A Pékerman no lo he visto en estos días, pero imagino que se ve sumamente alegre. Arrugas lindas, dientes y más dientes. Yo, es que últimamente no lo miro. Primero, porque, por primera vez desde la Copa del Mundo, los partidos de Colombia me han vuelto a exigir el ojo entero:cambios de patrones, la sensación -nuevamente- de que sí hay cosas que pueden pasar. Segundo, porque he vuelto a sentir que conozco al tipo en el banquillo. No me hace falta adivinarle un ademán. Decía Ezra Pound que “cualquier pieza de arte que no es un comienzo, un invento, un descubrimiento, tiene poco valor.” Para Pékerman eso ha sido lo más duro. En su cara, después de la Copa del Mundo, era evidente el agobio de estar sumergido en una serie de preceptos obsoletos y jerarquías implícitas viejas que no lo dejaban solucionar. Pero lo de las últimas dos fechas lo cambia todo. Lo de Pékerman ha sido empezar de cero: barrer todos los papeles del escritorio; cerrar 10 pestañas de internet en el navegador. ¿Costoso? Sí. Pero es que su propia creación, ya en decaída, le había tapado los ojos. Derrumbarla para poner el alma en los pies de Marlos Moreno, Sebastián Pérez o Edwin Cardona, por lo tanto, no ha sido cambiar. Ha sido volver a ser él mismo.

Imagino a Pékerman hoy, pasada la doble fecha, sentado con los brazos abiertos y, en el rostro, un ademán arrogante de boxeador victorioso; aquel que, fuera de mi fantasía, jamás dejaría ver. Me alegro. Tal como lo visualizaba Pound al hablar del artista, una de las fallas comunes del autor es asumir que, mientras él altera su obra, su obra no lo cambia a él de vuelta. Yo creo que Pékerman esto ya lo ha notado. En un par de años, el argentino se ha vuelto parte inseparable de la Selección, y por eso no dudo que se haya sentido, en parte, mutilado al tocar al césped sin Falcao, Teo o Jackson. O Sin Zúñiga, Armero o Sánchez. No lo dudo. También sé que él está consciente de que quizá alguno de ellos podría haber aportado más que Dayro Moreno contra Ecuador. Las decisiones que ha tomado, no obstante, vienen de un espíritu de sacrificio, propio y ajeno, por el futuro. Por un colectivo sin amarras o limitaciones. Por eso, a él, mis respetos. Que sepa lo bueno que es volverlo a ver.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *