Contaba hace semanas Francisco Ramírez, un utilero de Cortuluá, que, durante el semestre pasado, era normal ver al hijo de Miguel Ángel Borja metido en el camerino antes de los partidos.

“Todos le preguntábamos delante de Miguel, ‘¿quién hace gol hoy?’, y (el niño) decía ‘mi papá’”.

También era normal, hay que decir, que el niño tuviera la razón.

Para Luisito, una extensión tan espontánea como inevitable de la fe gruesa de su padre, ver a aquel novato ansioso marcar 19 goles en 21 partidos con el cuadro tulueño seguramente no fue sorprendente. En su mundo, no había otra posibilidad. Así, tampoco se habrá asombrado Luisito al ver a su héroe derrumbar con dos toques el aire áspero del mítico Morumbí. Lo que para el niño no era más que una corriente inevitable, sin embargo, para el resto de los espectadores era una revelación: quedaba claro que aquella figura fornida de galopar estruendoso representaba un acontecimiento especial. Eventualmente, la conquista de un Borja debutante en suelo brasileño con Nacional fue tan impactante, que cuando éste repitió doblete una semana más tarde todo pareció natural. Tenía apenas días de haber llegado, pero, en el máximo escenario del fútbol sudamericano, su nombre ya hacía eco junto a los susurros de las leyendas.

¿Qué esperar de lo inesperado? 

“Tengo asistidores excelentes”, le dijo Borja a los periodistas después de cerrar la semifinal de Libertadores con un segundo doblete en el Atanasio. «Es una bendición tener jugadores de calidad como Macnelly y el Lobo.” Antes, había halagado a Berrío. En todas las salas de redacción de deportes del país, no obstante, ya daba vueltas la repetición de una corrida artística y metódica entre dos centrales que, segundos antes del acto, ya eludía la proyección de ambos, y que exigía con un rigor demarcado el pase posterior. El gol que confirmó a Nacional como finalista de Libertadores en aquella primera parte en Medellín había sido obra íntegra del delantero. Visualizado, imaginado por él. Y es que en esencia, Borja es eso: sí, un delantero multifacético, capaz de adaptarse, de apoyar y de matizar su fútbol; pero todo aquello se queda corto ante su nexo individual e íntimo con el gol. Aún está crudo, pero en cada uno de sus movimientos va labrada una trayectoria hacia el arco contrario y la fórmula para resolverla. Con la cabeza, con cualquier pierna, de primer toque, con cualquier mueca de su humanidad. Es pronto; pero a la vez, es imposible no haber visto en estos últimos meses un algo -llámese hambre, amor, inocencia, fe- en su fibra que lo perfila como autor de épicas. Hoy, con un giro surrealista, el fútbol lo coloca en el escenario de los escenarios, en el eco de los ecos. En su mundo, quizá, no había otra posibilidad.

Foto: LUIS ACOSTA/AFP/Getty Images.

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