La Copa Libertadores vive tiempos de auge. Dos décadas después de la Ley Bosman, sus efectos aún se notan en el fútbol de nuestra tierra. La estabilidad es un bien preciado, casi inalcanzable, pero Sudamérica se ha adaptado. Ha servido, claro, el surgimiento de una nueva generación de entrenadores con más fuerza y energía para luchar contra la adversidad y dotar a sus equipos de estructuras tácticas fuertes y reconocibles. El talento nunca deja de aparecer porque Sudamérica es tierra fértil. Sólo necesita que una mano moldeadora lo dote de herramientas y le ayude a ser todo lo que puede ser. O que lo intente.

RODRIGO BUENDIA/AFP/Getty Images

Atlético Nacional se topó con un entrenador de vanguardia

El uruguayo Guillermo Almada es uno de esos entrenadores y su Barcelona fiel reflejo del nuevo paradigma. Hace unos años, presionar como lo hizo anoche el equipo ecuatoriano era extraño incluso en Europa. Para nosotros era una quimera. Y ellos demostraron que era posible. Nacional nunca fue tan superado como en el primer tiempo de ayer. La intensidad con la que presionaban los ecuatorianos, cubriendo todas las líneas de pase en campo de Nacional y obligando a los jugadores verdolagas a ejecutar acciones individuales difíciles y en cadena. Si alguno de esa cadena fallaba, la presión ecuatoriana ganaba. Y una vez recuperaban el balón, jugaban con una verticalidad y velocidad que rasgaban la defensa verde con facilidad y malicia, superando líneas y plantándose en la frontal de Nacional con pocos pases. Armani salvó lo que pudo haber sido una goleada.

Esa puesta en escena se vio amplificada por la mala ocupación espacial de Nacional. Su 4-2-3-1 era muy rígido y tenía las líneas muy separadas. El Atlético Nacional de Reinaldo Rueda es un equipo que vive de sumar pases que le permitan perder el balón arriba y bien para defender fácil y poco. Sin alturas intermedias entre línea y línea, más el excelso trabajo de Barcelona, Nacional no encontró cómo pasarse el balón como quiere, y contagiado por la intensidad local, se precipitó en todas sus acciones.

Para la segunda mitad, Bernardo Redín elevó la línea defensiva y sacó al jugador menos técnico de su equipo, y por ende el que más estaba sufriendo, para meter a Luis Carlos Ruíz, abriendo a Dayro Moreno sobre la banda, bajando a Uribe al lateral y centrando a Bocanegra. Con ello, Nacional sumó más calidad en salida, pero no fue suficiente. Solo cuando entraron Aldo Leao Ramírez y Andrés Ibargüen, y Nacional pasó a jugar con un mediocampo de tres alturas distintas en carriles diferentes, fue que los verdolagas pusieron el partido donde querían: sumaban muchos más pases, tenían el balón arriba y la perdían donde querían. El truco siempre estuvo allí: Nacional recuperaba el balón con esfuerzos cortos y volvía a atacar. Solo un partido por debajo del nivel normal de Macnelly y Dayro evitó el verde marcara los goles que necesitaba.

En el debut de su defensa del título, Nacional comprobó que en esta Copa Libertadores encontrará iguales. Equipos preparados tácticamente para jugar y ganar. Rueda tendrá que tomar decisiones, encontrarle acomodo a sus mejores jugadores dentro del XI titular y mejorar la estructura del equipo, de modo que logre adaptarse a las bajas de Borja y Berrío. Nacional ha perdido velocidad y tendrá que paliarlo con un circuito de pases aun mejor del que tenía antes. Afortunadamente, tiene futbolistas para hacerlo. Y a Andrés Ibargüen, que no sabe lo que es perder el balón en lugares inapropiados. Hay tiempo.

Foto: RODRIGO BUENDIA/AFP/Getty Images

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