La primera condición del realismo mágico, como su nombre lo indica, es que sea un hecho rigurosamente cierto que, sin embargo, parece fantástico”. Así define Gabriel García Márquez no sólo una corriente literaria, pero una nación. Un pueblo capaz de realidades estrambóticas propias de la ficción. Un país de no creer. La profesionalización del fútbol en Colombia es prueba de ello. La liga colombiana no necesitó madurar en demasía para osar de ser la mejor liga del mundo. Años más tarde, Mané Garrincha, astro del fútbol mundial, se paseaba por las canchas del país. Cuando Francisco Maturana y sus formas modernas revolucionaron nuestro fútbol, Colombia ya había hecho de la excentricidad su bandera. En efecto, Atlético Nacional dominó al mítico Milan de Arrigo Sacchi durante 90 minutos. No hay duda que la última gran muestra de realismo mágico la dio Radamel Falcao García, de quien se dijo que era el mejor centrodelantero del mundo. Pero a su espalda, en la banda derecha, se hizo presente un lateral que sacudió el universo futbolístico. Juan Camilo Zúñiga era un crack de talla mundial.

Zúñiga surgió en Atlético Nacional, cosa que no es meramente anecdótica. Allí se hizo heredero entre una dinastía de laterales sui generis. Ya desde los 90, el equipo paisa formaba laterales que entraran en contacto permanente con el cuero. José Fernando Santa, Diego León Osorio y el mismo Chonto Herrera son gratos recuerdos de la estirpe de laterales que se venía gestando en Nacional. Ninguno de éstos era ajeno a las interminables secuencias de pases que, en compañía de un porro del maestro Lucho Bermúdez, devinieron en identidad nacional. Ante esto Zúñiga no sólo fue heredero, sino evolución.

Zúñiga sublimó la idea del lateral colombiano

Zúñiga recibía, gambeteaba, tiraba paredes y conducía. Al adentrarse en el mediocampo mostraba un repertorio envidiable para cualquier armador. Con el paso del tiempo se fue cumpliendo el anhelo de todos: Zúñiga era un 10 en la banda. El eje, el creador, el cerebro. Zúñiga había logrado incorporar el juego de banda con el juego de pases que Colombia aclama. Lo suyo fue único.

El paradigma de lateral colombiano, del que Zúñiga fue la máxima expresión, no pierde vigencia. En la retina están Vladimir Marín y Sergio Otálvaro, auténticos cerebros en las bandas. Como prospectos valen Stefan Medina (si bien esa no es su posición natural), Déiver Machado y el joven Sebastían Macías. Eso sí, sin Juan Camilo Zúñiga, rescatar la esencia del lateral colombiano no es la medida del éxito o el fracaso. No es el camino más confiable a la victoria, ni mucho menos. Es, mejor, una necesidad de realismo mágico. Es la figura que nos hace creer que somos increíbles.

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