Eduardo Lara se despidió de la selección juvenil en el año 2011, no sin antes dejarle al país la generación más talentosa que se recuerde desde los tiempos del ‘10’ de rizos de oro.

Con 4 goles en 5 partidos, producto de una agilidad, instinto y determinación notables, Luis Fernando Muriel insinuaba ser un delantero con una carrera más que interesante por delante. Por otro lado estaba James Rodríguez, que aunque se habló maravillas de él, seguramente ningún pronóstico hizo justicia con el futbolista estelar que es hoy. Hubo un tercero entre ellos que no suscitó menos ilusión. Visto en perspectiva, si brillaron los dos primeros fue, en gran medida, gracias a él.

Para dejarla servida a Muriel y James, ninguno como él

En Michael Ortega no tardó en advertirse un gran proyecto de futbolista. El Mundial sub-20 en Colombia descubrió a un adolescente en romance con el corazón del juego, que tocaba mucho el balón y que, sobre todo, lo hacía con un lenguaje corporal sublime que dejaba recuerdos a Aldo Leao Ramírez. Para esconder el cuero, para orientarse hacia el arco contrario o para sortear rivales, Ortega siempre tenía el gesto preciso. Así mismo, sus pases se antojaban el gancho perfecto para burlar cerrojos.

Sucedió que con su fino andar y sus pases de seda, entre Ortega y el sentir colombiano no hubo más que empatía. Hoy su figura suscita justamente todo lo opuesto. Tras un paso sin pena ni gloria por el Bayer Leverkusen, el VfL Bochum de segunda división alemana, un prematuro regreso a Colombia sin mayor protagonismo en el Junior y un insulso paso por Brasil, Ortega hoy es objeto de oprobio como tantas otras estrellas fugaces cuyo brillo no se extendió en el tiempo preso del libertinaje, tal vez. Esa es su Cruz de Boyacá.

En el Palogrande de Manizales, Ortega está ante una nueva oportunidad para darle un aire a su carrera. Y está a tiempo. Suya es la decisión entre vivir del recuerdo de haber sido alguna vez el socio de James o serlo de nuevo.

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