Pensar en una Selección Colombia con Gustavo Bolívar como mediocentro titular, y Gerardo Vallejo y Rafael Robayo esperando turno en el banco parece hoy un ejercicio de imaginación estrambótico; pero, antes de la llegada de José Néstor Pékerman al cargo de seleccionador nacional, tal escenario era una realidad. De hecho, así mismo se veía la selección en su último partido competitivo previo a la llegada de Pek. Aquel encuentro -una derrota de Eliminatorias por 2-1 ante Argentina en noviembre del 2011- simbolizó un puto de inflexión bajísimo para un combinado tricolor, que pocos meses después, bajo un nuevo entrenador, despegaría hacia su nivel más alto de los últimos 20 años. A finales del 2011, cuando Leonel Álvarez disputaba su tercer y último partido de Eliminatorias como timonel cafetero, eran parte del seleccionado Alexis Henríquez y Diego Arias; sin embargo, Juan Guillermo Cuadrado no había jugado ni un minuto competitivo con su selección. Jackson Martínez era nueve titular. Dorlan Pabón, el goleador. Colombia estaba repleta de futbolistas de alta competencia, pero competía poco y dolía bastante; hasta que Pékerman llegó para cambiar eso. El argentino lo tenía claro: tenía muchísimo trabajo por delante. Y todo debía comenzar con el relevo de una generación que, a pesar de su relativa juventud, ya había expirado.

Pékerman regresó el enfoque al colectivo

Los últimos años de la primera década de los 2000 trajeron, para Colombia, un cambio importantísimo: el regreso del futbolista colombiano a un punto de repercusión internacional. El banco de futbolistas nacional experimentó un alza palpable de talento, la mayor parte del cual se concentró sobre el sector ofensivo. Ya en el 2008 comenzaban a tomar fuerza en la selección las figuras de Dayro Moreno, Radamel Falcao García, Dorlan Pabón, Jackson Martínez, Carlos Darwin Quintero y Adrián Ramos, las cuales yuxtapuestas a los nombres en decaída de Hugo Rodallega, Edixon Perea y Wason Rentería generaban ilusión.

El problema era que tales figuras también generaban presión. Particularmente, la cantidad de talento que había para la línea de delanteros no guardaba relación con lo que sucedía con una línea de volantes ofensivos que inspiraba sumamente poco. Por eso, del 2008 en adelante, tanto Eduardo Lara, como Hernán Darío Gómez y Leonel Álvarez, parecieron sentirse obligados a improvisar alineaciones con delanteros que, o no combinaban, o se hallaban fuera de posición. Más aún cuando fueron apareciendo en el panorama Teófilo Gutiérrez y Carlos Bacca. Dorlan y Ramos aparecieron de volantes; Dayro, Quintero y Teo de extremos. La generalización de tal enfoque consiguió que Colombia fracasara durante media Eliminatoria y en una Copa América. Sus timoneles en ese lapso se veían condicionados por la tracción ofensiva del plantel, y -persuadidos también por su historia personal- asumían que era necesario acumular la mayor cantidad de nombres -y, en teoría, talento ofensivo neto- sobre el terreno de juego para maximizar la capacidad de competir. Priorizando este criterio, intentaban ensamblar esquemas que resultaban insípidos y defectuosos con el fin de potenciar a un par de individualidades y controlar riesgos. Su trabajo táctico, entonces, no se enfocaba sobre el flujo del equipo, sino principalmente sobre la mecanización necesaria para defenderse mejor tras un sinfín de pérdidas de balón. Aquella fue la era de «tres delanteros y Guarín de frente para dispararlas todas». Pékerman rompió el paradigma. Desde su punto de vista, potenciar a las estrellas no necesariamente era armar el equipo más potente. Meter más goleadores no era meter más goles. Pek se dio cuenta de que, entre los futbolistas colombianos, lo más importante no era el talento, sino una fibra compartida: un ADN cuya fuerza, al sumar una pieza con otra, se multiplicaba. Colombia llevaba a Colombia en las venas. Pékerman sólo tenía que recordárselo.

Más Nacional y Junior, menos Inter de Milán

Así sucedió lo que nos incumbe: el cambio generacional. Y, como queda claro, no sucedió simplemente por edad. Pékerman armó para sí mismo una base inesperada y completamente distinta a la que se manejaba. Los suyos no eran ni los de Lara, ni los del Bolillo, ni los de Caracol TV. No eran los “buenos”; los suyos eran los que, para el equipo, eran los mejores. Descartadas quedaron figuras en consolidación como Carlos Darwin, y Dorlan, y tótems europeos como Jackson, Ramos y Guarín. Falcao y Teo se convirtieron en un epicentro intocable. A la pelota se le sumaron toques de Nacional y Junior y se le restaron golpes de Inter de Milán. Al proceso entraron piezas a las que muchos consideraban verdes -como Juan Cuadrado-, olvidadas -como Edwin Valencia- o expiradas -como Macnelly Torres y Aldo Leao Ramírez-; y estas brillaron inmediatamente. Su fulgor era el sello del técnico argentino sobre un tejido hilado con lienzo colombiano más tradicional. Toque, desmarque y finta. Gambeta. Valorar nuevamente la retención de la pelota sobre terreno contrario. En el primer partido con Pékerman, a tres meses de aquella última derrota con Leonel, Colombia culminó una jugada de 14 pases consecutivos para marcarle un 2-0 definitivo a México en Estados Unidos. Cuadrado -quien en la siguiente fecha jugaría su primer partido competitivo de selección- empezó y definió la jugada. El Sun Life Stadium cantó “ole” 14 veces. Para el que había visto al equipo 90 días antes, el cambio -aún en sus primeras fases- era surreal.

Ospina; Zúñiga, Valdés, Yepes, Armero; Macnelly, Aguilar, Valencia, James; Teo, Falcao

Era el cuadro. Esa era la idea. Salida de balón pulcra, con basculación orientada y con coberturas inteligentes. Sumas de cadena de pases, recepciones con alargues de espalda con Teo, apoyo y fantasía con Falcao, pausa y tiempo con Macnelly. James para resolverlo todo; Aldo Leao para ayudarlo a imaginar o Abel Aguilar para ayudarlo a responder. Zúñiga al centro o a esperar la dirección de Yepes. Armero profundo. Y bailando. Bailando siempre. Ras-tas-tas. Pékerman le recordó al entorno futbolístico colombiano que antes de ensamblar un sistema para optimizar a algún talento había que identificar qué combinación de talento optimizaba el sistema. Que cada pieza siempre se tenía que valorar, primero, junto a cada otra. Y ahí estaba la alegría. Eso quedará. Ante todo, aquello es su mayor legado.

2 comments

  1. «antes de ensamblar un sistema para optimizar a algún talento había que identificar qué combinación de talento optimizaba el sistema.» Que gran frase y que cierta que es.
    Me parece importante entender que está pasando ahora. Después de todo será que el profe se fue al otro extremo? Mucho verde y pocas figuras? Que viene para la selección que la hemos visto de capa caida los ultimos partidos?

    1. Yo creo que su idea en ese aspecto sigue siendo la misma; él quiere priorizar la optimización del sistema. Me parece que el cambio ha estado más bien en su interpretación de lo que es el sistema óptimo. En su momento llegó con la cabeza fresca, y a construir con un panorama abierto, desde la nada, sin nada que perder, ni predisposiciones… y lo que salió fue tremendo. Le dio al clavo. Pero aquello le dejó un bagaje mental: un prototipo, o una idea con reglas concretas (y, quizá, arbitrarias) de lo que es el equipo, de lo que son sus jugadores claves, de lo que no se puede perder; y que se ha dejado llevar por esas reglas al formular el norte de la selección.

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