El último cigarrillo de la caja vacía se apaga con lentitud en el cenicero. Es la noche la que anuncia la llegada de otro día. Otro día más sin dormir. Otra mañana que llega con hierro en la garganta.

Las calles amanecen y están manchadas de celebraciones de gente extraña. Así va el hincha de Millonarios. Camina en soledad, como si estuviera en un callejón que nunca nadie transita, o que tal vez muchos transitaban pero que decidieron dejar porque encontraron un camino más iluminado.

Casi que fue ayer cuando el Junior de Barranquilla eliminó al equipo dirigido por Rubén Israel en una serie que dejó a todos los hinchas de Millonarios peleados con el fútbol

Esa noche las preguntas llegaron al puerto de la incertidumbre. Todos daban vueltas sobre la misma idea de tristeza, era un circunloquio que decía una y otra vez «el fútbol no es justo».

Todo la maquinaria se volvió a engrasar. Los asientos de El Campín volvieron a sentir a sus dueños sentarse mientras esperaban con ansias. Venía el nuevo Millonarios, venía una nueva campaña y con ella la esperanza. Porque en esto del fútbol, mil años de desgracias no se comparan con un segundo de felicidad.

Jugadores al campo. Va de nuevo el cuento

Caras conocidas. Un par de refuerzos. El balón rodó y la preocupación empezó a notarse en todas las líneas de Millonarios. Los jugadores cayeron en un letargo, están atrapados en un túnel sin tiempo ni distancia. Se les ve desconocidos, sin norte, jugando con las ganas del renegado, que busca y busca una solución, pero el problema está en que no sabe que intenta solucionar.

Preocupación, esa es la palabra que más define en estos momentos al equipo albiazul.

Israel ha hablado bastante. Es sin lugar a dudas un gran elocuente. Los micrófonos son para él la mejor forma de convencerse y convencer de que no hay por qué estar preocupado. Y es allá en el campo donde todo se quiebra.

Porque en la cancha Millonarios no halla los caminos. Es el ciego, que anda por la vida tocándolo todo con las yemas de los dedos para poder descifrar la vida.

Y mientras palpaba las cosas con intranquilidad fue encontrando. Un triunfo frente a Santa fe, un punto acá, otro allá y pare de contar.

El sistema Israel lo tiene. O eso es lo que él cree. Le gusta abrir las bandas con jugadores habilidosos y llenar el área de centros. Cosa que la temporada pasada tenía sentido teniendo en cuenta que estaba Rangel en el área.

Hay mimbres para mostrar más credenciales

Hoy hay caras conocidas: Cadavid, Vikonis, Silva, Manga, Núñez, Robayo, Estrada y Franco, pero no está el juego. De nuevo entra a la ecuación una interrogante. No se sabe construir juego. No se sabe de imaginación.

Cuando apenas llegó Israel al banco de Millonarios, acá en El Dorado Magazine se habló sobre lo paradójico que resultaba la falta de imaginación en el equipo teniendo jugadores que se alimentan de pura ficción cuando tienen el balón.

Es por eso que en Millonarios se habla mucho de Vikonis. Es el guardameta el que se roba las portadas dominicales. Es el uruguayo, que convertido en héroe, sostiene a este equipo en los partidos. Pero no hay respuesta adelante. Carrascal está sin confianza, sus pases son erróneos y sin la seguridad con la que nos tenía acostumbrados.

Robayo corre. Y corre mucho. Silva es el revulsivo, el único que a veces saca chispazos. Manga en lo suyo, cuando tiene el balón daña. Núñez… bueno, Núñez tira centros. ¿Y en el área?

Las luces de El Campín se apagan y en el ambiente se siente preocupación. Se huele.

Y en las casas, llega la madrugada, el insomnio se ha bebido hasta la última hora.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *