Un anuncio publicitario puede contar una gran historia. Puede ser deslumbrante, incluso. Y puede tener tanta recordación como cualquier pieza artística de gran calado. Las posibilidades que da un comercial son infinitas en el terreno creativo. Y tiene además el añadido de un propósito claro: hacer que el gran público actúe según lo que dicte la pieza. Es un reto profundo para el que sólo están aptas las mejores mentes.

Pero nadie las conoce.

¿Sabrá alguien más allá del mundillo de la publicidad quién hace los enormes comerciales del Superbowl, por ejemplo? ¿O sabe alguien si Don Draper concibió I’d like to buy the world a Coke, pieza con la que finalizaron de forma magistral los ocho años de Mad Men? No. No lo saben ni los más acérrimos fans de la mítica serie porque Matt Weiner, su creador, homenajeó así, por enésima vez, al anonimato creativo.

No le bastó con decirnos durante casi una década de televisión, semana tras semana, que Donald Draper era un publicista y al mismo tiempo una creación del anónimo Dick Whitman. No. Tuvo que poner el broche de oro con una canción que bien podría definir la cultura americana. Y sin firma de autor, por supuesto.

“That’s the way it works. There’s no credit on commercials” – Donald Draper. Episodio 4 x 07

La Gran Colombia de Pékerman, la de 2012 y 2013, era una obra de arte sin la firma de su autor. Era un comercial. Un comercial que enamoró, que todos repetían al unísono, un comercial exitoso, que vendió boletas, camisetas, licor y felicidad, como los mejores.

Y el autor no era José Pékerman, ni Macnelly Torres, ni James Rodríguez. El artífice de ese prodigio vivía en Madrid, anotaba goles de todos los colores, y cada tanto venía a Sudamérica a comandar y legitimar desde la sombra el ataque estático más carismático del fútbol de selecciones.

Falcao García era la joya de la corona cafetera. Un delantero sentenciado como “de área”, que permitía a su equipo pasarse la pelota con una calma hipnotizante, un tipo que sentía suyo el fútbol de toque corto y gambeta larga aunque jugase cada fin de semana en un equipo que brillaba precisamente por montar las mejores encerronas del siglo XXI, y aunque sus highlights fueran dentro del área rival a uno o dos toques.

Para la muestra, un botón. Cada movimiento de Radamel, cada toque, cada desmarque mejoraba siempre la circulación de Colombia. Y esas son palabras mayores. Eso se dice de Xavi Hernández y su rol en el Barça de Guardiola. Pero en este caso, Falcao no la tocaba 120 veces por partido para optimizar la jugada, sino que un desmarque diagonal suyo tenía una fuerza magnética tan grande para los rivales que para los mediocampistas colombianos era sencillo o dársela a él… o a James o Macnelly.

Para colmo, con la pelota era capaz de frenar o girar con una potencia de alto impacto digna de los elegidos. Pero eso no lo situaba dentro del conjunto de los artistas más reconocidos. De Zidane se habla como si fuese un poeta; de Iniesta, como si fuese un pintor; de Xavi como un director de orquesta, y así de otros como Messi, Modrić, Kroos, Silva, Özil, o el mismo Neymar. Y las figuras históricas, claro: Maradona, Platini, Laudrup, Savicevic, y otros más. Ellos hacían arte. Se les reconocía por eso.

Pero a Falcao se le reconoce a gran escala por “meter goles de cabeza y en el área chica”, no por tirar apoyos de espaldas y entre líneas que hacían ver a Abel Aguilar como un repartidor de fútbol, calificativo bastante extendido para él. Y ojo, que se diga que era un “artista del gol” tampoco le hace justicia. Falcao creaba sin firmar. Y el crédito iba para otros.

Claro que las mentes más astutas sí percibían lo que acontecía. Mourinho y Ancelotti lo quisieron mientras estuvieron al frente del Real Madrid, una suerte de McCann Erickson, mientras que Falcao dirigía el área creativa de Colombia, la pequeña Sterling Cooper.

Y lo querían, entre otras cosas, por sus espectaculares pitches. Su presentación contra el Chelsea por la Supercopa de Europa está a la altura de la de Don para el Carrusel de Kodak, o su brutal exhibición contra Paraguay en Barranquilla, la cual es digna de mención junto al pitch para Hershey’s. Pero la esencia de eso sólo lo podían ver los del mundillo cercano.

Porque nadie de la masa supo cuando vio el Carrusel que la creación de eso se acercó al cénit del arte, al igual que nadie vio la catarata de creatividad que fue el partido de Falcao contra Paraguay aparte de sus dos golazos. No.

Falcao se nos acabó. Se fue como Don. O por lo menos ese Falcao. Y se fue con muchos misterios por resolver. ¿Qué fue lo que pasó luego de la lesión? ¿Qué habría sido de él en una gran noche de Champions? ¿O en la Copa del Mundo? Y sin tan sólo no se hubiera ido a Mónaco? O si hubiese llegado a la Casa Blanca? Muchas incógnitas que nos queremos contestar, aunque ni siquiera sabemos a ciencia cierta cuántos años tiene.

«He could be Batman, for all we know” – Harry Crane, Mad Men, Episodio 1×01

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *