El banquillo de Once Caldas ha quedado solitario luego de la partida de Javier Torrente en un periodo amplio (1 año y 4 meses) en donde demostró aspectos interesantes en el apartado futbolístico. Su salida se produjo en medio de una avalancha de sucesos candentes que terminaron por crear inestabilidad en el Palogrande, haciendo sucumbir la raíz de un proyecto que quedó a medias e inacabado por muchas razones, pero, en especial, por la insuficiencia en la plantilla del conjunto manizalita. De sus primeras sensaciones resultaría lo mejor.

“El fútbol se vive de esa manera. La cabeza fría dejémosela a los científicos”. Esto declaraba Torrente cuatro meses antes de dejar su cargo. Y no hay mejor frase que resuma lo que fue su arranque en Once Caldas: fogosidad, efusividad y pasión. Lo anterior podría tomarse como algo abstracto, pero en realidad era el soporte para derrochar y llevar a cabo un esfuerzo supremo que pudiese permitir una presión asfixiante que, aunque no fuese en campo rival, edificaba una fase defensiva inquebrantable al tener un equipo ordenado: impedía ventajas, comprimía espacios, asfixiaba poseedor de balón, desdibujaba líneas de pase, disciplinado en coberturas. Poder superarles era un verdadero problema (demostrándolo tras haber sido el segundo mejor equipo en la diferencia de goles en el Clausura 2015), máxime cuando poseía un bastión en el centro de la zaga el cual representaban Lucena y Menosse.

El alumno de Bielsa contó con pólvora la cual dinamitó al formular un juego directo, vertical y de aceleración en donde Johan Arango recobró importancia y peso en el conjunto. El conjunto albo practicó un juego de ataque que deshizo momentos de dificultad. La irregularidad en el rendimiento siempre fue la incógnita mayor aunque la naturaleza del equipo equilibrara la balanza de forma circunstancial gracias al valor del espíritu competitivo impregnado por su mandamás.

Todo lo benévolo para Torrente ocurrió en tan solo 6 meses ya que su 2016 no desprendería un buen sabor. De inicio tendría que digerir la pérdida de su pieza angular en ataque: Johan Arango. Su presencia en cancha significaba determinación, picardía, actividad. Con él se producía riesgo y, en efecto, goles. En definitiva, perdió seguridad y convicción en la idea y plan de juego. Su proyecto cerraba un primer semestre opaco, un primer año en donde la noche parecía perpetua aunque él con su posterior renovación intentara crear que había rendijas por las que entraba alguna luz de mejoría.

No había forma de levantarse; sin embargo estampó la firma de su renovación considerada una utopía. Todo fue inverso: reinó un caos absoluto con la desbandada máxima de su plantel, la inclusión opaca de refuerzos y la angustia del pasado reciente. Factores que crearon un cóctel perjudicial, asemejando el juego a la endeble situación administrativa y eclipsando el fútbol alguna vez observado.

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