Colombia salió a tocar el balón contra Paraguay a sabiendas de la calidad asociativa por encima del promedio que poseían. Desde el arquero a los centrales, todos la tocaban bien y controlaban sin problemas. Los ojos del colombiano brillaron de ilusión, sien embargo, en el banquillo, Piscis Restrepo tenía una duda. ¿Era posible mover el balón como él quería que su equipo lo hiciese dado el estado marginal de la cancha y la estrechez del terreno de juego? Quizás sí, pero su decisión fue la contraria. No se podía. Tocaba cambiar el plan, por lo menos en la primera fase. En Quito, todo sería distinto.

Colombia no llenó las expectativas con su juego

La decisión de Piscis era justificada. Sus jugadores estaban sufriendo para divertirse, anticipaba la frustración. Una cosa es jugar sufriendo de manera consciente y preparada y otra hacerlo por puro desencanto. Lo primero es admisible y te curte; lo segundo te mata. Y así fue que Colombia olvidó que sabía tocar el balón y se dedicó a jugar a otra cosa que le permitiera sobrevivir la jungla en la que jugaba. Se clasificó atropelladamente a la segunda fase y cuando Piscis quiso recuperar el estilo perdido, la confusión se tomó a sus dirigidos, que mezclaron ramalazos de lo que eran mezclados con una tónica general de aquello en lo que se habían convertido. Ya no sabían en qué creer. La eliminación, que no tomó a nadie por sorpresa, se debió, sobre todo a eso: Colombia nunca supo qué era y por eso no tuvo a nada de qué agarrarse ante la adversidad. Ecuador 3-0 Colombia. Adiós, adiós, Mundial sub-20.

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