Millonarios tenía un problema: el mediocampo seguía siendo un factor decisivo para el apropiado –o no– desarrollo del juego azul, en especial fuera de casa. El vacío radicaba en que el doble cinco de Israel consta, en el primero de ellos, de un volante que, principalmente, sea capaz de un despliegue físico monumental y con sentido táctico para cortar contragolpes con facilidad y cuyo rendimiento fuese estable durante todo el partido. El segundo volante de ese mediocampo debe ser un jugador todoterreno capaz de cumplir labores defensivas y participar también del juego en ataque, esencialmente mediante la ocupación de espacios libres y lograr, en lo posible, combinación con los volantes ofensivos. Yendo a los nombres propios que al final definen cualquier sistema, el primer puesto está ocupado, y sin duda alguna, por Elkin Blanco. El mediocampista defensivo cumple con creces con el formulario exigido para esta demarcación en la filosofía del uruguayo. Ante la baja indefinida de Yilmar Angulo, la vacante abierta del segundo puesto tiene dos aspirantes: Rafael Carrascal y Rafael Robayo.

Estos dos volantes de corte muy diferente entre sí, tienen entre los dos las características que Israel demanda para su segundo volante central. Carrascal tiene mucha calidad técnica y es muy útil tácticamente, –el gran debe de Robayo– características que forman un cerrojo defensivo muy interesante en pareja con Blanco. Por el contrario, Robayo fundamenta su juego en el empuje, la ocupación de espacios adelantados y en sumar en ataque, tema en el que Rafael Carrascal no participa demasiado. La maldición azul este campeonato radica en que ninguno de los dos termina haciendo bien esa segunda parte que se le exige a su juego.

¿Por qué los resultados tan dispares en Bogotá y en las demás plazas del país?

En casa, la necesidad de ganar metros no es tan clara porque generalmente el rival los concede, de manera que la opción siempre fue Carrascal. De visitante la historia era bien distinta, ya que en Colombia, seas quien seas, te hacen sentir la localía y por ende te van a ir a buscar. En consecuencia, como es lógico, la opción terminaba siendo Rafael Robayo. El bogotano tiene un problema que, hasta ayer, le mostraba una papeleta complicada al entrenador uruguayo: su determinación en ir hacia adelante, en ataque y luego en defensa para presionar, generaba un riesgo muy grande si perdía los duelos, porque si los rivales se saltaban la presión luego ya no había quién regresara, de manera que Blanco y la línea defensiva quedaban expuestos. De ahí, en mi opinión, los rendimientos tan dispares como local y visitante.

Ahora bien, el entrenador debía meter mano y darle un giro más a la tuerca. Pero, ¿en dónde? Porque los tres volantes ofensivos son complementarios y de muy buena calidad, sin contar con lo buen delantero que es Rangel para el andamiaje ofensivo, así que estas variantes para Israel nunca fueron, al parecer, una opción real como solución al problema. El cambio lo efectuó, entonces, en las características de la posición más que en el esquema en sí mismo. David Macalister Silva, que usualmente partía desde la banda, pasó a jugar en la zona central de manera definitiva y descarada, y Jonathan Estrada pasó a la zona izquierda del ataque. Con zona central me refiero a que directamente bajó al lado de Elkin Blanco, liberando a Robayo de la engorrosa tarea que es para él recibir el balón de los centrales y ofrecer una salida limpia, pero otorgándole a su vez espacios en ataque para moverse despreocupadamente. Con este cambio, Nacional tuvo que lidiar con un 3×2 en el mediocampo que con dinamismo lo superaba, por momentos, con mucha facilidad y que lo que lo obligó a retroceder para no ceder espacios a su espalda. Estrada lo agradeció y, alejándose de labores defensivas, se soltó a combinar con un Macalister que mostró un nivel ofensivo brutal y dominante en muchos aspectos, convirtiendo los avances en ataques. Y acá, lo que se habla tanto de la presión tras pérdida: cuando pierdes la pelota arriba y tienes varios jugadores juntos en poco espacio, es más fácil generar el error rival y, por ende, defender.

Israel encontró una solución de manera muy inteligente a un problema recurrente y sus jugadores respondieron a la perfección. Si este equipo logra replicar este funcionamiento fuera de casa, hay un candidato serio a competir por el título.

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