Me gusta el eco de un buen pase
Que como una piedra arrojada al agua
Va formando ondas que se conectan
Y se van perdiendo entre guayos percudidos

Me gusta el eco de un buen pase
Que el balón vaya oliendo el césped
Recién podado
Y que esnife el polvo que delimita la cancha

Me gusta el eco de un buen pase
Que el esférico se convierta en pincel
Los guayos en artistas
Y el campo en dibujo.

Es una apología al buen fútbol. Tic-tac, tic-tac, una y otra vez sin parar, casi sin pensar, pero con mucho trabajo detrás del toqueteo incesante de Atlético Nacional.

El equipo paisa, con Reinaldo Rueda detrás, sabe muy bien que el instrumento en el fútbol es el esférico. Así como el escritor jamás se separa de los biromes, Nacional nunca da por perdido el balón.

Esto significa algo sencillo: los rivales se acostumbran a no tenerlo y a ver cómo el equipo verdolaga se encarga de inventar con él.

Es tan abrumador el miedo que infunde Nacional en sus rivales, que todos se presentan ante el equipo verdolaga olvidándose en primera instancia de hacerle daño, con tal de no sufrir ante él.

Esa ha sido la constante en esta Copa Libertadores. Rival que enfrenta a Nacional, rival que se olvida del balón. En la primera ronda Reinaldo y sus muchachos cabalgaron con tranquilidad. Eran intratables, de visitantes, de locales, donde fuera y a la hora que sea, jugaban a lo mismo.

El Nacional de Rueda nace de la posesión

El equipo cuenta con jugadores a los que les encanta tener mucho tiempo el balón entre sus pies. Unos románticos puros del fútbol de potrero, donde nadie se la presta a nadie. Pero lo importante en esto es que Reinaldo y su cuerpo técnico lograron hacerle entender a estos jugadores que no es necesario que transporten mucho el balón, porque el equipo con sus variantes en ataque siempre logrará crear un contexto para que ellos hagan magia cuando tienen las de ganar.

Es por eso que Marlos no se vuelve loco cuando recibe el balón; Guerra sabe que un pase atrás puede significar estar a pocos metros del arco rival después; Ibargüen entiende dónde hay que encarar y dónde dar un pase, que parece superfluo, pero que en verdad está construyendo el caos.

Desde la primera ronda, técnicos, periodistas y jugadores decían lo mismo: “Nacional es el equipo que mejor juega en la Copa”. Era un secreto que se oía a gritos en el continente.

La segunda ronda vino con un Huracán que alcanzó a hacer dudar a varios. El equipo de Parque Patricios montó una defensa férrea y le dio a Ábila la misión de hacer daño cuando pudiera. Frente a un equipo como el colombiano, los penales se presentan como un plato exquisito, en el que con la suerte de su lado podrían robar un botín inmenso.

Pero nadie logró llegar a esa instancia y empezó el recital. El que ha jugado al fútbol sabe que no tener el balón casi siempre significa, primero, correr mucho más y, segundo, jugar con paranoia. En el fútbol, ver tan cerca lo único que te puede dar satisfacción y no poder tocarlo te llena de impotencia. Huracán fue el primero, lo sintió y después del partido buscó ganarlo de otra manera.

En cuartos de final Nacional enfrentaba a Rosario Central. Era un partido que en el papel prometía ser una espectáculo sublime. El equipo Canalla, con el Chacho Coudet en el banco y en el campo con un delantero del calibre de Marco Ruben, había hecho una Copa muy buena.

El único problema era que tenían miedo. Sí, un equipo argentino tenía miedo de jugar contra un conjunto colombiano. Palabras mayúsculas pero ciertas. Nacional se sabe mejor, es un equipo egocéntrico, creído, con ínfulas de ser invencible.

Reinaldo salió en el Gigante de Arroyito sabiendo que, sin importar nada, su equipo iba a jugar a lo de siempre.

Un gol fuera de contexto marcó el inicio de un partido que después sería totalmente distinto. Nacional hizo lo que nadie había sido capaz hasta ese entonces: le quitó el balón al equipo rosarino por largos trayectos del partido. Era escandaloso. Los jugadores de Coudet estaban todos en su campo defendiéndose, o más bien, mirando atónitos cómo el verde movía el balón como un péndulo.

El ADN del fútbol colombiano se ha tenido que convivir siempre con el hecho de creerse inferior. No importa si se es mejor. Cargamos la historia en nuestra espalda como si fuéramos Atlas y los equipos rivales sacan provecho de eso. Esa noche en el partido de vuelta entre Nacional y Rosario, el equipo paisa tenía claro que era mejor y ni siquiera el gol vespertino, que los obligaba a marcar tres, hizo que ese pensamiento se volviera difuso.

Nacional siempre creyó que podía ganarle a cualquiera

Y es que creerse mejor es importante en el deporte. No importa cómo venga la marea, ellos saben que saldrán adelante. Si Rueda ve que el equipo no está haciendo lo correcto, él no tiembla para hacer cambios. Vuelve y dibuja el esquema, se mete a punta de táctica y mano en campo rival hasta que logra crear las ventajas para sus dirigidos.

Así las cosas, venía un zorro del fútbol en el horizonte:

El patón Bauza, Sao Paulo, el Morumbí. La historia abrumadora se recostaba toda encima de Atlético Nacional. Dieciocho pases hizo Atlético Nacional en el segundo gol que culminó Borja. El balón pasó dos veces por los pies de Franco Armani, y terminó, con un jugador de 19 años, haciendo un taco en el área chica para dejar frente al arco a Miguel Ángel Borja. Antes, en dos ocasiones, había hecho más de treinta pases seguidos. Sí, Nacional fue y dio una sinfónica, una obra preparada, que nos levantó de las posaderas a todos y nos hizo aplaudir a rabiar, hasta que las palmas estaban rojas. Hasta que ya no quedaba aire en los pulmones de tanto suspirar por ese fútbol de antaño.

Será difícil volver a presenciar, por lo menos por parte de un equipo colombiano, lo que ha hecho Nacional en esta edición de la Libertadores. Es por eso que esto que hasta ahora ha logrado hay que guardarlo en el anaquel de la memoria, porque no sabemos si en esta vida volveremos a presenciar un equipo tan vistoso como el de Rueda.

Foto: RAUL ARBOLEDA/AFP/Getty Images.

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