Cuando José Pékerman llamó a Teófilo Gutiérrez y Macnelly Torres para que se unieran a la selección Colombia en octubre de 2012, les confió a ambos una misión mucho más compleja de lo que les hizo saber en un principio.

En ese entonces, el ambiente respecto a la actualidad del combinado nacional era tenso, pesimista y, por lo tanto, delicado. Las opiniones sobre la selección, después de haber perdido contra Ecuador por Eliminatorias, apuntaban en buena parte a lo mismo:

“En el único Mundial en el que vamos a participar va a ser en el que organicemos acá, y no sé si viva para ver eso”, sentenciaba más de uno por la calle

Ese tipo de frases tan lapidarias era producto de años y años de frustraciones y desesperanzas. Colombia no jugó la Copa del Mundo de Corea y Japón, ni la de Alemania, ni la de Sudáfrica. En la Copa América de 2007 no pasó de la fase de grupos. En la de 2011 se fue tras perder con Perú en cuartos de final. Y lo peor no era eso, sino que el equipo había dejado de transmitir y de emocionar de verdad a la nación, como sí pasaba en los 90.

En medio de todo esto, a Pékerman lo acusaron de mezquino luego de la derrota en Quito y hasta pidieron su cabeza. Para más inri, en unos cuantos días tocaba jugar contra Uruguay y Chile. Parecía una suerte de matchball para Colombia, pero que no definía nada oficialmente. A esto último se aferró argentino para probar una idea tan lógica y sencilla como oportuna: intentemos hacer lo que nos gusta. Y lo que gusta en Colombia, siguiendo el ideal noventero, es la calma, el toque corto, el doble 10 y las gambetas.

Macnelly por la bomba central y Teo a donde sea necesario

El estratega situó a Macnelly Torres por dentro, cerca a la pelota, y encargó a Teófilo ir a donde fuera necesario para que el fútbol de ataque no dejara de fluir. Con ese y otros ajustes tácticos, Colombia se libró de una sensación de rigidez, de estrés. El equipo se soltó el cinturón, se quitó el último botón de la camisa, se calmó, y jugó por jugar, por disfrutar. A Brasil se llegaría por añadidura. Con Mac, Teo, y el sol del Caribe sobre el Metro, como cuando éramos felices.

Los dos barranquilleros, a pesar de que no figuraban tanto como Falcao o James, estrellas en Europa, simbolizaban como ningún otro el regreso al paradigma colombiano original, al que se parece a su gente, como dicta la norma. Por eso el fútbol alemán tradicional es así: aguerrido, trabajado y despreocupado por lo estético en favor de lo práctico. La situación es similar con los brasileños y los argentinos. Lo que pasa en cancha es un reflejo de algo que pasa fuera del estadio.

Mac y Teo cumplían a cabalidad ese propósito. Macnelly, al bajar al círculo central a recoger la pelota y a dar pases horizontales, representaba a cualquier costeño descansando después de almorzar. Él marcaba el ritmo. Los demás lo seguían y lucían. Entre medias aparecía Gutiérrez, con una diagonal suave hacia la derecha para recibir un pase y hacer que el equipo ganara altura, o para rematar un gol a placer tras aprovechar un desmarque de Falcao.

El resultado era un fútbol repleto de emociones y recuerdos. Tener a un centrocampista colombiano de buen toque y mejor visión jugando por dentro, y que además nutre con balón a los laterales, a los delanteros y se asocia con el otro mediapunta, es una escena que abunda en formato 4:3, y cuyo protagonista luce rizos de oro.

Pékerman resolvió de un solo tiro, al incluir a Teófilo y a Macnelly, un problema táctico, discursivo y emocional dentro y fuera de la cancha. El simple hecho de volver al doble mediocentro, al doble 10 y al doble delantero le cambió el semblante para bien a la nación cafetera. Una vez los futbolistas y los hinchas se reconocieron por fin en el espejo, lo demás fue más fácil. Mucho más.

De hecho, el malestar del hincha respecto al juego de Colombia llegó cuando de golpe Pékerman tuvo que eliminar esos dos roles claves. La lesión de Falcao antes del Mundial quemó la hoja de ruta que conocíamos y trazó un nuevo camino.

La lesión de Radamel Falcao García ha provocado dar muchos pases

Sin el Tigre, Colombia se quedó sin la fuente inagotable de peligro en ataque posicional, la fase del juego en la que Macnelly destaca y en la que tenía validez su titularidad. Al mismo tiempo, el único delantero que acumulaba galones suficientes para ser titular era el mismo Teo, así que en vez de incluir otro centroatacante, Pékerman introdujo un extremo (Ibarbo), y retrasó treinta metros el bloque tricolor.

La modificación se saldó con un quinto puesto en una Copa del Mundo, con euforia desbocada, y con una incógnita eterna: ¿qué tal que Falcao y Macnelly hubiesen podido jugar? y ¿qué tal si Teófilo hubiese podido jugar de segundo punta, como le gusta?

Durante el año posterior al Mundial, Pek probó diferentes esquemas para un update que se antojaba necesario de cara a la Copa América de Chile, pero por atenuantes incontrolables, Colombia llegó a la competición con más dudas que respuestas. Lo más destacado de los cuatro partidos de los cafeteros fue la actuación de Sánchez contra Brasil, y un Ospina en modo salvapartidos.

Solucionar la ausencia del mediapunta jugón ha sido una empresa extenuante para el técnico de Colombia por diversos factores: Cuadrado pesa mucho dentro del vestuario como para prescindir de él en favor de otro futbolista que no haya vivido el proceso como Juan Guillermo. Además, la actualidad de Juan Fernando Quintero es la que es, cuando a priori él era el más opcionado a ocupar ese rol y compartir zona con James. En cuanto a Teo, su calidad está contrastada y lo que él hace es irrepetible para casi todos los delanteros de Colombia.

Los dos vuelven a integrar una convocatoria cuatro años después, pero lo más probable es que no vayan a ser, como antes, las piezas más reconocibles del discurso. Aún así, el recuerdo queda. Cálido y soleado, como la tierra que los vio crecer, jugar, golear y, a diferencia de muchos otros, ganar.


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