«El… el otro chiste importante, para mí, es uno que usualmente se le atribuye a Groucho Marx, pero creo que aparece originalmente en ‘El chiste y su relación con el inconsciente’, y va un poco como esto – estoy parafraseando – um, ‘Nunca querría pertenecer a ningún club que quiere tener a alguien como yo como miembro’. Ese es el chiste clave de mi vida adulta en términos de mis relaciones con las mujeres»

Así empieza Woody Allen, blanco y negro, esa obra de arte llamada Manhattan. Y así, tal cual, es la relación de Radamel Falcao con la UEFA Champions League: que sí quiero, que no quiero, que no puedo, que no estoy. Radamel construyó su leyenda viajando por el continente, pero las estrellas de la pelota que enviaba a las redes eran rojas y no azules.

Yo no sé qué le pasa a la negra
Porque ya el tren la quiere dejar
Si está viviendo frente a la férrea
Por qué no se ha podido embarcar (bis)
Ella dice que no tiene suerte
Porque ya el tren la quiere dejar
Si tiene preparado el tiquete
Por qué no se ha podido embarcar (bis) – «La dejó el tren», Luis Enrique Martínez ‘El pollo vallenato’

Su cita con la máxima competición de clubes nunca llegó (a todo esto, con la máxima competición de selecciones, tampoco). Ya iba tarde cuando llegó a esa estación llamada Porto porque la rodilla y no sé qué lo habían enviado a la grada mientras su suplente, un chico llamado Higuaín, aterrizaba en Barajas previa escala en el Superclásico. Hizo la fila, compró su boleto y se encontró con retrasos en la línea. No importó. Más goles que nadie en la Europa League lo catapultaron a jugar contra los mejores, y a ser su igual… en una liga. Ganar la segunda competición del continente se lo volvió tan rutinario como marcar goles y cuando por fin llegó el tren que lo llevaría allá donde lo estaban esperando, decidió subirse a uno más lujoso, pero de paso lento. Y llegaron las desgracias que todos conocemos.

Radamel aparece en la Champions League un lustro después de su explosión como el mejor delantero centro de su generación, como el amor de Florentino Ariza y Ferminada Daza en «El amor en los tiempos del cólera»: cuando ya nadie lo espera. Y así, como ese amor entre carnes envejecidas pero corazones joviales, es más bonito. La historia lo contará así, si es que la redención de Falcao tiene épica y victoria, aunque no sea definitiva. Así es este deporte.

Pero no todo es literatura y estética: lo cierto es que Falcao, sin ser el hombre que en las finales se vestía de un traje diseñado por Van Basten y Ronaldo Nazario, está jugando muy bien al fútbol. No se trata de un supercrack acabado que deja entrever sus inmensas gotas de calidad, sino de un futbolista de superélite que ha vuelto a tener confianza en que su cuerpo haga exactamente lo que quiere. Y por eso el gol ha vuelto, y eso es lo más importante, pero no lo único.

El Falcao de 2017 sigue siendo un devorador del área con una sabiduría distintiva y diferencial en los últimos palmos del campo, donde los segundos pesan y la gloria se decide, pero también ha vuelto a ser el hombre de los apoyos fenomenales y el juego entre líneas que domina partidos de fútbol. No lo hace con la agilidad, constancia y poderío que tenía en sus días de sol con Colombia y sus noches de gala con Porto y Atlético, pero sí guarda la finura y calidad que caracterizaron: Falcao hace que el Monaco de los niños zurdos mágicos juegue mejor al fútbol que nunca.

Para compensarlo todo, además ha recordado esos días pretéritos en los que jugaba de enganche en la selección juvenil de Colombia y el samario participa como nunca de la construcción de juego si entiende que eso es lo que le pide el partido: apoyos largos y lejos del área, toques en zona de gestación, descolgadas para jugar de cara mientras Mbappé pica al espacio. Ha sumado eso a su repertorio como zorro viejo y crack. Que lo es. Y eso no se puede olvidar: esta tarde, cuando suene el himno de la Copa de Europa, el futbolista más grande de los veintidós del City-Monaco será del equipo del principado y llevará el ‘9’ a la espalda. Como un rey. Y este es su retorno, o mejor, su llegada.

El tren ya está en la estación.

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