El fútbol colombiano es el fútbol de su gente. Es fútbol caribe y pacífico, de pasárselo bien, de inventar, de sentir y vivir en un constante estado de calma alegre que va resolviendo problemas a medida que aparecen gracias al ingenio; es fútbol de montañas, de trabajo honorable y meticuloso, de sufrimiento responsable y astucia competitiva. Eso fue lo que nos dijeron Zubeldía, Bilardo, Ruíz, De León, Cubilla y Maturana. Y eso es lo que Pékerman logró el día que recuperó el fútbol colombiano para la élite mundial. Y eso, últimamente, se nos había olvidado.

O eramos lo uno o eramos lo otro. Si decidíamos ser costa y mar, nos volvíamos en exceso frágiles; si apostábamos a ser rocosos, nunca llegábamos con claridad a la orilla. Ayer, ante Venezuela, sí supimos mezclar. Por momentos, recordamos los días de sol. Más allá de muchas de las cosas que hizo ayer Colombia se vieron legitimadas por problemas de juego venezolanos, sería engañarnos decir que lo del Metropolitano no fue la noticia más positiva en más de un año. Colombia se dio el lujo de ser Colombia y ganar, gustar y casi golear. La alegría se recuperó y el trabajo atrás no se olvidó. Y, de hecho, ambas cosas se hicieron bien.

Colombia, aunque distinta, volvió a jugar al fútbol que siente y sabe

La gran noticia es que Colombia generó un volumen ofensivo que no se veía desde los tiempos en que Falcao, El Grande, campaba los estadios del mundo vestido de amarillo. El mejor fútbol del equipo de Pékerman nacía desde la premisa de que con Falcao generábamos un número absurdo de ocasiones que permitían que todo lo demás funcionase. Sin él, y con la apuesta decidida de jugar con Cuadrado en lugar de un segundo mediocampista creativo, Colombia vivió bajo una espada de Damocles que casi cae sobre nuestras cabezas: si Colombia ya no era capaz de generar un volumen ofensivo vasto, y tampoco de ser puntuales en la concreción de oportunidades, entonces James, nuestro futbolista más productivo y puntual en el gol o la asistencia, debía jugar lo más cerca al área rival que fuese posible; sin embargo, si James, que es mejor futbolista cuando expresa su talento en la zona media, tiene que jugar arriba, Colombia adolece entonces de un déficit creativo que lastra su capacidad ofensiva y defensiva a partes iguales. La solución de Pékerman fue la de crear un doble de James, menos bueno, que permitiera al del Madrid estar aquí y allá sin dejar de estar acá y allí, todo esto a costa de sacrificar un delantero.

Contra Venezuela, Pékerman rompió con esa idea y volvió un poco al libreto original. 4-2-2-2. Hubo, sin embargo, matices importantísimos que separan este equipo de aquél de 2012 y 2013. Para empezar, el cuadrado del mediocampo fue puro. Antes, James se abría sobre una banda, la izquierda, y Macnelly colonizaba la centroderecha con los dos puntas moviéndose por el medio. Esta vez, no sólo cambió a Macnelly y James de perfil, sino que estos jugaron ambos sobre el mismo plano horizontal y vertical. Fue un doble enganche puro y duro respaldado por un doble cinco puro y duro, diferencia también de la base que conformaban Edwin Valencia y Abel Aguilar, pues este último se soltaba más como interior. Arriba, para compensar, Bacca era nueve-nueve, mientras que Muriel hacía lo que James antes: partía de una posición mucho más abierta sobre la franja izquierda. El experimento no terminó de funcionar porque James y Macnelly no encontraron, en el grueso del partido, la forma de congeniar y participar de forma continua en el terreno de juego, embotellados por un doble pivote que no se rompía nunca y un delantero centro que no ofreció demasiadas alternativas a quien llevaba la pelota, pero de todas formas resultó mejor que el dúo James-Cardona por simple creatividad.

El caso es que James la tocaba abajo (de hecho, muchas veces era Macnelly quien se posicionaba más arriba) y no era necesario que estuviese arriba para que Colombia lograse generar una ristra notable de ocasiones de gol. El resultado de 2-0 se quedó realmente corto y lo cierto es que se pudo haber goleado, incluso a pesar del estado del campo que dificultó acciones técnicas de pase, control y remate, algunas de ellas claves en el marcador. El dominio colombiano, si bien no hay que hacer de menos la labor imaginativa de la pareja de enganches, tuvo mucho que ver con la respuesta defensiva del equipo. Desde que Abel Aguilar déjase de ser futbolista de selección, Colombia había sufrido para manejar las segundas jugadas. Ayer, además de que la amenaza de pase interior y pase final aumentaran la capacidad para desorganizar al rival, el trío conformado por Torres (Daniel), Sánchez y Medina dio un clínic defensivo de lectura y técnica ante la pérdida del balón. Encimando, anticipando y replegando cuando había lugar a cada cosa. También es de destacar el hecho de que si bien el cuadrado mágico no estuvo del todo cómodo en fase ofensiva en muchos tramos del encuentro, sí lo estuvieron en transición defensiva, ahogando entre los cuatro al poseedor del balón, reminiscencias de la ‘Curva Maturana’.

El cuadrado mágico tuvo más luces que sombras, pero no todo es reluciente

Finalmente, sería erróneo despedir el artículo sin mencionar el fantástico aporte de Muriel. En su mejor partido con la selección, el jugador de la Sampdoria se mostró como un punto fijo de ayuda en salida de balón que desatascó y desvió la mirada de los problemas del tándem James-Macnelly. Desde su gambeta eléctrica y dañina, metió muchas veces a Colombia en el último cuarto del campo, generando peligro y siendo muy claro en sus intervenciones. Su fútbol fue el termómetro del partido y pudo ser la amenaza externa que Pékerman siempre ha pedido al irregular Juan Guillermo Cuadrado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *