colombia eso se tradujo principalmente en dos cosas: la primera, que la inestabilidad reinante produjo equipos de nivel táctico inferior a lo visto antes y por ello los espacios aumentaron, consiguiendo que no fuese necesario un trabajo futbolístico extra para que los mediocampistas de ataque brillaran, pero a su vez haciendo que estos involucionaran y, por decirlo de algún modo, desaprendieran elementos del juego. Lo segundo que aconteció fue que esa involución causó que enfrentados ante niveles de exigencia mayores, en los que ese conocimiento perdido sí era requerido, los colombianos naufragaban, elevando un manto de duda sobre el fútbol colombiano.

Transcurrido un lustro del nuevo milenio, comenzaron a asomar propuestas importadas, principalmente del fútbol inglés, que era el mejor del momento, basadas en conceptos como la amplitud, el juego por bandas y la verticalidad, que eran prácticamente la antítesis de lo practicado durante casi veinte años. Surgieron así equipos como el Millonarios de Osorio, el América de Cali de Umaña, el Santa Fe de Hernán Darío Gómez o el Junior campeón del mismo Umaña, que en algún momento dominaron el campeonato con puño de hierro. Fueron la semilla del renacer de la liga colombiana que vemos hoy: en general, se está jugando mejor que nunca en este siglo. Esto es así por muchos factores que tienen que ver, sobre todo, con el fortalecimiento de las estructuras de ataque, menos dependientes de la inspiración, y del robustecimiento de los sistemas defensivos para hacer frente tanto a esos nuevos ataques como a la venta indiscriminada del talento ofensivo.

Este nuevo auge ha tenido efectos drásticos en la pizarra de los entrenadores. El fútbol es un juego en el que, básicamente, los equipos tratan de marcar goles mientras evitan que el rival los marque. Y eso es así para todos, aunque luego cada equipo elige en qué hacer énfasis y cómo hacerlo según los jugadores que tenga y el estilo en el que crea. Es por ello que el carril central en zona de aceleración, que es el pasaporte más directo a la acción de gol, es un bien invaluable para cualquiera. Antes, la recepción en ese espacio era regalada; hoy, a los equipos les toca trabajar para conseguirla. Y ese es el tema del fútbol colombiano en esta Liga Águila 2017-I: los equipos luchan por conseguir recibir en ese sector y que quien reciba sea capaz de lastimar al contrario. No es fácil y la tendencia marca que quienes más lo consiguen, o quienes más logran evitarlo, son los equipos que mejor juegan y que más cerca están de la victoria.

Seguramente el mejor equipo del torneo hasta ahora es el Independiente Medellín. Los de Zubeldía empezaron el torneo con un 4-2-3-1 que acostaba a Quintero sobre la derecha, le daba el carril central a Marrugo y ponía a Hechalar por derecha, mientras ‘Goma’ Hernández jugaba en el doble pivote. Con el paso de los partidos, manteniendo básicamente los mismos nombres, el equipo ha evolucionado a un 4-1-3-2 en ataque en el que, aunque ‘Goma’, Quintero y Marrugo gozan de muchas libertades, se podría decir que es el ’10’ el que juega por delante de la línea del balón y el ’17’ el que lo hace en la base de la jugada, con Hernández a medio caballo entre ambas zonas. Así, el DIM ha despegado en juego, puntos y goles. Tomando como muestra los dos mejores partidos del equipo, ante Pasto, colíder, y el Deportivo Cali (solo hasta la expulsión de Orejuela), se observa que Quintero toca el balón el 41,8% de las veces en el carril central de la zona de aceleración, es decir, en posiciones entre líneas en terreno rival, y que el 74,7% de sus acciones con balón son en campo contrario, números que contrastan con el 24.5% de toques entre líneas y solo 57.3% en campo rival en la derrota contra Huila en la fecha 2. Esa tendencia puede verse también en ‘Goma’, que promedió 62,3% de acciones en campo contrario contra Cali y Pasto, 31,1% de ellas en zona de aceleración, mientras que ante Huila disminuyeron a 23.8% de acciones en zona de aceleración. Por su parte, el rol de Marrugo también ha tenido un impacto estadístico: contra Huila, el capitán del DIM la tocó el 34.6% de las veces en zona de gestación, 25.6% entre líneas, y en los dos últimos partidos promedió el 49.7% de sus acciones en ese sector.

¿Por qué ante Huila el DIM jugó mal y ante Pasto y Cali jugó bien? Los datos son en cierta medida contundentes: el 4-2-3-1 de principio de temporada le daba preponderancia a Marrugo en campo contrario y no a Quintero. El cartagenero es un jugador técnico y asociativo, pero que no tiene la magia para convertir recepciones en chances de gol ni la calidad de Quintero para encontrar posiciones donde recibir. Una vez eso cambió, Medellín comenzó a ganar más pases entre líneas y a hacer que esas recepciones fueran más valiosas. Como anexo, también hay que incidir en que el Huila jugó un buen partido, reflejado en la cantidad de acciones que sumó en entre líneas. Lo mismo podría decirse del Bucaramanga que tanto complicó a Nacional en el debut verdolaga, con hasta cuatro jugadores (Pérez, Burbano, Pajoy y Cano) castigando esa zona del campo, mientras que en Nacional, Macnelly, en casi 100 toques de balón, solo logró recibir el 28,5% de las veces en tierra prometida y casi siempre muy escorado. Lo mismo aconteció ante Águilas, con un 31.5% de toques entre líneas dentro de ¡38! apariciones, entretanto Águilas sí tuvo mucha presencia en ese sector. La dinámica comenzaría a cambiar en el cuarto envite verdolaga. Contra La Equidad, Macnelly tocó el balón 95 veces y el 72.6% de sus toques fueron en campo contrario, con el 42% de esas acciones siendo entre líneas. Para que se diera eso, no solo tuvo que ver la presencia de Mateus Uribe, Mariano Vázquez o Aldo Leao Ramírez, cada uno en su momento, alrededor del ’10’, sino también la pobre disposición defensiva de La Equidad. Curiosamente, los mejores partidos de Nacional han sido aquellos en los que ha sumado el mayor número de jugadores capaces de recibir entre líneas y causar daño, siendo la mejor muestra el 1-5 al Alianza Petrolera en el que se juntaron Mariano Vázquez, Andrés Ibargüen, Luis Carlos Ruíz y Aldo Leao Ramírez.

Por otro lado, si hay dos equipos que ejemplifican muy bien la obsesión que hay con encontrar esas recepciones y las dificultades que se encuentran los equipos, son los dos clubes de Cali. Tanto Hernán Torres como Mario Yepes diseñaron sistemas de juego que buscan el dominio del partido desde la tenencia del balón, dándole mucho peso a los primeros y buscando explotar el talento de sus mediocampistas de ataque, que pasa a ser el gran valor de sus plantillas. Sin embargo, ni uno ni otro han logrado que estos reciban constantemente entre líneas y por eso su fútbol ha terminado reciclándose hacia las bandas. En el caso del América, Torres empezó la temporada jugando con un 4-1-3-2 en que hasta cinco futbolistas se repartían el carril central del ataque buscando intervenciones en la misma zona, y ha terminado jugando con un 4-2-2-2, en el que uno de esos cinco atacantes baja al pivote. A pesar de esa puesta en escena, tan solo un 25,6% de los ataques americanos se desarrollan por pasillos interiores, y termina siendo la banda derecha, cuando juega Juan Camilo Angulo como lateral, el foco ofensivo del club caleño. El Cali tiene números similares: en los siete partidos que dirigió Yepes, solo el 27,1% de los ataques del Cali pasaron por dentro. Para dos equipos que quieren explotar el fútbol de sus volantes ofensivos, son números relativamente bajos. Números que podrían mejorar con las titularidades de Nicolás Benedetti, que en su único partido como inicialista se movió sobre un 30.7% de toques de balón entre líneas, y Juan Camilo Hernández, que contra Millonarios el 34.2% de sus acciones con pelota fueron a espaldas del mediocampistas del cuadro embajador, aun a pesar del mal partido de los ‘diablos rojos’.

En el otro extremo están los equipos de Bogotá. Como no tienen talento en demasía en esa posición, apuestan por otro estilo de juego mucho más reactivo y basado en la fortaleza defensiva. Así, Millonarios desde el 4-4-2 que tiene a Duque y Rojas en el doble pivote, ataca primordialmente por las bandas y solo permite que le ataquen por el 27,5% de las veces. Millonarios presiona arriba y recupera el balón en zonas más adelantadas. Por su parte, Santa Fe tiene un bloque más bajo con su 3-4-1-2 y lo atacan por dentro el 28,6% y su posesión promedio es del 50,7%, quizás inflada por los partidos jugados ante Tigres y Patriotas que tienen, por cierto, un común denominador: cuando Santa Fe tuvo que llevar la iniciativa, no ganó. Por poner un contra punto, el DIM tiene un promedio de posesión del 55,6% y sus ataques por el centro se mueven sobre el 33,4%; sin embargo, ante Millonarios, esa cifra se redujo al 31,6%, pero, una vez expulsado Ainer Figueroa y Millonarios obligado a defender, logró que el DIM solo atacase por su lado favorito del campo el 24,4% de las veces.

Para destacar, el rendimiento del Deportivo Pasto que en las primeras 5 jornadas sumó 11 puntos, gracias a un Yamilson Rivera espectacular. El equipo de Flabio Torres es el de mejor porcentaje de posesión de la liga, por detrás del DIM, con 55,3%. En esas primeras cinco fechas, tuvieron un 55.2% y Yamilson promedió el 32.8% de sus intervenciones entre líneas por el carril central, destacándose el dato del partido contra Jaguares: su equipo tuvo el porcentaje de posesión más alto del campeonato con 65% y él tocó la pelota en zona de aceleración el 47.3% de las veces dentro de casi 80 acciones con balón.

No podemos terminar este análisis sin poner sobre la mesa un dato que no es menor. De los veinte equipos de la liga colombiana 2017-I, 13 alinean por lo menos un futbolista en la base de la jugada con peso en la gestación y tendencia creativa más allá de sus labores defensivas. Esto contrasta con lo que se veía hace no mucho tiempo cuando jugadores como Maxi Flotta, Dager Palacios, Jorge Casanova, Elkin Blanco, Jossymar Gómez y otros tantos, que no tenían esas aptitudes con pelota, eran los que predominaban en las alineaciones de los equipos colombianos. La adaptación exitosa de futbolistas como Henry Rojas, Elkin Soto, Christian Marrugo o Aldo Leao Ramírez a jugar por delante de la defensa, delata la intención de los entrenadores de que la pelota llegue más limpia a campo contrario, y la presencia interior de jugadores como Steven Lucumí, Yamilson Rivera o Andrés Ibargüen, denota que lo que se busca es que quiénes reciban en esa zona sean capaces de infringir daño al equipo contrario. El tesoro del fútbol colombiano está ahí, entre líneas.

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