Después de cuatro partidos completos de esta edición de Copa Libertadores, a Atlético Nacional sólo se le puede describir con una palabra: seguridad. Seguridad en sí mismos, en su juego, en su defensa, en su mediocampo y en sus atacantes. Ha marcado 11 goles, no ha recibido ninguno, y, lo más importante: no ha sufrido en ningún momento.

¿Por qué no la ha pasado mal en ningún momento si bien conocidos son los defectos de Farid Díaz, de Alexis Henríquez, de Alexander Mejía, de Jonathan Copete  y hasta del mismo Sebastián Pérez? Porque eso ha dejado de importar. No importa que Alexis no tenga cintura y sea lento, ni que Mejía no tenga una buena lectura posicional para defender, ni todo lo demás, porque el sistema que ha construído Rueda tapa todo lo malo y potencia todo lo bueno.

La clave está en la intimidación de sus atacantes. El punto está en ese monumento aterrador en el que se convierte Ibarbo partido a partido, y en la electricidad que inyecta Marlos Moreno, más el ritmo endiablado que aportan Guerra, Pérez y compañía. Porque cada conducción de Ibarbo desorganiza y llena de miedo a unos rivales incapaces de seguir semejante fuerza de la naturaleza. Porque Marlos deslumbra con su precoz superioridad. Porque hay confianza.

Como hay confianza, Copete se atreve a regatear, a definir a pie cambiado, y Ruiz se atreve a picarla como los mejores del mundo. Y Bocanegra clava libres directos dignos de estudio. Nacional está seguro de sí mismo, y eso no es cosa de la semana pasada. Es el resultado de un proyecto ganador que comenzó en 2012 con Juan Carlos Osorio, y que ha recogido Reinaldo Rueda y ha ensamblado con una soldadura diferente. Ni mejor ni peor. Diferente. Mientras esto no afloje, seguirle el paso al verde será imposible, porque nadie ha vivido lo que ellos el último lustro.

Y porque casi ninguno tiene a varios tan buenos, claro.

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