A partir de la renuncia de Alexis Mendoza en el mes de julio, Junior cobró otro significado. Era lo normal tras su marcha y la llegada de Giovanni Hernández, pues se trata de un entrenador adaptativo y que piensa, antes que todo y primero que nada, en el contrario. Desde entonces, futbolistas como Roberto Ovelar, Sebastián Hernández o James Sánchez, de un discurso más o menos común, sufrirían con ciertos planteamientos que no implicaban de partida la pelota. Sin embargo, la noticia positiva en el último mes y medio ha recaído en Michael Rangel, que más allá de lo comentado previamente, no está dependiendo precisamente de un contexto de mayor o menor posesión. Como mostrase en determinados momentos del semestre pasado con Millonarios, está necesitando muy poco para mojar (9 goles entre Liga y Copa) y, sobre todo, jugar.

Lo primero para reseñar es que el Junior, ahora mismo, no tiene lado fuerte. Es decir, no hay un equilibrio o una dirección reconocible para llegar a portería, para alimentar al delantero centro. Pese a ello, el abandono que rodea a Rangel no irrumpe en su nivel futbolístico. Puede que atraviese un simple momento de inspiración, no se descarta, pero el santandereano es la única certeza de cara al gol. En promedio, reclama una ocasión, que él al final se encarga de transformarla. Son aires de ‘9’ autosuficiente que anteriormente ni por asomo enseñaba.

Rangel va más allá de fijar su referencia en el área

Como método de compensación a tal abandono, Rangel es un gregario más a la circulación. Siempre y cuando la tenencia se instale en campo rival, omitiendo la irregularidad de la misma, se muestra para formar paredes o relaciones, destacando que la precisión que adquirió hace un tiempo en el apoyo y toque de espalda no es casualidad. De capacidad técnica muy particular, Michael no está absolutamente alejado del núcleo, rascando en donde no parece haber para hacerse notar desde una etiqueta que nunca lo caracterizó.

Asegura rematar centros que caen desde todas partes

Aparte, de manera provista y frecuente, posterior a lo que ofrece fuera del área, su principal tarea está en atacar el punto de penalti para empujar todo lo que cae en ella. Y así responde. A un salto vertical poderoso, a Rangel se le agrega conocimiento para leer el centro –bueno, si así se le puede denominar a algunos–, timing en el salteo y colocación en el cabezazo. Después de tantos años, seguramente desde Luis Carlos Ruiz, el tiburón no tenía entre sus arcas un delantero centro especialista en el juego aéreo. Para fortuna de Junior y del mismo Giovanni, luego de perderse la ida por una pequeña molestia, estará disponible en el partido hoy por la final de Copa Águila ante Atlético Nacional, recobrando (colectivamente) gran parte de lo poco que les ha dado fruto.

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