La Copa América de Venezuela en 2007 fue para la Selección Colombia la de recibir nueve goles en los dos primeros partidos del torneo y por consiguiente tener que hacer las maletas e irse a casa tras 180 minutos de escaso fútbol tricolor. Fue una caída cuyo impacto psicológico llegó a parecer irreversible. Fue el crack del 07.

Ese fallo estruendoso caló hondo en un país que completaba ya seis años sin una alegría balompédica real luego de registrar un final de siglo XX idílico y ganar la primera Copa América de su historia.

Colombia nace al fútbol en los 90

Los 90 en Colombia representan la creación, tardía y necesaria, de un símbolo de identidad nacional. A La Sele comenzaron a celebrarla en las imponentes costas del océano Pacífico; en las concurridas y ardientes playas del mar Caribe; en el frío altiplano cundiboyacense; en las verdes llanuras orientales, y en medio de la selva amazónica. Una nación quebrada dentro de fronteras físicas halló por fin algo que promovía comunión.

Los padres fundadores (Carlos Alberto Valderrama, Faustino Asprilla, Fredy Rincón, Leonel Álvarez, René Higuita y Francisco Maturana, entre otros) construyeron con pases cortos, gambetas largas y melenas prominentes un ícono precioso, un objeto de amor. Una figura que durante años regaló sonrisas, y que, luego, cuando se apagó, recorrió un camino amargo hasta quebrarse en la tierra del libertador.

Ahora, ad portas de debutar en un torneo continental con el 10 del Real Madrid como estandarte y el goleador del AC Milan como artillero más otros cromos brillantes, y luego de haber logrado un quinto puesto rutilante en una Copa del Mundo en Brasil, ¿cuál es la historia del equipo en el que jugaban hace casi dos lustros Jaír Benítez, Jorge Banguero, Javier Arizala, John Viáfara, César Valoyes, Hugo Rodallega y unos más?

El primer nombre que aparece en este ejercicio retrospectivo es el del técnico Jorge Luis Pinto, quien asumió la dirección de la escuadra nacional a finales de 2006, y realizó su primera convocatoria en enero de 2007, medio año antes de la inauguración de la Copa América.

Pinto llega para ir a Sudáfrica

Pinto es nombrado seleccionador tras una campaña impecable con el Cúcuta Deportivo. El objetivo de su fichaje estaba claro: participar en Sudáfrica 2010. Por el camino tendría la Copa América de Venezuela para afianzar su equipo y su idea.

Sin embargo, desde un primer momento hubo problemas. El más evidente, visto en perspectiva, es que sencillamente hacía falta talento. Esto era duro de admitir para un país cuyos colores fueron defendidos por el Pibe, el Tino, Rincón, Higuita, Andrés Escobar, y un técnico que contaba con la admiración de Arrigo Sacchi.

En este deporte los juicios absolutos chirrían y son errados en la gran mayoría de los casos, pero hay uno que no admite cuestión: el fútbol es de los futbolistas. En ese sentido, el talento es la vía rápida hacia la victoria, pero no es fácil de hallar.

Ya en 2007 Colombia tenía a su disposición a futbolistas que luego marcarían época en la Selección (Camilo Zúñiga, Fredy Guarín o el mismo Radamel Falcao) . Pero Pinto pasó de casi todos ellos para el torneo de mitad de año, y se llevó un plantel en el que los encargados de marcar la diferencia serían David Ferreira, Caracho Domínguez, Hugo Rodallega y, en menor medida, y no como con Pékerman, Macnelly Torres.

Sin talento es más difícil ganar. Toma más trabajo. Pero para eso Pinto era perfecto. La disciplina fue, es y seguramente seguirá siendo su máxima. Sobre eso construyó un equipo que en 2014 vapuleó a tres campeones mundiales. Su Costa Rica era una selección que jugaba como un club.

Pero en 2007 estaba en Colombia, y esa era otra historia.

Convocatoria: Calero, Zapata, Julio; Iván Ramiro, Amaranto, Yepes, Aquivaldo, Chigüiro, Arizala, Vallejo; Banguero, Viáfara, Castrillón, Zúñiga, Macnelly, Chitiva, Caracho, Ferreira, Fabián Vargas, Vladimir Marín; Herrera, Valoyes, Rodallega, Rey y Édixon Perea.

En el camino preparatorio hacia el torneo, Falcao frecuentó las convocatorias, pero el día definitivo se quedó fuera de la lista, lo que generó una polémica ruidosa que se acrecentaría luego.

El caso es que llegó el día del debut contra Paraguay, y Colombia formó con Calero en el arco, Iván Ramiro y Yepes en el centro de la zaga; Arizala y Vallejo de laterales izquierdo y derecho respectivamente; Viáfara y Fabián Vargas en el doble pivote; Ferreira y Caracho como volantes y Rodallega y Perea arriba.

El once titular hablaba de la intención de Pinto: el centro de la defensa sería férreo y aplicado, los laterales tendrían vuelo, el doble pivote distribuiría balón hacia los lados y se encargaría de los relevos, los volantes tendrían influencia en zonas interiores, y la delantera remataría la faena cerca del área, sin influir mucho en parcelas ajenas. Era un 4-4-2 / 4-2-2-2 de marca colombiana, pero tenía un enfoque distinto al de aquel mito fundacional, y las piezas, de menor calidad, no harían que el equipo funcionara como tal.

La imposibilidad técnica era preocupante. Colombia no podía salir por dentro porque no había una referencia entre líneas paraguayas para recibir, y Fabián Vargas carecía de cintura y de una conducción que le permitiera eliminar rivales. Además, el caso de su compañero de parcela era el que era: Jhon Viáfara peloteó tanto como pudo, y sus únicos pases acertados eran hacia unos laterales que brindaban poco o nada en ataque.

Ferreira movió cosas en soledad

David Ferreira, el más móvil de todos, tenía que multiplicarse más allá de sus posibilidades, ya que ni siquiera la (escasa) colaboración de Caracho Domínguez daba estabilidad a una Colombia que quería tener la pelota. Y ahí estuvo el problema, el lío que se extendió hasta cinco años después: el combinado cafetero quería tener la bola.

Su historia, su identidad, sus recuerdos así lo exigían, pero los pies de Domínguez no eran los de James; los de Vallejo no eran los de Zúñiga; los de Perea no eran los de Falcao (ni tampoco tenía ni un cuarto de su inteligencia sin balón); y el pivote derecho era John Viáfara (¡!).

Aún así, Colombia ganó un penalti por medio del regate de Ferreira, pero Caracho lo desperdició, y minutos después llegó el gol de Paraguay. Y aquí vale la pena hacer hincapié: en 2007 la Selección no había vivido algo, por ejemplo, como remontar un 0-3 a la Chile de Sampaoli para clasificar al Mundial. Tampoco había eliminado a toda una Uruguay en Maracaná para celebrar con abrazos calmados luego. La psique hace nueve años era otra.

El strike mental fue absoluto, y días después había que jugar contra la Argentina de Leo Messi y Juan Román Riquelme, a la postre finalista.

Y no hubo oportunidad. El gol de Édixon Perea fue un espejismo que Messi se encargó de eliminar a golpe de regates, pases y conducciones por dentro. El destrozo del argentino que llevaba la 19 fue antológico. Si Guardiola tomó la decisión en Barcelona de ubicar a Messi como falso 9, seguro que uno de los motivos fue este partido. Viáfara y Vargas no detectaron al extremo derecho que se ubicada a su espalda. No sabían que se trataba de un tipo que luego tenía una mano de balones de oro.

Colombia se fue, y entre medias, jugadores del plantel criticaron los métodos de Pinto. Además, la prensa, que en ese entonces jugaba un papel preponderante en el devenir de la Selección, se empecinó contra Pinto. La Federación ratificó al técnico, pero poco después de un año se dio el cese del estratega en una reunión en la que los directivos dijeron frases lapidarias.

Todos, en intervenciones que no duraron cada una más de 7 minutos, repitieron argumentos que fueron desde que la Selección «no juega a nada», porque «ha perdido la identidad del fútbol colombiano»; que «Pinto no escucha consejos de sus asesores», que en la Selección «se está haciendo sólo lo que él quiere y nada más», que la «responsabilidad total es de él y de nadie más» y que «a él se le ha dado todo lo que ha pedido» – Recogido de “Así fue la salida de Jorge Luis Pinto de la Selección Colombia” de Gabriel Meluk y Orlando Ascencio en diario El Tiempo. 18 de septiembre de 2008.

El cóctel futbolero colombiano de la época era demasiado fuerte: había jugadores contra el técnico, la prensa vociferaba frases desestabilizadoras, la hinchada estaba desesperada, al borde de la decepción, y la directiva no sabía a dónde mirar.

Luego de Pinto, el escogido fue Eduardo Lara. Y luego, volvimos al Bolillo. Fue un bucle de frustración. Y los resultados, desde finales de 2008 hasta 2011, fueron los que fueron. Hasta que llegó don José.

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