El fútbol y sus distintas corrientes ideológicas van fluctuando por todo el mundo. El pensamiento Bianchista huele a Sacchismo. Que solo sea una referencia, porque todos sabemos que la conformación de un equipo está subyugada a la mezcla entre los jugadores y el entrenador. Parece una ecuación simple, pero congeniar ideas y piel, y sangre, no es una tarea fácil. Para jugar en Boca hay que tener piel de cuero. Es un mundo distinto donde la camiseta pesa kilos, donde la tierra tiembla como si suspirara cuando los jugadores saltan al terreno de juego. No es suficiente tener condiciones, allá en La Bombonera si no tienes carácter, los pies se te vuelven cadenas y los minutos eternos. Es por eso que la era de Córdoba-Bermúdez-Serna no fue un periplo cualquiera.

Era 1997 y el primer colombiano de la era Bianchi pisaba suelo argentino para firmar su contrato con el Club Atlético Boca Juniors. Óscar Córdoba llegaba sin saberlo al club en el que más títulos profesionales iba a ganar. No es fácil de entrada saber que la portería que defendería desde ese momento, y por los siguientes cinco años, era la misma que habían custodiado personajes del calibre del Loco Gatti y del Mono Navarro Montoya. Córdoba no se amedrentó y tan sólo tres días después de estampar su firma en el contrato se puso los guantes y defendió por primera vez los colores xeneizes.

Noche de arqueros colombianos. Boca recibía al rojo de Avellaneda, a Independiente, en un duelo que rotularon los medios argentinos como un «Córdoba contra Mondragón». Cuenta la historia que antes del pitazo inicial un fotógrafo, pillo, le pidió a Óscar y a Faryd posar juntos para una foto, a lo que el arquero del equipo del Bocha respondió con una negativa. Esa noche en La Bombonera el partido terminó igualado a un gol y los hinchas boquenses le dieron al arquero colombiano su primera ovación. Obtuvo una sólida calificación de 8.5 y la historia del portero colombiano empezaba así, con el pie derecho.

Mientras Óscar saboreaba la miel de la primera buena presentación, desde Portugal llegaban noticias que se abrían paso como el aroma del café lo hacía entre el mate del camerino boquense. Días antes de su debut, el Benfica había declarado transferible a su compatriota Jorge Bermúdez, después de una temporada en la que no tuvo mucha participación. El destino, siempre tan caprichoso, ponía de nuevo a los dos colombianos a jugar en un mismo equipo, tras haber compartido plantel en el América de Cali.

Córdoba: «Un brasileño mundialista y un tal Jorge Bermúdez, ¿cuál querés?, me dijeron. Yo dije: Tráigame a Jorge, que con Jorge vamos hasta el fin del mundo juntos”

La estructura de Boca, por lo menos los extremos de ella, es decir el puntal de la defensa y el ataque, eran pura contundencia. Cada gol de Palermo sería defendido a muerte por un Bermúdez dominante. Ambos en su parcela: el área, edificaron sus nombres a través de características similares pero puestas al servicio del equipo a su manera. El dominio del juego aéreo, para el que el don de la colocación es indispensable, era una marca registrada de Martín y Jorge y sin temor a exagerar, sus intervenciones a partes iguales hacían crujir las tablas amenazantes de La Bombonera. La importancia táctica del Patrón en este equipo era la de dominar el territorio a espaldas del mediocampo, un mediocampo que estaba al servicio de los laterales y de Juan Román Riquelme.

En su partido debut, cuando tan sólo iban tres minutos de juego, Jorge Bermúdez, haciéndole honor a la tradición familiar, bajó de una patada a un delantero brasileño y se ganó la tarjeta amarilla. Atrás, Córdoba le pedía calma, pero Bermúdez se sentía fogoso, estaba desesperado por ganarse de entrada a la hinchada. Era el segundo partido del arquero y el debut del central. El rival de turno era Cruzeiro y la cita la Recopa. El partido terminaría 1-0 a favor de Boca con un gol de cabeza del propio Bermúdez. En el periódico La Nación, esa misma noche, los periodistas alabaron a la figura del partido bautizándolo para no perder nunca más aquel apodo: Bermúdez, un patrón en La Boca. Tiempo después no sólo se afianzaría en la titular sino que se convertiría en el capitán del equipo.

Bermúdez: «A los rivales no les hablaba, no hacía falta; sólo les pegaba»

Los colombianos pisaban fuerte de entrada. Pero este viaje apenas comenzaba y esa primera temporada no iba a ser para nada fácil. Los resultados no se daban y su rival de toda la vida se bañaba en copas. River Plate, bajo el mando de la leyenda Ramón Díaz, mantenía a Boca bajo una sombra desértica y esa temporada para el equipo azul y oro se iría por el drenaje después de quedar a un punto de su eterno rival. Mauricio Serna era el nombre que faltaba en la espina dorsal de este Boca Juniors. Una espina dorsal de colombianos. Al arribar a su primer entrenamiento, Diego Armando Maradona, escapándole al retiro jugando fútbol con el club de sus amores, se le acercó y tras darle la bienvenida al grupo, le dejó claro que él había pedido a Fernando Redondo. «Yo también lo hubiera pedido a él», respondió Chicho.

Ese era el primer reto de Serna: demostrarle al público xeneize que tenía las condiciones para ser el número cinco de uno de los grandes de Argentina. Su contextura no encajaba en el ADN boquense, en la historia del club. Nadie entendía cómo un jugador de su tamaño iba a ser el encargado de pararse en el medio a recuperar balones. Las expectativas del Clausura de 1998 eran altas. Sin embargo, el equipo dirigido por el Bambino Veira terminó sexto en un campeonato en el que Vélez salió campeón. En la siguiente temporada, es decir en el Apertura de 1998, con la llegada de Carlos Bianchi, este Boca empezó a escribir la historia con bordados de oro.

Bianchi necesitaba que un jugador como Juan Román Riquelme pudiera tener libertad de movimiento y de tiempo para romper estructuras. Y lo hizo por la puerta grande. Para esto usó laterales siempre profundos, siempre abiertos porque la pelota pisada por el diez acumulaba tantos jugadores que los espacios, sobre todo lejanos a él, quedaban a la orden del día. Los laterales eran sus extremos y su amplitud. A un jugador sin límite en sus ejecuciones, había que darle tantos recursos como fuera posible y de manera sistemática. La paradoja total de este Boca es que el artista Román necesitó siempre del agente del orden Serna. Chicho fue el futbolista capaz de hacer lo mismo que Román, o sea moverse por todas partes y por ninguna, allá donde fuese necesario con tal de evitar que el equipo se rompa, pero éste sin la pelota en los pies, reorganizando el caos. Noble labor también.

En los súperclasicos los colombianos salían bien librados. Córdoba y Bermúdez habían ganado uno en el Monumental y con Serna habían ganado 3-2 el segundo en La Bombonera. La temporada en la que llega Bianchi al banquillo, el arquero colombiano pasa por su peor momento defendiendo el arco. Los periodistas, siempre con el tecleo incesante y lleno de acusaciones, crucificaban a Córdoba y pedían por Abbondanzieri. Es por eso que el clásico en la doceava fecha fue tan importante para la consolidación del arquero caleño. Chicho Serna derrumbó en el área al Payasito Aimar. Gallardo tomó el balón y lo puso en el punto penal en el minuto 42 del primer tiempo. El botín derecho del Muñeco dirigió la pelota hacia el palo izquierdo, donde lo esperaba la figura magistral del arquero que con una volada en el Monumental y una cachetada al balón, logró enviarlo al tiro de esquina. River y Boca empataron sin goles gracias a esa intervención.

Boca Juniors no se cansó de celebrar títulos a partir de entonces. En ese Apertura salieron campeones, sacándole una diferencia de 23 puntos a River y sin perder ningún partido. Después los colombianos ganarían otros dos títulos locales: el Clausura de 1999 y el Apertura del 2000, tres títulos internacionales: dos Copas Libertadores con Córdoba y Bermúdez como figuras, en especial en las finales, y la Intercontinental frente al Real Madrid donde Juan Román Riquelme y Martín Palermo dejaron una presentación de culto.

Serna: “Quiero que Macri me haga un contrato vitalicio, de utilero o de lo que sea”

No sólo fueron los títulos los que hicieron que este viaje por tierras argentinas para estos tres colombianos fuera tan grandioso. Los tres son personajes de alto calibre en la historia xeneize. Bermúdez representa un mito histórico en la institución. Su rol tanto adentro como afuera de las canchas lo consolidó como un verdadero ídolo de la hinchada. El central no tuvo miedo de enfrentarse a nadie. Los directivos, los barras bravas, los rivales, el que se pusiera enfrente tenía que pagar un peaje.

No es cualquier cosa lo logrado por el triunvirato colombiano. Los tres están dentro del 11 histórico del club. El mismo Rattin, uno de los cincos más emblemáticos de la institución, no fue con rodeos cuando aseguró que Serna estaba por encima de Suñé, Giunta y de él mismo. La famosa barra brava de Boca, La 12, tenía un canto especial para Giunta: “Giunta, Giunta, Giunta, huevo, huevo, huevo”, canto que un 5 de octubre de 1998, cuando Boca enfrentaba a Platense, cambió para convertirse en un: “Chicho, Chicho, Chicho, huevo, huevo, huevo”. En el contexto Boca, en el que Riquelme era la cabeza y los pies, los colombianos eran el corazón que a pulso constante mantenían vivo a aquel último monstruo del fútbol sudamericano, el último equipo capaz de mirar a la cara a Europa y no arrodillarse.

La relacion terminó cuando los tres dejaron el club con ese sentimiento de que lo mejor de sus carreras había quedado para siempre en Buenos Aires. Bermúdez se fue, en malos términos con el entonces presidente del club Mauricio Macri, a jugar en el fútbol griego. Óscar Córdoba partió hacia el fútbol turco después de que fuera considerado el segundo mejor arquero del mundo, detrás del alemán Oliver Kahn. Por su parte, Mauricio Serna fue el último en partir de Boca y hoy en día reconoce que se arrepiente de haber dejado la institución. La relación fue mutua, Boca los marcó para siempre y ellos dejaron en las vitrinas del club seis títulos que tienen sus nombres encriptados por todos lados. Siguen siendo voces de autoridad cuando hablan del club, tanto así que fue Serna quien recomendó a Wilmar Barrios para el equipo de Barros Schelotto.

Difícil es jugar con el destino. Prever lo que se le viene a este nuevo trío de colombianos en Boca. Lo único cierto es que así como los anteriores dejaron las puertas abiertas, también dejaron la vara muy alta. Ya llegará el tiempo para mirar con tranquilidad lo que Barrios, Pérez y Fabra puedan lograr en el equipo con más títulos internacionales en Sudamérica.

Como una calle de Buenos Aires, aquél Boca empezaba en Palermo y terminaba en Córdoba.

Fuentes:
Periódico El Tiempo
Revista El Gráfico
Revista Bocas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *