Hay un placer recóndito en observar las intensas y pequeñas olas de vino tinto que de a poco invaden el vacío de una copa. Ese sonido inconfundible que llena los ojos antes de atacar sin piedad los demás sentidos. Una buena copa de vino, dicen los que saben de esto, debe guardar una perfecta proporción de espacio libre para que su aroma hipnótico tome posesión definitiva de la voluntad de quien está a punto de beberla y, así, el placer se torne infinito.

En lo imperceptible del vacío y su importancia se encuentran algunos detalles decisivos. El fútbol, extensión de la vida, no es la excepción a esta regla. Siempre es transcendental tanto el espacio ocupado como el vacío que es dejado con un propósito. En todas las líneas de un equipo esta máxima cumple a rajatabla su ley, pero dónde se definen los partidos, en las áreas, es cuando se encuentra más determinante.

Roger Martínez es en sí mismo el valor de ese espacio sin ocupar. Un futbolista con las características típicas de un segunda punta clásico: desmarques hacia las bandas, ocupación de zonas libres, movimiento constante al servicio del delantero centro, líneas de pase, cambio de ritmo con la pelota pegada al pie y, por si faltaba algo, una vez la jugada progresa y madura lo suficiente, capacidad anotadora. Aunque en su haber hay detalles de finura en la definición, un poco de pausa no le haría mal, así podría solventar técnicamente mejor distintas situaciones del juego que lo comprometen. Sin embargo, es un debe que no genera mayor preocupación dada su edad. Los futbolistas, también, mejoran con el tiempo.

Espacio libre. Ese aroma. El vacío que lo equilibra todo porque está hecho para ser llenado. Existe un silencio perfecto: el creado para morir en las manos de un gol.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *