Menos de un año antes de su muerte, a finales del 2011, el mítico periodista barranquillero Ernesto McCausland Sojo se trazó la meta de entrevistar, por primera y última vez en su vida, a Giovanni Hernández. No fue un reto fácil. Incluso para un tipo como él. El mismo McCausland, autor de una mítica colección de entrevistas -véase “no sé, Ernesto, no sé”-, reconocería eventualmente que tuvo que perseguir al volante vallecaucano para poder materializar una cita. Finalmente, sin embargo, tras meses de ardua búsqueda, y horas antes de la final del Torneo Clausura de aquel año, McCausland recibió una confirmación.

El periodista y el jugador se reunieron una tarde a mediados de diciembre en la sede de concentración de Junior en el Hotel Country International de Barranquilla. El 17 de aquel mes, el día antes de que iniciara la final del torneo, El Heraldo publicó el fruto de aquel encuentro. Era una crónica breve en la que McCausland relató, casi con ternura, una serie de detalles sobre la vida y la difícil niñez del 10 rojiblanco. Poco se habló de fútbol. Giovanni había llegado a Barranquilla en el 2008, y había cambiado todo: había sacado, casi individualmente, al Junior de la zona del descenso para convertirlo en lo que acabaría siendo la mejor versión del club tiburón del último par de décadas. Con G10, el equipo había alcanzado, ya en ese entonces, su tercera final en menos de tres años, y unas horas más tarde, alcanzaría su segundo trofeo; sin embargo, McCausland no escribió sobre eso.

Ernesto, empapado por la luz de una pantalla, exprimido por el espesor de la inmediatez, y repleto de una admiración palpable, decidió saltarse la vara y el sombrero para ir a por el hombre que se escondía detrás. No buscaba al príncipe, sino al vagabundo. El periodista había quedado evidentemente fascinado por una condición que marcaba tanto la vida como la carrera de Gio: el contraste de la figura gentil, casi artística que recorría el césped, ante la tosquedad de su entorno. Giovanni, después de todo, siempre ha sido eso: los dos lados del vinilo. Una quimera real, aunque contradictoria, sujeta a una batalla de fuerzas opuestas que se estrujan la una a la otra en dirección de un mismo destino: las relevancia. En las palabras de McCausland publicadas aquel 17 de diciembre quedó labrada una admiración casi paternalista por el niño que había emergido entre las pandillas, las golpizas callejeras, las drogas y la escasez, para transformarse en el trapecista lírico que, en ese momento, marcaba el ritmo futbolístico de un país: 

Los astros se alinearon para que este Giovanni Hernández, que hoy deleita a Barranquilla, jamás emprendiera la ruta equivocada. Mucho contribuyó a eso: la crianza de las Lilias (madre y abuela), el aporte de Édison (padrastro), quizá las trompadas de Perea. Pero hay sin duda un factor especial: este joven nació iluminado.

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Giovanni Hernández, 1988

La batalla

Lo más curioso del caso de Giovanni Hernández no es que su pico haya llegado a una edad avanzada para un futbolista -aquello va más con cualidades intrínsecas que otra cosa-. Tampoco lo es que éste haya salido al extranjero a una temprana edad. Lo realmente interesante, más bien, son las decisiones que Hernández comenzó a tomar pasado su pico físico; como, por ejemplo, la de regresar a Colombia en primer lugar. No es secreto que G10 ha sido, durante la mayor parte de su carrera, una figura polarizante, y que su imagen en el país siempre ha sido complicada. Antes del 2008, más aún. A menudo la prensa popular le ha tildado de “dramático”, «pecho frío” y cualquier cantidad de banalidades que, significativas o no, van detrás de la negatividad. Muy famosamente, alguna vez el periodista Iván Mejía Álvarez lo apodó ‘Angustias’; y el mismo Nicolás Samper derivó de ese calificativo una diatriba en la Revista Soho titulada: “En contra de Giovanni Hernández”. Aquel artículo se adornó con una caricatura del futbolista con las manos dobladas y un ademán femenino.

Pero Gio regresó. Y lo hizo con los botines sucios y el pelo amarrado. El Príncipe había sido culpable, comenzando su carrera, del crimen más imperdonable que tanto una figura de la realeza como un futbolista pueden cometer: prometía más de lo que cumplía. Era inconsistente. Endulzaba sin enamorar. Sin embargo, éste dejó el Colo-Colo chileno, donde ya se había consolidado como ídolo, para regresar al país, no solo a disputar el descenso, sino a hacerlo en una de las plazas que menos paciencia ha tenido en los últimos tiempos con sus ‘número 10’ -véase Michael Ortega y Macnelly Torres-. A perseguir una hazaña.

Aquella decisión, por supuesto, acabó marcando tanto el fútbol colombiano como la propia vida del jugador. La llegada de Giovanni Hernández a Junior en el 2008 no sólo decidió la permanencia de un gigante y el rumbo de dos títulos, sino que también trazó una arruga tanto en su alma como en la entropía: una muesca que lo ha amarrado a la batalla en el purgatorio entre la primera y la segunda división. La costa colombiana: su sede. G10 mantuvo a Junior arriba, se hundió con Uniautónoma y, hoy, con el Real Cartagena, ha decidido volver a luchar.

Pero… ¿qué esperar de Gio como entrenador?

Si como director técnico Giovanni Hernández mantiene cualquier parentesco con lo que fue en el pico de su carrera como futbolista, lo normal sería esperar un equipo asociativo, rimbombante y, sobre todo, claro en su entendimiento global. El G10 que maravilló en Junior entre el 2008 y el 2013 fue una figura espectacular; muy superior a su versión verde del comienzo de la década. Los amagues se habían convertido en trucos de escape, las filtraciones desaforadas en pases entre líneas, y la creatividad había madurado para convertirse en absoluta claridad. Pero no hay garantía, por supuesto, de que su proeza futbolística se trasmita así de fácil a este nuevo rol. Antes de su primer encuentro (contra Valledupar), Gio dijo que su meta era “jugar bien al fútbol, con pelota a ras de piso, buscando siempre el arco rival, buscando sociedades, triangulaciones.”

Después de aquel partido, una derrota, profundizó mucho más:

La manera, para mí, de llegar al arco rival es con buen desarrollo de juego, con buenas movilidades, con buenas rupturas de los delanteros, con buenas pasadas en sorpresa de los laterales, con un desprendimiento en un momento dado de nuestro volante de marca, para que dé equilibrio en punto de apoyo. Para poder seguir buscando la posibilidad de filtrar bien, de alguna manera. Y lo otro, es tener la posibilidad de tener cuatro o cinco jugadores que puedan pisar área.

Es una propuesta ambiciosa, sin duda. Por momentos, parece más un discurso escuchado en el Allianz Arena que en el Jaime Morón. Pero, al menos por el lado de la intención, el asunto motiva: Giovanni maneja conceptos lúcidos, modernos; queda claro que ha estudiado sus bases, y que se siente lo suficientemente confiado con éstas como para discutirlas en público y, en esencia, educar. Aún así, él mismo ha admitido que, antes perseguir ideologías necesitará conocer a su equipo. “Mirar cuál es el módulo y buscar un ADN para que pueda jugar el Real Cartagena bien.”

Desempate

También hay que hablar, claro, de la vez en la que a Gio le tocó perder. Sería injusto achacarle al estratega el fracaso final de Uniautónoma, sí; sobra decir que las piezas con las que Giovanni contaba eran limitadas en cantidad y talento, y que, en gran parte, hizo una buena labor. De ese tiempo, sin embargo, resalta su labor táctica: más que un cuadro adherido a un método idealista, Hernández orquestó aquella vez a un equipo reactivo y, sobre todo, versátil. Mi colega Ricardo Pinilla describió a aquel Giovanni como “camaleónico”: un técnico propenso a alternar esquemas frecuentemente y a cambiar detalles marcados de partido a partido. Se adaptaba: a sus rivales, a sus limitaciones, a su condición.

En un Real Cartagena que acabó el pasado torneo como el equipo más goleado de la división, lo más probable es que ese instinto de cambio sea el punto de partida. Y es que eso, después de todo, ha sido la norma de la carrera de G10 en este deporte: el cambio constante. La matización. No con la connotación negativa con la que se utiliza para recriminarle a los políticos, sino en una forma evolutiva: madurar para mejorar, acortar los pases para pausar, cerrar las líneas para competir. Adaptarse para seguir siendo él mismo.

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Giovanni Hernández, 2011


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