Empató anoche el Cali un partido que empezó hace más de un año, cuando ‘Pecoso’ Castro tomó las riendas del club. Todo lo acontecido en Palmaseca respondió a una sucesión de eventos durante los últimos meses que han dejado al Cali en el estado que está: ni allí ni acá, ni muerto ni vivo en un complicadísimo grupo y con la obligación de ir a ganar dos veces a Buenos Aires para abrirse el camino a los octavos de final.

Nacimiento

Yerson Candelo, de nombre así por un brasileño medio calvo y centrozurdo al que recordamos caminar lánguidamente por las praderas mexicanas, no importa que sea cierto o no, era un lateral que no defendía, como el agua que no moja sino que quema, y por eso un buen día lo pusieron arriba. Y despegó con tanta fuerza que Castro tuvo que buscarle un lugar en el sistema que no quería extremos sino gente de centro. Nació así Candelo, el de la centroderecha y con él el Cali campeón después de una década.

Madurez

Camino a un castillo, un hombre del Este mira por el retrovisor la impaciencia exaltada de un auto que con luces parpadeantes anuncia un deseo frenético de adelantarlo. Se pregunta por qué ya nadie quiere contemplar las ventanas de Dios; ¿Dónde quedó el placer por la lentitud?, ¿dónde están los vagabundos de antaño que vagan de molino en molino y duermen al raso?

Están en Cali. El Deportivo de Cali del ‘Pecoso’ es la viva imagen de su capitán y mediocentro. Transita lento, rumiante, por el campo y a ritmo de balada seduce, pero no conquista hasta que del sur llegó el niño del norte y borró de un desmarque siglos del tiempo para inventarse el motor a combustión y las autopistas. Sin misericordia ni piedad, Santos comenzó a coleccionar víctimas por Colombia. ¿Cómo controlar a un equipo que va de cero a cien tan rápido como un control de Candelo y un chispazo de Borré? No se podía. En Madrid se dieron cuenta.

Juventud

Se fue Borré y en el once de Castro aterrizaron Balanta, Roa y Casierra. Juventud divina e incompleta; carrocería nueva e ilusión que contagia. El Cali jugó la fase final del campeonato sin la estrella que los había puesto a jugarla. La dinámica ya era inexorable. Un preciado goleador surgió. Cali campeón. Casi dos décadas después, el ídolo volvió a hacerlo: del semillero a la gloria. Los niños del Cali se hicieron de oro. Fulgor verde.

Ucronía

El trance duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks. Sabina diría que sobraron los motivos; Kundera que la vida está en otra parte. Para Borré fue la adolescencia; para el Cali, la perdición. Como si nunca hubiera llegado y como si nunca se hubiera ido. Como si el Cali nunca hubiera visto su primera luz. Sin el fuego que emigró a México todo se volvió lento.

Sin Borré al cien, ni Candelo en el equipo, el Cali se convirtió en un equipo de una sola velocidad. Incapaz de acelerar e incapaz de detenerse. A la defensa fue a la que más se le notó que el vestido le quedaba corto porque arriba la dinamita mulata seguía encendida y en el medio los versos de Benedetti nos ocultaban que Roa estaba crudo.

¿Dónde está el orfebre de futbolistas para dar cintura a un equipo de once?

La tarde

Valentía y violencia comienza igual, pero no deben confundirse. Afrontar al gigante no era cuestión de patadas sino de fútbol y ese volvió con ‘9’ puesto. Borré ya es un hombre y es un líder que la pide y que grita. A Boca casi le gana pero fortuna dijo no. Sin el socio del ‘19’, al delantero le tocó ser cañón, munición y pólvora. Era un flash, pero un esplendor de caña y azúcar se dejaba ver cuando los faroles se encendían y el Cali era un equipo con caja de cambios.

La noche

En La Paz apareció una golondrina llamada Andrés Roa vestido de Jairo Arboleda. Cómo en las historias del pasado, a Palmaseca llegaron ‘9’ y ’10’ con armadura verdiblanca para someter al invasor argentino. Vaya que jugaron.

Con Andrés Roa en plena explosión y Preciado liberándolo de las tareas oscuras, Borré puede jugar a lo que quiera dentro de un partido de fútbol. Juntos, los dos atlanticenses son la plataforma que puede hacer que el Cali carbure incluso con más brillantez que cuando se paseaba hace un año por Colombia. Racing lo sufrió.

El inicio evocó los miedos de siempre. El niño Rivera era un colador, pero no era su culpa. Él seguía los designios de su entrenador. Quien no lo hacía era el resto del aparato defensivo hasta que un grito de Castro los espabiló. Racing murió en el momento en que la línea de atrás de Cali decidió seguir los impulsos del ‘2’ y presionar en la línea divisoria. Sin tener que pensar, Lozano anticipó al Licha López un par de veces y marcó el territorio. Entonces Roa y Borré abrieron la carretera del gol. Saja se encargó de que no fuera goleada.

¿Sambueza y Preciado? Se inventaron uno que entró y eso debe bastar para que su valoración sea positiva; sin embargo, fueron muchos los ataques que cerraron con sus decisiones. Mientras Roa se abría y jugaba con maestría y cizaña, Sambueza se quedaba quieto, estático y lento, poniendo de sobremesa viejos vicios. No encontró en él Roa un aliado. Tampoco lo encontró Borré en el goleador que obnubilado con la jugada personal olvidó que esto es un juego de conjunto: un egoísmo que dejó al Cali sin opciones irrevocables de victoria. Con y sin pelota.

Cuando más cerca estaba la estocada final, el Cali olvidó dónde estuvo la llave que abrió el dominio. Se echó para atrás y allí el muro de Lozano y Mera pasó de ser de piedra a ser de palo y el balón de la Copa quema y mucho cuando está cerca del área. La victoria se derrumbó y no hubo cómo rescatarla. ¿O sí? ¿Dónde estaban Benedetti y Casierra en el 60’, querido Fernando?

Amanecer

Pero hay esperanza donde hay luces y en Cali hay varias que brillan con más fuerza cada día. Para seguir avanzado sólo debe agarrase con decisión a lo que lo llevó a estar cerca de hacerlo ayer. El gran problema del Cali ha sido su capacidad para cambiar de ritmo. La defensa sufre cuando el ataque no lo hace porque los deja en una posición de inferioridad cada vez que el Cali pierde la pelota, pero si Roa, Benedetti, Borré y Preciado se juntan, el Cali puede hacer cosas que ni Bolívar, ni Racing ni Boca pueden defender. Lo hemos visto. Lo hemos visto, ‘Pecoso’, y tú también. Entrégate a los jóvenes de corazón caliente que adelantan fugaces a señores del sur en las autopistas de América. ¡Tú los creaste! ¡Dales rienda suelta!

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