Robinson Zapata – Rubiel Quintana, Álex Posada, Pedro Portocarrero, Roberto Carlos Cortés – Fabián Vargas, Víctor Murillo, Iván López – Mayer Candelo – Jairo Castillo, León Darío Muñoz. Algunos hinchas colombianos podemos decir, funestamente, que nos sabemos este onceno de memoria. Si usted es de los que no, si le digo que es la alineación de un partido que se jugó en Londrina en el año 2000, seguramente el horror inunde su rostro por pura recordación. Nueve; cifra maldita. Nueve goles nos marcó Brasil cuando sólo un desastre podía sacarnos del grupo final para la clasificación a los JJ.OO. de Sydney: un desastre que terminó ocurriendo. Desde el inicio de la era moderna del fútbol colombiano, en 1987, El desastre de Londrina es el suceso más oscuro que ha acontecido. Ese día, sin saberlo, miramos a través de una ventana al futuro y supimos el triste sino que nos depararía tres citas orbitales sin nuestra participación.

San Juan, como Londrina, es un mensaje con ánimos proféticos

Anoche, en San Juan, la desolación tricolor recordó por momentos la de aquella aciaga tarde brasileña. Fue una debacle; una humillación que nos desmoronó en estupor. Colombia perdió 3-0 ante un equipo tan disfuncional como el nuestro, pero con el orgullo y amor propio para tratar de reconducir su caminar tembloroso. Hoy, a falta de seis partidos para la culminación de la Eliminatoria, Colombia está fuera del Mundial de Rusia. Y no es un dato menor: es la consecuencia de dos años de andar titubeante y circular. El día que nos eliminaron de Brasil 2014, el país sentía un bichito de ilusión desbordante respecto a 2018: Pékerman, más que cualquier cosa, nos había enseñado a mirar a los ojos a cualquiera; nos había regalado una pizca de grandeza con la que se tejen las historias de oro. Hoy, ese vestido está deshilachado.

Sucede que hace un mes, ante Paraguay, por primera vez en los cuatro años largos de Pékerman al mando del combinado nacional, la Selección Colombia salió a no ganar un partido. Terminó ganando por azar, pero ahí quedó la imagen fallida de Selección grande como Cenicienta corriendo las escalinatas del palacio ante el advenimiento de la medianoche. Y eso es lo que vive hoy nuestro fútbol: el abandono de la magia. Uno a uno, los partidos subsiguientes han ido desmontando el hechizo hasta que la dura, durísima, derrota ante Argentina se sintió como una rendición a la mundanalidad.

Señalar un solo nombre sería azaroso, mas hay que asumir que José Pékerman, lastimosamente, no ha estado a la altura de lo que debería ser el ciclo más glorioso de nuestra humilde, pero noble historia. Quizás él lo sabía. Después de Fortaleza, Pékerman intentó no seguir y eso lo asumimos como un faro que se apaga cuando la embarcación avanza sobre el puerto en plena penumbra. Lo convencimos de seguir y él, de nombre insigne e inolvidable ya, ha adolecido de falta de fuerza para recomponer un rompecabezas en el que muchas de sus piezas principales parecen extraviarse.

Muriel no ha cumplido su promesa ronaldiana y Medina ha eludido su compromiso con Andrés Escobar; Falcao y Zúñiga se ha convertido en seres de cristal; Quintero lee poemas de Rimbaud; y James, nuestro capitán, vive de desavenencia en desavenencia con su trono dorado de letras blancas. Todo eso es cierto, pero no debería hacernos perder la perspectiva de la generación que tiene Pékerman entre manos y la obligación con la historia que él mismo forjó. Incluso sin los puntales de la ilusión en el momento en el que tienen que estar, los futbolistas con los que cuenta el argentino deberían clasificar al Mundial sin más complicaciones que las que amerita el caso. Pékerman lo ha intentado como mejor ha sabido; sin embargo, la ruta que ha trazado nos ha alejado no sólo del Mundial sino de nosotros mismos: no hay victoria sin remembranza a nuestra tradición. Así lo dice el pasado. El reciente y el lejano; el propio y el extraño.

Es momento de retomar el rumbo, sea con Pékerman u otro entrenador

No se trata este artículo de una cacería de brujas ni mucho menos. Lo que se trata de poner de manifiesto es tanto la magnitud del punto negro en el que estamos, que no es más que el vislumbre del robo de un sueño, como que esto no es cosa de una noche o un partido sino la consecuencia de un crucero en el que el capitán no ha logrado dar con el sendero a Ítaca y parece haber sucumbido a unos cantos de sirena que amenazan con borrar lo arduamente ganado en los dos primeros años de travesía. Para retornar a la ruta ideal, se necesita de una voluntad firme y renovadora. Si Pékerman, como en 2012, es capaz de tenerla: adelante, José; de no ser así, bien podríamos aceptarlo, todos, y dar paso a quien sí posea hoy ese talante. No sea que nos pase como a Holanda en 2002.

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