Cali, 1985. Colombia había quedado tercera en su grupo, conformado por Argentina, Perú y Venezuela, en las eliminatorias para el Mundial de 1986, y por lo tanto debía jugar un play-off de repechaje que lo emparejó con Paraguay en la semifinal y que, de ganar, lo llevaría jugarse una plaza en el Mundial ante el ganador de la llave entre Chile y Perú. La primera fase de las eliminatorias había sido en junio. Colombia, dirigida por el mítico Gabriel Ochoa Uribe, inició el torneo siendo una prolongación de los procesos de Bilardo y Efraín Sánchez en el lustro anterior. Las estrellas del equipo eran Pedro Zape y Willington Ortiz. Se jugaba con un 4-3-3 de aguantar y contragolpear en el que los laterales no subían mucho, el mediocampo estaba conformado por hombres de quite y recorrido y Ortiz, de punta, era acompañado por dos extremos. Los nombres bailaron durante los seis primeros partidos: Zape perdió el puesto con Luis Octavio Gómez; en la defensa, sólo Miguel Prince fue un fijo en la zaga, acompañado por Norberto Molina o Gonzalo Soto en el centro, y en las bandas Pocillo López, Jorge Porras, Luis Gil o Víctor Luna. En el mediocampo jugaron Germán Morales, Pedro Sarmiento y Américo Quiñones casi siempre, mientras que arriba a Ortiz lo acompañaban dos entre Kiko Barrios, Manuel Córdoba, Arnoldo Iguarán, Víctor Lugo o Carlos Ricaurte, sin mucho éxito. El jugador número doce era el experimentado enganche Hernán Darío Herrera.

Pasaron entonces dos cosas. Colombia se había encontrado a sí misma ese año de 1985 con la selección juvenil que dirigía Luis Alfonso Marroquín y que entre agosto y septiembre disputaría el Mundial de la categoría en la URSS. Por otro lado, esa sería la temporada de explosión de Carlos Valderrama en el mítico Deportivo Cali de la 85-86. Ochoa Uribe no estaba para nada contento con el equipo que en junio había tambaleado para llegar al repechaje, y para la semifinal de octubre ante Paraguay dio un revolcón. La ida fue en Asunción y ahí llenó el equipo de mediocampistas. La alineación fue la siguiente: Navarro Montoya; Félix Polo, Miguel Prince, Luis Murillo y Carlos Mario Hoyos; Álvaro Escobar, Germán Morales, Gabriel Gómez y José Hernández; Willington Ortiz y John Edison Castaño. Un nuevo portero, la defensa del Cali más Prince, tres mediocampistas nuevos: uno del Cali, uno de Nacional y uno de Millonarios, y la estrella de la selección juvenil. En la segunda parte debutaría Carlos Valderrama con la selección Colombia. El equipo perdió 3-0 y Ochoa señalaría a los jóvenes laterales. En la vuelta, jugada en Cali, estos serían reemplazados por los más experimentados Luna y Ambuila. Del mediocampo sólo se mantendría Escobar y se regresó al 4-3-3. Valderrama y Álex Escobar jugarían en la mitad mientras que a Castaño y Willington los acompañó Anthony De Ávila. Colombia ganó, pero no alcanzó para seguir con vida.

La renovación del médico Ochoa no fue suficiente para ganar el repechaje

Dos años después, en la antesala de la Copa América de 1987, León Londoño, presidente de la Federación, designó a Francisco Maturana como seleccionador nacional. Maturana sólo tenía un año de experiencia como entrenador -en el Once Caldas- y había sido firmado en cuestión de meses por Nacional para liderar el proyecto de ‘Los Puros Criollos’ y ahora por el equipo nacional, con Londoño seguramente entusiasmado no sólo por el buen fútbol que jugaba el Once Caldas sino por el proyecto de futbolistas exclusivamente colombianos que tenía el equipo verde de Medellín. A Maturana le tocaba crear una selección casi que desde ceros. Willington Ortiz ya pensaba en el retiro, que se daría en 1988, y anunció que se bajaba del equipo.

El escenario era perfecto para que Maturana tomara decisiones que antes hubieran sido más difíciles. Colombia ya había encontrado un estilo gracias al buen hacer de Marroquín y el Cali, además de lo hecho por el mismo Maturana en el Caldas. Además, tenía al jugador perfecto para encumbrarlo y hacer la transición entre la Colombia de Ortiz y la nueva: Carlos Valderrama. El crack del Cali fue nombrado capitán y estandarte a pesar de las dudas de cierto sector de la prensa que todavía recordaba su fracaso con los colores de Millonarios. Pero había que hacer más cambios. Navarro Montoya nunca había querido representar los colores de Colombia y ya había decidido que su destino era Argentina. Para Maturana, la elección era fácil: René Higuita, con veinte años, ya se estaba haciendo ídolo en Nacional y era precisamente el portero que requería el fútbol que él iba a practicar. En la defensa, Maturana dio paso a los centrales Perea y Mendoza, confirmó a Carlos Mario Hoyos como lateral izquierdo y dio la oportunidad a Luis Chonto Herrera, complementando la nómina con los veteranos Norberto Molina, un central elegante cuyo rol tomaría después el mismísimo Andrés Escobar, y Jorge Porras, quien había sido compañero de Maturana cuando este era futbolista.

Carlos Valderrama fue el estandarte de la nueva generación

En el mediocampo prácticamente todo cambió: sólo uno de los veteranos de los ciclos de Bilardo, Sánchez y Ochoa volvió a ser llamado. Pacho se la jugó por futbolistas que conocía muy bien para jugar en la primera línea. Leonel Álvarez, Ricardo Pérez, Gabriel Jaime Gómez y Marcos Coll fueron los elegidos. Los nuevos eran jugadores de un físico que marcaba diferencias para poder presionar en las bandas como quería Maturana y que también aunaban calidad técnica y jerarquía para imponerse y jugar con la cadencia que su entrenador quería. Más arriba, la dupla del Cali, Valderrama-Redín, acompañados de la joven figura del América, Álex Escobar, quien sería llamado incluso por delante de Alexis García, fetiche de Maturana en Caldas y Nacional.

La delantera, ese tormento de Maturana en su primera etapa, estaba conformada por cuatro delanteros de características relativamente similares, Iguarán y De Ávila, que ya no volverían a ser punteros, Tréllez, la otra estrella del equipo de Marroquín, y Sergio Angulo, el delantero al que Valderrama y Redín servían balones en el Cali. Completaba la lista John Jairo Galeano, el nueve de Atlético Nacional.

La Copa América de 1987 fue el inicio de esa primera generación de oro de Colombia a la que Maturana no sólo dio pista sino que también fue su formador. Difícilmente otro hubiera apostado con tanta fuerza por nombres como el de Higuita, Valderrama o Álvarez, jugadores que, con Andrés Escobar (que se sumaría meses más tarde), definieron la columna vertebral de esa primera selección de Maturana. El tercer puesto en el torneo y el Rey de América que recibió Valderrama ese año fueron la muestra de lo bien que se hicieron las cosas. El recambio generacional más exitoso de nuestra historia.

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