En un amistoso que pareció exactamente lo que era, y donde el resultado valía poco o nada, José Néstor Pékerman recibió anoche una cautivante noticia para el mal de males que atraviesa la absoluta, en términos de encaje y emotividad, para el puesto de interior en un doble pivote. Y esa misma fue Matheus Uribe, escenificación puntual de un box-to-box, que regaló 90 minutos de un fútbol balanceado en su primer partido vestido con la camiseta tricolor.

Matheus fue muchísimo más que el famoso llegar y no estar

Uribe ha dejado entrever actuaciones de alto calibre a lo largo de su carrera por el fútbol profesional, pero jamás algo cercano a lo de ayer en Rio de Janeiro. Con balón y sin él, Matheus dotó tanto al partido como a Colombia de un ritmo que parecía insostenible pero que él mismo hizo posible serlo con pases a dos toques y diferentes, abundancia de iniciativa y una mirada casi siempre vertical. El antioqueño, con Teo y Macnelly en cancha, no dejó caer la puesta en escena de la primera mitad; acompañando, juntándose o abriéndose, pero siempre supo sumar.

En la segunda mitad, con los cambios de Gutiérrez y Torres, el escenario se volcó al bando de Brasil. Fue allí donde Diego Ribas, que había ingresado también en el descanso, hizo de los primeros 20 minutos completamente suyos. Dominio abrumador del mejor Diego, por cierto. Pero sobre el minuto 70 apareció un Uribe absolutamente descomunal. En ningún pasaje del partido rebajó su energía, así que empezó a tocar, a detener la sangría y a meter a Colombia, con un Santiago Montoya Muñoz dinámico, en el juego. Forjó una idea que no había con Balanta, Berrío, Cuéllar y Rangel en cancha. Con orden, acierto y participaciones prolongadas en cada posesión, Matheus responde que sí a la pregunta de hace tres días: pensando en marzo para las Eliminatorias, ¿es una alternativa real para ser convocado? No obstante, Pékerman solo lo sabrá.

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