Me miró sonriendo, y aunque habíamos cruzado palabras cotidianas y hasta comentarios del partido anterior, sabía que ese era nuestro tardío saludo de domingo. Aquel fue el momento con el que elegí quedarme; detuve la cinta, enfoqué toda mi capacidad receptiva en ese fotograma y guardé cada detalle de esa escena para intentar no olvidar jamás aquella sensación.

Mientras mirábamos el partido de la reserva, acostumbraba a contarme la historia de nuestros grandes equipos del pasado. Siempre agregaba su visión personal, nunca dotó la versión de objetividad ni se preocupaba siquiera por contarme la verdad. Años después descubrí, para mi admiración, que algunas de las situaciones que más me habían gustado fueron inventadas o ligeramente alteradas para el goce propio del cuento, y mío, por supuesto.

Veníamos dando tumbos, escarbando con los dedos en la tierra para encontrar la formula mágica: escuela brasileña, yugoslava, uruguaya y no pasábamos del tercer puesto. Al presidente lo querían colgar…– me dijo señalando el asta de las banderas. Pero eso era lo menos importante, había buenos jugadores y se pasaba bien, al menos yo disfrutaba- se hizo un silencio largo. No se puede ganar siempre –rompió el hielo melancólico con una frase del tamaño del Estadio. Lo realmente grave es que no se palpaba en el ambiente lo que te conté el otro día. No existía. Unidad, hinchada y equipo, como uno solo. Nada –negaba con la cabeza en un gesto de severa reprobación. Y era difícil porque Valdomiro Vaz le pegaba como los dioses y luego Barberón… Barberón era un crack –dijo haciendo un ademan con el brazo. López-Barberón, –como si fueran una sola persona- ¡qué pareja!

Pero a veces pasa, ser bueno no alcanza si no hay piel. El hincha siempre pide algo más –concluyó mientras buscaba el paraguas. Me quedé mirando la bandera azul y blanca flamear y él se quedó en silencio.

Hasta que… – y ese fue el momento que quedará grabado. Dicen que llegó en moto a la sede del club,–continuó poniéndose de pie y haciendo un intento de representación de la situación- entró a la oficina del Presidente y sin decir ni una palabra dejó el contrato sobre la mesa, se dio vuelta y se marchó tarareando una canción. Me miró con los brazos abiertos y los ojos expectantes esperando que aplaudiera la genialidad de aquel jugador con chaqueta de cuero y afro. Yo simplemente me maravillé de que aquellos detalles lo conmovieran tanto como a mí.

***

1982

A mediados de 1982 y después del fracaso que significó el entrenador yugoslavo Toza Veselinovic, que terminó en un penúltimo lugar en el torneo apertura, la dirigencia azul dio un volantazo contratando a José Omar Pastoriza antes del Mundial de España. Con él llegan José Daniel Van Tuyne, jugador de Rosario Central y parte del plantel argentino de Maradona y Passarella, Alberto Pedro Vivalda de Racing Club, arquero de gorra blanca, pelo largo y una tendencia al show irreverente como características más llamativas, añadidas por supuesto a las cualidades técnicas propias de un portero volador, y que configuraban una imagen estrambótica, única y amada por una hinchada a la que sacaba aplausos y exclamaciones de asombro por partes iguales. Carlos López, proveniente de Sarmiento con el andar de un diez fino salido de las categorías inferiores de River Plate, que se unía al también argentino Alejandro Barberón, de Independiente de Avellaneda y recordado por conformar una gran dupla de ataque con Ricardo Bochini. Aquel equipo combinaba calidad técnica, poder ofensivo, personalidad, oficio y un toque de locura más que interesante. A los ya mencionados extranjeros, los acompañaban futbolistas locales de no menor categoría: Diego Edison Umaña, Eduardo Pimentel, Miguel Augusto Prince y Arnoldo Iguarán. Fue un año para el regocijo del aficionado, los ojos se llenaron de fútbol y el equipo lograba congeniar para ofrecer espectáculo. Sin embargo, la llegada de un título seguía haciéndose esperar, un tercer puesto y la inestabilidad se apropiaba de los escritorios blanquiazules.

1983

Presos de la desesperación por un título nacional que esquivaba las vitrinas azules desde 1978, Millonarios hurgó en el subcampeón del torneo anterior: el Deportes Tolima, y les arrebató al uruguayo Juan Martín Múgica, entrenador artífice del gran torneo y especializado en los métodos defensivos de marcaje a la posesión y la defensa por medio de la presión. Previo al primer torneo de 1983, el apertura usualmente llamado Copa de la Paz, Millonarios se enfrentó con Peñarol y con el ULA Mérida por la Copa Presidente de la República o Copa Bicentenario Simón Bolívar, por supuesto en Venezuela. El saldo no fue bueno, una derrota ante el Manya y una victoria ante los venezolanos que no alcanzó para que el equipo bogotano disputara la final del torneo en el que también participaron Vasco da Gama y Boca Juniors. En su regreso al país, lo esperaba un amistoso con el Estudiantes de La Plata de Gottardi, posteriormente transferido a Santa Fe, el Tata Brown y Trobbiani, equipo al que derrotó 4-0. Otros resultados llamativos de aquella mini pretemporada dejan un empate a dos con el Cruzeiro de Tostão, y a uno con Gremio de Porto Alegre.

El torneo colombiano para entonces estaba dividido en apertura, clausura y en un octogonal final. El apertura se denominaba ‘Copa de la Paz’ y el clausura ‘Torneo Nacional’. El primer torneo se dividía en dos zonas de siete equipos cada una en dos rondas de todos contra todos, por supuesto de ida y vuelta. Mientras tanto, el Torneo Nacional tenía una disposición más regular para la actualidad, un formato de liga de todos contra todos en el que participaban los 14 equipos que para ese instante formaban parte del torneo profesional. El tema se complica bastante con las tablas de bonificación que servían como método de desempate en el octogonal final. Los dos primeros de las zonas A y B de la Copa de la Paz jugaban un partido de ida y vuelta por 1,00 de bonificación para el ganador y 0,75 para el perdedor, mientras que los segundos de cada zona hacían lo propio por 0,50 y 0,25. No termina acá, los cuatro primeros del Torneo Nacional recibían la misma bonificación, 1,00 para el primero, 0,75 para el segundo, 0,50 para el tercero y 0,25 para el cuarto. Al final, y antes del octogonal, se sumaban las bonificaciones de los equipos durante todo el año y estos puntos se adherían a los resultados regulares de los partidos del octogonal. No era extraño que el campeón se dirimiera por este método, por ejemplo el América de Cali terminaría coronándose por una diferencia de 0,75 puntos en detrimento del Junior de Barranquilla.

El andar de Millonarios durante aquel año 1983 fue bastante competitivo, tuvo el mote de animador del torneo pero no terminó de dar el paso para luchar por el título de manera definitiva. En la Copa de la Paz terminó segundo de la zona B, por detrás del Junior de Barranquilla y en el Torneo Nacional terminó tercero, empatado con el América de Cali en 35 puntos, dos por detrás de Atlético Nacional. Así pues, su presencia en el octogonal quedó asegurada habiendo cosechado además una buena bonificación. Aún así, el equipo obtuvo varios empates en partidos decisivos y tuvo un tránsito regular para finalmente terminar cuarto en la tabla de los ocho mejores del año.

1984

Tal es la exigencia del banquillo azul que el entrenador uruguayo decide renunciar a finales de 1983, dando paso a Jorge Luis Pinto. Es sabido que los métodos del entrenador colombiano, aunados con su exigencia física y táctica, son un cambio drástico en la dinámica de un plantel y entrar en esa vorágine no se logra con facilidad. Millonarios pagó un costo en la Copa de la Paz de 1984, un costo que al final sería elevado. El equipo azul fue tercero en la zona B, ganada por el América de Cali, posición que no le permitía luchar por la bonificación del primer semestre quedando en una posición de desventaja para un eventual octogonal final. En el Torneo Nacional, ya con Juan Gilberto Funes en el equipo, Millonarios fue cuarto en la tabla liderada, de nuevo, por el América de Cali, obteniendo tan solo un 0,25 de 2,00 puntos posibles de bonificación anual.

Estar al ritmo de un América de Cali dominante durante todo el año parecía una tarea imposible, pero el Millonarios de Pinto explotó en el octogonal final y terminó con la misma cantidad de victorias, empates y derrotas que el equipo de Ochoa Uribe, para ese entonces uno de los mejores del continente, y el criterio de desempate fue, sí, la bonificación. América de Cali había obtenido los 2,00 puntos posibles durante todo el año y Millonarios tuvo que quedarse con el subcampeonato. El primer semestre de Juan Gilberto Funes con la camiseta azul estuvo cargado de altibajos, no le fue nada fácil acoplarse a los sistemas tácticos de Pinto y a un fútbol colombiano en continuo ascenso a la élite continental. Hizo un par de goles al Atlético Bucaramanga y marcó el gol 3.000 de Millonarios en el profesionalismo ante el Junior de Barranquilla, pero por el contrario tuvo largas rachas de partidos sin marcar (12 y 15), números que el de San Luis posteriormente haría olvidar.

***

Era difícil que se jugara así, la cancha estaba completamente embarrada y, por demás, no parecía que la lluvia fuera a terminar. Estábamos debajo de la segunda bandeja, que caía sobre la tribuna como una especie de techo, a la cual nos habíamos movido después de que el paraguas resultara inútil. No, –me dijo mientras abría una botella de agua, como si ya no estuviéramos mojados hasta las pestañas- ese clásico fue otra cosa. Llovía de miedo. Un día como hoy que yo no volví a vivir jamás. Nos costaba entrar en los partidos y ese no fue la excepción, pero un clásico es un clásico –terminó diciendo mientras abría la mano. Cinco. Cinco -me miraba realizado. Molina, Espíndola, autogol de un tal Ceballos e Iguarán, por dos – casi recitando. Una fiesta.

¿Qué tendría el loco en la cabeza? –me dijo mientras enfilábamos empapados hacia la salida tras la suspensión del partido. Lo miré como esperando una conjetura acerca del material del que estaban hechos los locos. No sé –encogió los hombros- pero estaba más allá, en otro lugar, como si realmente nunca hubiese estado aquí. Nunca olvidé esa frase, aunque con el tiempo le he dado varias interpretaciones. Me contó entre risas que en la revancha de aquel clásico, en agosto de ese mismo año, Millonarios perdió 3-2 ante Santa Fe porque Vivalda, en esos arranques inverosímiles y necesarios, había salido a volverse uno más por un momento y en el mediocampo había perdido un balón con Carpene, quien desde su posición sacó un disparo que entró en el arco vacío. Nos costó el partido pero a mí me encantaba -dijo. Comprendí que iba un poco más allá, se enorgullecía de tener un futbolista con esa manera de pensar porque disfrutaba de lo insolente versus lo establecido, de lo irreverente por el solo hecho de serlo. Se lo hicieron pagar,–concluyó- la Junta Directiva tachó la jugada de irresponsable y fue multado –dijo con un tono alto, seguro todavía enojado, y yo casi sin poder creerlo.

***

Ese Millonarios de culto propio, con una de las mejores plantillas de su historia pero sin ningún titulo que cierre cualquier debate sobre su calidad, dejaría de existir paulatinamente con el retiro de José Daniel Van Tuyne del fútbol profesional tras el subcampeonato de 1984 y la posterior salida de Alberto Vivalda un año más tarde, en 1985, temporada en la que, por cierto, compartió plantel con René Higuita. Suspicacias aparte, nada raro resulta que René, en sus primeros años de carrera, se sintiera más que a gusto con un espejo de la categoría del argentino que supiera ser fuente de inspiración y aprendizaje. El loco Vivalda fue un arquero con un talento descomunal que por diatribas propias del camino, y para suerte del imaginario colectivo embajador, terminó haciéndose un nombre en la capital del país siendo parte del rico anecdotario del fútbol profesional colombiano.

Ese 1985 dejó de nuevo un tercer lugar en el octogonal final, ganado por el América de Cali, pero en el que se estableció un récord de goles en fase final (16) por, quién si no, Juan Gilberto Funes, dejando a Millonarios como el equipo más goleador de aquel octogonal (27 goles en 14 partidos) y con una cuenta propia anual de 32 anotaciones. El argentino había explotado aquel 1985 de la mano de Luján Manera, escuela Pincha por antonomasia, y del samario Eduardo Retat. El Búfalo jugaría seis meses más en Millonarios, dejando al equipo segundo en la zona A y con un total de 47 goles en sus dos años en el club. Retornó a Argentina para jugar con River Plate la fase final de la Copa Libertadores de 1986 donde se consagraría campeón de América anotando dos goles en la final ante América de Cali, uno en Cali (1-2) y el único en Buenos Aires (1-0). Por otra parte, Arnoldo Iguarán estuvo doce años en el club anotando un total de 121 goles en sus dos etapas como azul y logrando los títulos de 1987 y 1988, convirtiéndose en el único de aquella línea espiritual en conseguir títulos con uno de los equipos con más historia para contar del fútbol mundial.

Primera parte: To be a rock and not to roll (I)

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