Hace unos meses, nuestro amigo y colega de Ecosdelbalón, Abel Rojas, escribía sobre Álvaro Morata y su valor en los momentos importantes. Lo comparaba con Robert Horry, un jugador de baloncesto que hizo historia en la NBA a pesar de que sus números promedio en la temporada eran, quizá no pobres pero sí corrientes dentro del campeonato. Horry tenía la costumbre de aparecer en los momentos clutch, es decir, ese último minuto del play-off en el que Horry aparecía para encestar la canasta ganadora o, en términos de fútbol, ese gol en el último minuto de la final de un campeonato. Ampliando un poco, Horry aparecía como un gigante en los partidos más difíciles y más importantes de la temporada, promediando un nivel que en aquellos partidos rutinarios no alcanzaba.

Con Morata ocurre así. En el fútbol colombiano tenemos nuestro propio Robert Horry: Orlando Berrío. Denostado por la imprecisión y poca productividad del día a día, Berrío se ha convertido en un jugador adorado por la afición de Atlético Nacional y de una valoración tal que lo ha catapultado a la nómina de Pékerman, precisamente gracias a su actuación en los momentos grandes de la triunfadora era que vive Nacional en los últimos años. ¿Cómo lo logró? Jugando exactamente el mismo fútbol con el que, domingo a domingo, no lograba conquistar a la hinchada verdolaga.

Berrío es un delantero que basa su juego en dos factores: una potencia superior a la del medio y una voluntad inexorable. Sus entrenadores lo ponen como puntero derecho a pesar de que no es un regateador consumado ni tiene un golpeo de balón que genere ocasiones. Tampoco es un jugador asociativo ni un desmarquista goleador al uso de los que requieren muchos sistemas de juego. ¿Dónde está su éxito? Está en su fútbol simple. Berrío se abre sobre la raya y simplifica recepciones. Sus compañeros saben que lo van a encontrar ahí. Es una vía de escape sencilla. Y, cuando recibe, Berrío termina las jugadas. Intenta con un ahínco impresionante llegar al fondo, entrar al área, rematar, centrar, generar algo. Y entre su fuerza y ese deseo ferviente de lograrlo, lo logra muchas veces. Cuando no, su fútbol crea un embrollo suficiente para que su equipo no esté mal parado en el momento de la pérdida. Y así, su juego, es efectivo precisamente cuando el futbolista tiende a fallar. Berrío no da lugar a dudas, ni a los suyos, ni a los otros ni a él mismo. El valor de no dudar cuando el resto sí es incalculable. El de intentar cosas cuando los demás no, también. Esos son sus superpoderes. Y así anota en finales, últimos minutos de partidos y clásicos. Para Colombia, cada partido es ‘clutch’. ¿Será momento para Berrío?

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