Pekerman juntó seis caras distintas, y complementarias, e hizo el dado por sí mismo. Acostumbra a fabricar sus propios dados porque quiere pretender que a la suerte la tiene por los cuernos. En su conformación no se saltó ningún número, ni quiso tener más cincos que unos, porque su intención nunca fue forzar su suerte demasiado. Entiende que al fin y al cabo de eso se trata: el número justo no saldrá si lo tiras con más o menos vértigo, si lo tienes en tu posesión más de la cuenta o si dejas tu suerte a las manos de otro, él sabe que solo tendrá su noche si ellas, las piezas que lo conforman en el juego donde todo es posible, juntan su magia, su particular magia individual. Cuando la mano que lo sostiene desaparece, el dado va por su cuenta. Vuela, gira, g-i-r-a, salta, choca, rueda al ras. Juega. Tas, tas, tas.

Algunas veces, en su impensado guion, pudo posarse de primera sobre la superficie verde que lo resiste. También pudo moverse flexible de un lado a otro dando saltitos, yendo y viniendo en la oscilación de su péndulo. Tampoco es que exista otro remedio. En estas Eliminatorias inestables solo queda jugar su juego y rodar en ellas. La Selección lo hizo como un dado en una noche extraordinaria porque esa mano que lo armó también tiene magia. Magia y sentido. Mucho sentido. Cuando la suerte quedó echada, la noche cerró con un tres valioso como un nueve, un cinco necesario, un seis precedido de un salto acrobático que borró la amenaza de incertidumbre y confirmó que este sería uno de esos días y dos puntos extremos que, como en cara del número dos, estuvieron siempre a la altura justa. ¿Y el uno? Sí, el uno también apareció. Un contexto favorable y, cómo no va a aparecer, si él nunca nos ha dejado a pie.

¿Y ahora? Rodar. El juego nos hará regresar más pronto de lo que parece. Más vale que la magia siga acompañándonos.

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