¡Infeliz tal vez el hombre, pero feliz el artista al que desgarra el deseo! – Charles Baudelaire, El deseo de pintar

Dijo Gay Talese que Sinatra con catarro es Picasso sin colores o un Ferrari sin gasolina, solo que peor. Sinatra, resfriado, no es Sinatra porque ser Sinatra es su voz; y Juan Fernando Quintero, triste, no es Quintero porque ser Quintero es jugar y el problema del juego y la tristeza es que la melancolía obstruye el divertimento y te seca las sonrisas. Él necesita sonreír. De ahí su regreso.

Mañana Juan Fernando Quintero se despertará y recibirá sonrisas y felicitaciones por doquier. Cumplirá veinticuatro años. ¡Veinticuatro! y aquí está, en Medellín mirando las montañas y, parece ser, siendo feliz. El futuro no es lo que ha sido. Algo así se dirá a diario mirándose al espejo y viendo las cicatrices que embrujan sus pupilas. Hace cuatro años sublimó la pelota en Argentina. Se presentó al mundo y el mundo dijo <<¡He aquí un hombre!>> como Napoleón a Goethe. Pero lo que había era un niño que quería jugar. Y vaya que lo hacía… y lo sigue haciendo.

Las lesiones, los problemas con los entrenadores que dicen que no escucha nunca y que no le gusta trabajar, su propia ambición, la nostalgia por la lejanía… Desde que se fue en 2012, Quintero lo ha vivido todo, lo ha visto todo: ha estado en la cúspide y ha mirado el universo desde el trono de el elegido. Pero también ha estado en el infierno y ha sufrido las burlas y la mezquindad de quienes compraron su boleto de ilusión y no han visto al tren salir de la estación. En 2016, por ejemplo, prácticamente no jugó partidos oficiales. Abandonó Francia, estuvo en Portugal y tras salir por la puerta de atrás regresó al único lugar en el que sabe sonreír sin que le cueste. Y ya sabemos: si sonríe, juega.

Con Quintero ocurre también que es un artista al que su genio le ha excedido. Su maldición es su talento mismo. Jugar como Quintero debe ser abrumador. ¿Cómo puede un futbolista responder ante tanta expectación? Si cierro los ojos todavía puedo ver el fulgor de sus minutos contra Costa de Marfil en el mundial de Brasil. Seguro que él también puede. ¿Y qué siente? No es felicidad; es el peso de la ilusión. No la suya, sino la de nosotros. Sabe que lo están viendo y que desprecian su rebeldía. Odian que le guste la música más que el fútbol. Odian que no sea una máquina profesional. Odian que prefiera no jugar a tener que estar donde no quiere. Odian que sea él tan suyo y auténtico que es capaz de tachar una leyenda que se forjó desde el primer día que su zurda tocó el cuero de un balón. Odian que su historia no sea una fábula.

Pero también lo aman. En siete años de carrera profesional, Quintero solo ha estado en el campo poco más que en ciento cincuenta partidos. Nada. Y lo aman. No hay afición de algún equipo en el que haya estado que no sienta admiración por su fútbol. Nadie que escape del hechizo de su creatividad desbocada. Verlo jugar conmueve; eriza la piel. Que no esté en el resplandor verde es una punzada en el corazón. Y pareciera que pasa más lo segundo que lo primero. Horror, horror.

Best se autodestruyó entre placeres, pero tuvo su quinquenio glorioso; Garrincha, que sólo quería jugar, como Quintero, también; Gascoigne, Adriano, Ronaldinho, Cassano… El fútbol suele premiar, aunque sea tan solo un poco, a aquellos que lo llevan así de dentro. Ojalá esta temporada que empieza pronto sea la de la redención. Alguien que estremezca la pelota con tanta finura no merece el olvido de los desdeñados.

One comment

  1. «No hay afición de algún equipo en el que haya estado que no sienta admiración por su fútbol». Claro, sobre todo en Rennes, donde Quintero fue elegido recientemente en el peor XI de los últimos 20 años.

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