Atlético Nacional selló su pase a cuartos de final de la Copa Libertadores en la que ha presentado su candidatura más firme en los últimos veinte años. Lo hizo sufriendo contra un Huracán al que había vencido cómodamente en la apertura del torneo y que terminó jugando con diez futbolistas contra los once de Nacional. Los de Eduardo Domínguez hicieron un partido atípico de la Libertadores actual, pero que sin duda la engrandece. Desde la pizarra, Domínguez y sus jugadores encontraron la falla mecánica en el engranaje del motor ofensivo verdolaga, que hasta ahora parecía un Shelby Mustang GT350 cuando prendía motores y los Globetrotters de arriba hacían de las suyas. La Libertadores de hoy suele tener dos tipos de partidos: los abiertos que permiten a los equipos expresar su calidad ofensiva en contextos favorables, y los cerrados, que lo son no por fútbol sino por la falta del mismo y se convierten en juegos broncos y pesados en los que nadie logra jugar bien. El de ayer fue distinto por eso. Huracán lo cerró desde la táctica.

El del Atanasio fue un partido muy rico tácticamente

La idea es sencilla en el papel pero requiere sintonía, concentración y una lectura detallada del entrenador sumada a una preparación especial de los jugadores para el duelo. Era la cuarta vez que Huracán enfrentaba a Nacional en cuestión de meses y eso seguramente ayudó para que la elaboración del plan de juego de Domínguez y su acondicionamiento fueran más sencillos. En el 0-2 de febrero, Huracán había intentado presionar y Nacional pudo correr libremente en campo contrario, encontrando recepciones fáciles y girando constantemente la defensa argentina. Huracán miró todo el tiempo hacia su portería. La consigna de anoche era que eso no pasara bajo ninguna circunstancia. Dos líneas de cuatro se agolparon en campo propio mientras los puntas hacían sombra sobre la salida del local. Ningún futbolista verde podía recibir entre líneas y cuando alguno intentara ofrecerse por dentro su marcador más cercano lo encimaría para que no pudiese nunca girarse y Huracán pudiera seguir mirando a Armani, a quien sólo tenían permitido dejar de mirar cuando el balón volara muy arriba y muy abierto. Domínguez entendía que la situación de uno contra uno de los extremos de Nacional era inevitable y preparó a su equipo para el duelo individual. Contra Marlos Moreno los preparó para aguantarlo, a sabiendas de su capacidad de desborde, y no meterle el pie. Sus pupilos se aprendieron la lección de memoria y en la primera parte Moreno apenas y pudo pesar en el partido. Contra Ibargën, sin embargo, la lección falló o no la hubo y el caleño superó casi siempre a su par dándole vida a Nacional desde su regate.

Sin pases por dentro y con sólo uno de los extremos ganando la posición, Rueda tuvo que intervenir porque su equipo no estaba siendo capaz de infringir daño a su rival. Lo primero que hizo fue modificar la estructura de su salida. Si Huracán sólo molestaba con dos jugadores, tres bastarían para sacarla sin problemas. Mejía comenzó a bajar a recibir entre centrales, los laterales a fijar su posición muy arriba, mientras Pérez y Guerra se alternaban el apoyo abajo y la posición arriba para tratar de romper el muro que había montado Domínguez. No resultó mucho, porque Nacional siguió viviendo de lo que hicieran sus extremos y Huracán no sufría, pero creó una estructura que le funcionó al verde para llevar el balón arriba sin muchas dificultades. De ahí nació el primer gol. Lo otro que hizo Rueda fue mover a sus delanteros de posición para que Marlos pudiera jugar más por dentro, a veces perdiendo la referencia en banda derecha. La idea detrás de eso era ganadora, pero la ejecución no fue la mejor porque sin el extremo diestro Huracán se cerraba más por dentro y porque ni Sebastián Pérez ni Alejandro Guerra demostraron tener la calidad para encontrar ese pase interior ante una defensa tan organizada. Huracán, por su parte, sí logró contragolpear gracias a la autopista libre que significan Sebastián Pérez y Alexander Mejía defendiendo en zona y el potente juego de espaldas de Ramón Ábila.

Alejandro Guerra naufragó como conductor ante defensa posicional

Para la segunda parte, Rueda insistió con su idea inicial con algunos retoques. Sacó a Ibarbo, perdido sin espacios, y metió a Berrío como extremo diestro bien abierto. Este es un jugador simple y muchas veces inefectivo, pero que iba a entregarle a Nacional una línea de pase sempiterna en la banda derecha e iba a retar al lateral izquierdo de Huracán a un duelo exclusivamente físico que, por potencia, iba a ganar Berrío casi siempre. Por otro lado, pasar a Marlos al centro de la delantera de forma fija y en solitario aumentó la complejidad de la defensa de Huracán. Cuando estaban dos, Ibarbo y Marlos, los defensores se los repartían y ya está. Recordar lo que les dijo su entrenador, reaccionar ante la situación y ejecutar. Siendo uno solo, tenían que leer la jugada y ese instante de más era suficiente para que apareciera la duda y con ella el colombiano se fugara. Además, Rueda dio un rol muy interior con balón a Daniel Bocanegra, casi de segundo pivote, para liberar del todo a Pérez y Guerra. Estos ya no tenían que llevar el balón arriba y buscar el pase por dentro sino que tenían que asentar su posición muy metida en campo contrario con dos objetivos principales: ocupar el área y las zonas de remate más inteligentemente, y fijar a los mediocentros de Huracán para que dudaran entre dejarlos libres o acudir a banda para generar superioridad. Esto también tuvo un efecto colateral que terminó por otorgarle el dominio del partido a Nacional y fue que Andrés Ibargüen encontró espacio por dentro para conducir. Orientó sus controles para irse a la mediapunta y eso provocó un caos: de repente, Huracán tenía que tomar muchas decisiones sobre hacia dónde defender. El plan de Domínguez era la seguridad total y, ante la duda, éste se desmoronaba. Cada futbolista comenzó a tomar un camino distinto y Huracán dejó de moverse en bloque. Las preciadas líneas de pase por dentro aparecieron aunque Nacional tardó en tomarlas. Abría muy rápido el balón cuando aún tenía un pase extra en el carril central. La primera vez que se dio cuenta anotó el 2-1. La expulsión de Mancinelli exacerbó la situación.

De todas formas, Nacional terminó sufriendo. Lo hizo porque se creyó ganador muy pronto y porque Huracán tuvo mucho amor propio. Rueda sacó a Marlos Moreno, su camino más rápido al gol, y metió a Macnelly para guardar el balón. Nacional comenzó a hacerlo, pero no contó con que algunos de sus futbolistas tienden al error. Esta vez fue Mejía, que entorpeció una circulación hasta ahí perfecta, dio tiempo a Huracán para organizarse y los de Domínguez organizados son peligrosos. Recuperaron el balón, tomaron a Nacional muy mal ordenado y Ábila marcó un gol de antología que instauró la angustia en los locales. Un gol más y estaban fuera. El nerviosismo tomó parte en el encuentro y Mejía comenzó a verticalizar muy rápido y Nacional a perder balones y control. Desde el banquillo Rueda ingresó a Copete para abrirlo sobre la izquierda, metió a Ibargüen por dentro y acercó a Macnelly al balón para devolver la calma. Huracán intentó, pero ya Nacional tenía controlada la situación. Tuvo opciones de marcar varios goles. Hizo el cuarto en una jugada de barrio que premió al más insistente de los atacantes de Nacional con una acción muy bonita a la altura de su partido. Y es que cuando Nacional tiene espacios para correr, mata.

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