Aquellos tiempos mozos en que Leonel Álvarez vestía pantalones cortos y amansaba el cuero quedaron para siempre en la memoria cafetera. El centrocampista de rizos negros era un espíritu libre que volaba por toda la cancha, agilizaba cada jugada y hacía de su equipo dinámica pura. Lo suyo fue único, y en el Olimpo de la tricolor siempre habrá un lugar reservado para él. Ahora que viste pantalón y camisa, su legado ha adquirido una nueva dimensión. Leonel Álvarez causó estado en una mente prodigiosa, un 5 académico, heredero de una estirpe escasa de la que no se tenía noticia en tiempos recientes. Su nombre: Daniel Alejandro Torres Rojas.

Para Leonel Álvarez, Daniel Torres fue esa pieza de colección que siempre quiso tener. No desaprovechaba oportunidad para congraciarlo públicamente y no descansó hasta endulzarle el oído. Una vez lo sedujo, Leonel le entregó la cinta de capitán a manera de voto de confianza absoluta. Él sería el mandamás.

En el DIM, Torres hizo las veces de director

Que Leonel Álvarez se haya visto reflejado en Daniel Torres es algo que nunca sabremos con certeza. Lo cierto es que sí tenía preparada para él una metamorfosis que tenía mucho que ver con lo que fue Leonel como jugador. Daniel Torres venía de ser el ancla del Santa Fe campeón de Gustavo Costas, en donde buena parte del muro defensivo del equipo llevaba su sello. Torres cumplía a cabalidad el manual defensivo, interponiéndose a los contraataques en el momento justo, cumpliendo con coberturas e incluso yendo a la banda, de ser necesario. Pero Leonel quería de él un plus: un director de orquesta. Así las cosas, Daniel Torres se transformó, ganó musculatura como reclamando autoridad y pasó a ser el conductor por excelencia del equipo.

Daniel Torres, que había aterrizado en Medellín con las maneras del Harold Lozano más sabio en defensa, se estaba asemejando cada vez más al último Freddy Rincón. El capitán del poderoso se había vuelto tremendamente participativo, iniciando jugadas, dándoles continuidad y cortándolas, según la ocasión.

Su evolución tuvo mucho que ver con su rol en Independiente Medellín

El resultado fue dispar. Si bien Daniel Torres era quien marcaba el ritmo del DIM, su nuevo grosor físico ponía en evidencia su cadera, que no va sobrada de elasticidad, y entonces le costaba acelerar las jugadas. En contraste, la salida de balón del DIM era fiable, pues los pases de seda de Torres terminaban por encerrar al rival. Pero, sobre todo, el hecho de que Torres estuviera en contacto permanente con el balón agudizó su lectura defensiva, pues lo normal era verlo muy cerca del cuero en caso de pérdida.

De esta manera, Daniel Torres sumó tajantemente a su repertorio defensivo una nueva virtud: la presión. El Torres de hoy corre menos hacia atrás a razón de correr muy bien hacia adelante. Corre menos, pero mejor. Con 26 abriles, Daniel Torres se adelantó a su evolución física unos cuantos años. De igual forma, ahora se lo ve tan cómodo defendiendo en campo rival como cerca de su portería.

Como resultado, su haber defensivo es el más completo que se recuerde en tiempos recientes de la tricolor. El producto de la relación entre Leonel Álvarez y Daniel Torres está representando un punto de quiebre en la historia del mediocentro colombiano. Y lo mejor, aún tenemos años por delante para medir verdaderamente las dimensiones del cruce entre estos dos prodigios.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *