Cuando el fútbol colombiano no era ni dorado ni profesional, la figura flaca y desgarbada de Roberto Meléndez ya despertaba algarabía en la rojiblanca e incipiente, pero ya numerosa afición que copaba las graderías primero del viejo Estadio Moderno y luego del mítico Romelio Martínez que engalanaba a Curramba La Bella en sus años mozos. El Flaco Meléndez era un delantero de esos poetas que tenían un romance pasional con la portería, el primero grande de una estirpe de atacantes del Atlántico que sobrevive en nuestros días. En una época en la que la pelota no sólo era de cuero, sino que pesaba como una vaca, y los guayos eran duros como la tierra en verano, Meléndez lograba convertir cualquiera de sus piernas en un cañón de época colonial: pateaba como nevera vieja y los arqueros sufrían de pánico ante sus proyectiles. Entrenaba con un balón de cuero mojado, que es como si hoy un futbolista practicase con un uniforme de plomo. El eco de sus goles retumbó por todo el Caribe.

“Entrenaba con un balón de cuero mojado, que es como si hoy un futbolista practicase con un uniforme de plomo”

Desde que el tiempo es tiempo los de acá se han interesado por lo de allí y los de allá han deseado lo de aquí. Y por eso existe el comercio. Corría 1939 cuando desde La Habana llegó una comisión cansada de que en amistosos Meléndez dejara incapacitados a sus guardametas y decidió contratarlo para ellos. Fue el primer futbolista colombiano que, desde un equipo nacional, fuese contratado por un club extranjero. Cincuenta dólares al mes, veinte para él y treinta que enviaba a su esposa e hijos en Barranquilla, hicieron la magia. Se regresó pronto porque en Europa estalló una guerra y sus balas servían sólo para el fútbol. El Flaco fue el pionero y a él, poco a poco, lo siguieron muchos.

Antes de ser un país que vende piernas, Colombia las compró. Los del sur de Sudamérica nos enseñaron a jugar y a nosotros luego nos tocó hacer lo mismo con los de más arriba. Delio Maravilla Gamboa se fue en el 59′ al extinto Oro de Guadalajara mexicano. Anonadados con su gambeta, los mexicanos lo eligieron mejor futbolista de la liga los dos años que estuvo allí. Antes, Efraín Sánchez, El Caimán, había poblado las filas del San Lorenzo de Almagro en los tiempos en los que en España se comenzó a decir que jugar como el San Lorenzo de Almagro era el mayor elogio que se le podía hacer a un equipo de fútbol; y Gabriel Ochoa Uribe, El Médico, se fue a tapar a Rio de Janeiro. Gamboa fue conquistador; Sánchez y Ochoa, aprendices: los dos primeros colombianos en codearse, fuera del país, con los mejores del mundo.

Tres nombres. En los años subsiguientes, no fueron muchos más. Por ahí Ernesto Díaz, primer colombiano en ser transferido a Europa, hizo un curso de un año en Bélgica en 1976. Al año siguiente volvió Santa Fe. A Willington Ortíz se lo quisieron llevar de todos lados, pero el dinero negro de la mafia lo convirtió en tesoro nacional y se quedó por siempre en el país. Y fue así hasta el boom del fútbol colombiano desde la selección de Maturana. La estrella de rizos dorados emigró primero: Francia. Primer colombiano en aterrizar en una gran liga europea, aunque fue al pequeño Montpellier y después Colombia despertase preocupada ante las noticias del ‘affaire Mosca’. Se escapó a España ante el llamado de Pacho, que le dijo que iba a jugar en el Real Madrid, porque eso le dijeron a él, pero terminó en el Valladolid con Higuita y Leonel, llegados del Atlético Nacional. Los cuatro colombianos regresarían al país uno a uno y en poco tiempo: cuestiones de adaptación.

“A Willington Ortíz se lo quisieron llevar de todos lados, pero el dinero negro de la mafia lo convirtió en tesoro nacional y se quedó por siempre en el país”

No fueron los únicos: Entre 1989 y 1990 viajaron a Europa Redín al CSKA Sofía; Miguel Guerrero y Usuriaga al Málaga; Andrés Escobar al Young Boys y J.J. Tréllez al Zurich. En menos de dos años todos estaban de regreso a Colombia. No era ya una cuestión de calidad: al colombiano le hacía falta el país. Eso decían. Para ninguno fue más cierto que para Iván René Valenciano. Tras cincuenta goles adolescentes en el Junior, el Atalanta depositó un dineral nunca visto para llevárselo. Dijo que en menos de cinco años no volvía, pero en seis meses y sin goles en Italia, Valenciano estaba otra vez en Barranquilla. Y entonces llegó el éxito: Asprilla viajó a Italia y entre exceso y exceso metió goles y ganó títulos en la liga de los mejores. Quizás, animados por ello, el Bayern Munich se animó con la compra de un delantero de Independiente Santa Fe: Adolfo Valencia viajó a Alemania y se convirtió en el primer colombiano que viajaba desde El Dorado hasta uno de los equipos top de Europa. ¿Cuánto duró allí? Un año.

Por cada colombiano exitoso en el fútbol extranjero, diez fallaban a la hora de llenar las expectativas creadas. La cifra me la invento, pero refleja la realidad que acontecía. Europa, entonces, dejó de mirar hacia aquí. El futbolista colombiano no podía saltar desde nuestra liga a las suyas sin un examen previo que diese cuenta de su capacidad para vivir lejos de casa. Surgieron así los mercados intermedios: México, Argentina y Brasil comenzaron a comprar colombianos al por mayor. Éxodo. Y gloria. Aristizábal, Rincón, Serna, Córdoba, Bermúdez, Yepes, Ángel… El futbolista colombiano por fin había llegado, de verdad, al fútbol del exterior. Y, con Iván Córdoba, se demostró que el colombiano podía jugar en la élite. O, al menos, firmar contrato, como Edwin Congo. El paso previo, sin embargo, parecía imperante.

Hasta hoy. En el segundo boom de la Selección Colombia, dos nacionales han sido top ten. Y las alarmas se han prendido. El talento de siempre sigue boyante, pero el nuevo colombiano está hecho de otra pasta. Es el nuevo slogan. En los últimos dieciocho meses el récord de transferencia de un colombiano al exterior desde la liga local ha sido batido tres veces. Y no ha sido cualquiera el que lo ha hecho: el Atlético de Madrid y el Manchester City se hicieron con Santos Borré y Marlos Moreno que, aunque cedidos, han aterrizado de pie en la élite. Y a Casierra lo compró el Ajax, que también se hizo con Sánchez después de que este rechazara al Barcelona… B. “Se venden piernas”, dijo Eduardo Galeano. Hablaba de las uruguayas, argentinas y brasileñas. Se venden piernas, sin duda, hoy también colombianas.

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