Aquel día fue triste. ¿Conocía José Pékerman a Aldo Leao Ramírez desde antes de tomar la selección Colombia? Aunque difícil de saber, uno puede imaginarse que sí. Y que José Néstor tenía un sueño. A Aldo lo habíamos olvidado como a un ramo de rosas marchitadas y Pékerman lo rescató y lo puso en el círculo central. Cuando uno echa la mirada atrás, suele ver el calor de Barranquilla meciendo la bola ante unas sudorosas figuras uruguayas y dice que fue ese el día uno de la selección de Pékerman. Olvidamos que, unos meses antes de que eso pasara, Colombia hizo cosas así guiado por los pies melancólicos de Ramírez.

Pero Aldo se lesionó. ¿A quién llamó el argentino para cubrir la baja? No fue a Macnelly Torres ni a Sherman Cárdenas. Fue a Carlos Carbonero. Nadie lo esperaba. Nadie lo anticipó. Y ahí estaba él. Merecidamente, además, porque su colombianísima zancada, esa que mezcla pachorra y buena letra con potencia, estaba haciendo estragos en el durísimo fútbol argentino. Vivía momentos de oro y de diamantes. Hasta que llegó a Italia y ni en Roma ni Cesena ni Génova se encontró tan a gusto como en Buenos Aires. Dos años y medio después de Brasil, a Carbonero no lo quiso nadie y terminó en el corazón del Valle del Cauca, desahuciado.

A Tuluá llegaron hace un año en condiciones semejantes Jown Cardona, Miguel Borja y Mayer Candelo. El pequeño club no tiene el poder económico para apostar por estrellas consagradas; así que desde que volvió a la primera división le ha entregado a Jaime De la Pava los talentos que no tienen hogar: el entrenador los viste, los cuida, los mima y les devuelve la sonrisa, el fútbol y la vida. Y ahí están Cardona y Mayer haciendo sus cosas en Cali y Miguel Borja como monarca de América.

El refugio del Doce de Octubre supo obrar su magia antes. Carlos Carbonero, que quisiera ir a Rusia, confía en sus poderes curativos. Y Jaime De la Pava en que el bogotano de piel caoba sea el ángel que los mantenga en Primera.

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