El Deportivo Cali enfrentaba a una ofensiva temible y la misión era detenerla, lo demás vendría como consecuencia. Fernando Castro decidió proteger a Andrés Pérez con dos volantes a sus costados. Estos volantes, Balanta y Rentería, son atléticos pero con poco talento para el robo, todo lo contrario al capitán, con talento defensivo pero en el descenso de su ritmo en fútbol y físico. Racing profundizaba el problema porque ubicaba a Romero a la altura de su propio mediocampo y a Lisandro López bien abierto por la izquierda, así que si los volantes del Cali se cerraban para proteger su centro, el paraguayo iba con Licha, y si se abrían para cubrir un poco más de campo, se liberaba espacio central para Milito y Bou, que mantenían a Racing en posición de crear peligro.

Atacar fue también, durante esos 38 minutos, un suplicio. En su contra: Roa y Sambueza no empezaban por apoyarse uno en el otro para ganar metros hacia adelante y así comprar algo de tiempo, lo que terminaba haciendo del ataque azucarero una situación insostenible. En su defensa: es imposible el terreno que queda por delante cuando hay que bajar todos los tiros al mediocampo para que el ataque tenga una velocidad diferente. A veces, ni esto podía pasar porque los volantes no ofrecían una salida clara y la pelota volvía a poder de La Academia más pronto de lo deseable. Al final, no es que la línea defensiva del Deportivo Cali lo hubiera hecho mal, es que si el equipo no puede salir porque no tiene como empezar un ataque de manera confiable, solamente está multiplicando la cantidad de pelotas con las que el rival va a disponer para atacar y así, en Copa Libertadores, no hay quien aguante.

Fernando Castro intentó salvar a su hijo pero, como cuando Saturno abrió sus ojos blancos, el daño era ya irreparable.

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