Quinientos años antes de Cristo, el rey Leónidas de Esparta pasó a la historia por librar una batalla que no ganó. En el estrecho de las Termópilas, al advertir que su enemigo lo superaba aplastantemente en fuerzas, Leónidas se supo perdido. En adelante, el general hoplita se entregaría a una última causa: perder de la mejor manera. La derrota ideal era aquella que diera tiempo a los estados griegos para reorganizar milicias y hacer frente a los invasores persas. Así pues, resistiendo con una voluntad irreductible, los espartanos perdieron tan tarde como pudieron.

La grandeza del rey Leónidas no estuvo en renunciar a la victoria. Él no tuvo opción. Su honor en tanto estratega nació justo en el momento en que se reconoció inferior. Y aunque no fue el caso del rey, la humildad también vence.

Como venció Gustavo Costas. El estratega argentino recibió el llamado de un club que se supo inferior. Eran los años de la tiranía de Juan Carlos Osorio y Santa Fe, sin poder hacerle frente, había pasado a vivir a la sombra de su libreta. Sin el mismo poderío económico, amplitud de nómina ni agudeza de la mente de Osorio, Gustavo Costas se resolvió a resistir allí donde se resiste cuando no queda de otra: en el área.

Si las victorias se miden en función de la grandeza del oponente, la victoria de Costas fue enorme. Se supo inferior y construyó su resistencia desde un arte tan noble como la defensa. Luego de su victoria, que como toda victoria, cambia todo; donde unos reconocen coraje, otros denuncian conformismo. Es así como el reproche a que la apuesta del argentino no es vistosa ha ido en aumento.

No es el caso entrar en el terreno pantanoso de lo que es o no es vistoso. Pretender un consenso alrededor de lo que es el buen fútbol no sólo es una empresa imposible, sino espantosa. Tanta verdad tiene un italiano para sacar pecho de una victoria por autogol que nosotros por un 5 a 0. Al final somos nuestras diferencias.

Pero tampoco cabe desfigurar los principios de lo que es jugar bien, lo que es saber jugar. Comprender las circunstancias (el rival y demás adversidades), aprovechar los momentos, neutralizar e imponer. Competir.

A partir de la inferioridad, Gustavo Costas eligió su camino, la defensa, y lo transita de forma loable. Sólo él puede dar testimonio de una defensa espartana que resistió al gigante Nacional de Osorio. Es momento de incorporar en nuestro lenguaje futbolístico, innegablemente maturanista, que lo de Gustavo Costas también es jugar bien.

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