El argentino camina lentamente, casi como si desandara los pasos en busca del tesoro perdido un día cualquiera de enero. Se arregla un poco la corbata azul, aunque esta no necesite arreglo. Cosas de la mente. Circunspecto, mirada al frente y labios mustios, se dispone a observar el partido que recién empieza. En los días previos, Macnelly, Muriel y Falcao acompañaban a James Rodríguez en los puestos de arriba; sin embargo, para sorpresa nacional, en la cancha del Metro corrían, y es un decir, Berrío, Cardona y Borja. Con sombrero vueltiao y gafas de sol, un hincha cercano eleva aspavientos tratando de llamar la atención de José mientras un niño entusiasta de gorra grita por Falcao apoyado por un unísono sentimiento de adoración que colma el estadio. Pékerman, absorto de todo, aprieta la boca y posa sus ojos sobre el infinito. No está allí. Lorenzo, su ayudante, grita, ordena y suda. Pékerman, callado, ausente y sin pestañear, respira hondamente y pone rumbo perdido en busca de Aldo.

Aldo Leao Ramírez es una canción melancólica. También es un tipo de 35 años que vive en México y come cayeye mientras escucha vallenatos añorando el mar de su Santa Marta natal. Y juega al fútbol. Soñó con ser Valderrama con sus rizos dorados, pero cuando se mira al espejo se parece más al Coronel Kurtz de Brando en la película de Ford Coppola, lleno de furia melancólica. Alguna vez, eso sí, llegó a vestirse con la inmortal 10 de Colombia en uno que otro de los 30 partidos que disputó con la selección. Hoy son pocos los que rememoran sus gestas, que las tuvo, y mañana serán muchísimos menos. Para el fútbol colombiano es uno más de tantos. Y eso es un error porque Aldo Leao es, ante todo, el sello de añoranza que cubre toda la era Pékerman como un aura de recordación romántica.

La travesía de Aldo Leao en la era Pékerman simboliza también la del ciclo

Cuando el argentino lo convocó en 2012, nadie se acordaba de él. Su lánguido, pero elegante andar habían sido esfumados del imaginario colectivo. Era como si hubiese muerto a ojos del fútbol nacional. Por eso tuvo que venir un extranjero a darse cuenta de que no había sido así y que, por el contrario, en sus pies estaba la llave de una nueva esperanza. Al parecer, en sus años de exilio, Aldo Leao había dejado de ser el enganche guadianista que conocimos para transmutar en un dinamo escondido en el corazón del juego. Colombia contaba con un arsenal ofensivo considerable, que iría a más en los próximos años, y una defensa que cumplía, pero allí, donde se cuece el fútbol, no tenía nada: Aldo era la respuesta. Al final, nunca fue titular porque se privilegió la mayor constancia defensiva de otros y la mayor calidad de Macnelly, pero Pékerman nunca dejó de intentar de integrarlo en su equipo ideal. No importó. Fue el elegido para darle sentido al proyecto con el que Pékerman buscó rescatar los valores más intrínsecos del fútbol colombiano para hilar los trazos de la nueva generación y su figura, directa o indirectamente, sobrevoló los ires y venires de esos dos primeros años de alegría e ilusión desatadas a pesar de los altos y los bajos en el campo.

Su ausencia del Mundial por lesión, cuando se suponía que iba a ser importantísimo ante la decisión de no llamar a Macnelly Torres, trastocó los planes del entrenador y pareciese como si a partir de ahí Pékerman no hubiese dejado de buscarlo. En la Copa del Mundo, el entrenador se adaptó y sacó el máximo partido de lo que tenía. El día después, Aldo volvió pero ya no era él. El tiempo pesa sobre los hombres como el cielo sobre Atlas y para el samario habían pasado ya muchos abriles. Brasil era su último tren y se fue dejándolo en la estación Olvidado. Y la Colombia del mar y del sol, la de la alegre nostalgia típica del ser caribe, comenzó a difuminarse.

El éxito de Pékerman partió de recuperar los valores del fútbol colombiano

No es difícil imaginárselo a Aldo Leao en un mundo sin fútbol despertándose al alba, tomándose un café claro, despidiéndose de un beso de su vieja y yéndose a pescar al mar, vistiéndose de la inmensidad azul que lo rodea con una sonrisa taciturna y un dejo triste que contrasta con la chispa del negro de sus pupilas. Y ese es el fútbol de Colombia, que es como el océano, que va y viene en calmadas mareas de pases y solera que luego irrumpen con fuerza tropical y huracanada. Es nuestra alma, la sustancia que nos une. Y hace mucho tiempo que la Colombia de Pékerman traiciona ese entendimiento.

Del partido contra Chile (y los anteriores) se pueden decir muchas cosas. Se puede hablar de los nombres iniciales; del sistema de juego y de los cambios; de por qué hubo tanta distancia entre líneas y de por qué Sánchez dejó una autopista en la mitad del campo; del difuso rol de James o de la nefasta salida de balón; se puede hablar de todo y se puede hablar de nada. El asunto está, como bien supo ver Pékerman el día que fue a ver a Aldo la primera vez, en que estos futbolistas, con sus diferencias y sus similitudes, tienen algo que los funde como equipo y los hace ser mejores: la identidad que lo hace todo diáfano. Contra Argentina valdría la pena recordar.

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