Martín Zapata puso el balón en el punto penal como siempre lo hacía. Caminó dándole la espalda al arco, mientras sus compañeros, con tranquilidad, aseguraban que él no fallaría. Miró de frente a Marcos, arquero del Palmeiras, y miró al juez central. El silbatazo sonó y Zapata empezó su carrera frontal hacia el balón.

Era 1999. Era la final de la Copa Libertadores. Aquel Deportivo Cali que enfrentaba al Palmeiras era un equipazo. Bajo el mando del bogotano Cheché Hernández, el cuadro azucarero contaba con jugadores como Mayer Candelo, Víctor Bonilla, Alex Viveros, Gerardo Bedoya, Mario Alberto Yepez, Martín Zapata y Rafael Dudamel.

Mario Alberto Yepes ya daba clases de cómo quitar el balón

La defensa del Cali iniciaba con sus dos volantes centrales. El capitán, Martín Zapata, era incansable; de los que raspaba acá y allá, y una vez obtenía el balón, era capaz de asegurar una entrega limpia. Más atrás, sus dos centrales eran garantía de seguridad. Un Mario Alberto Yepes aún muy joven, ya daba clases de cómo quitar el balón, tanto de pie, como en el deslice; y hallaba su complemento perfecto en Andrés Mosquera, quien con su porte y fuerza, imponía un temor inmediato sobre la ofensiva rival.

En la última instancia, estaba Dudamel. Dudamel, también, en el arco. Dudamel en el campo. Rafael Dudamel era de esos jugadores que parecía omnipresente. Era un gran atajador; pero, al venezolano no le temblaban las piernas cuando tenía que jugar por abajo, y mucho menos cuando le tocaba cobrar un penal. En esa final los brasileños le fulminaron el cuerpo. Proyectiles le llovieron de todos lados, pero Dudamel, siempre firme en su temple, detuvo el embiste y sostuvo al Cali metido en la final.

El sistema ofensivo del Deportivo Cali, no obstante, era un polo opuesto; un aparato, ante nada creativo, que hallaba luz en los pies de Arley Betancourth y Mayer Candelo. El primero revolucionaba, mientras el segundo clarificaba. Fútbol puro: toque, toque, toque y filtración.

Víctor Bonilla sumaba al equipo bajo muchos contextos

Adelante estaba Víctor Bonilla. Y él era clave, ante nada, porque lo reunía todo. Era una quimera, un jugador híbrido, que resolvía el juego en instantes medidos. Así las cosas, el Cali dependía mucho de él. Cuando necesitaban aguantar el balón, ahí estaba Víctor; cuando necesitaban ir rápido, él se comía la espalda de los defensores. En el juego aéreo pocos lo batían, y en el uno contra uno, sus recursos le permitían aportar.

El año anterior, en la final del Cali ante Once Caldas, ya Bonilla se había hecho inmortal. Al minuto 4 de aquel encuentro, desde un tiro de esquina, Víctor Bonilla había agarrado un balón flotando con un latigazo para mandarlo a guardar. Y después, había finalizado un contraataque de manual para sentenciar el encuentro. Cuatro toques: de Mosquera a Zapata, de Zapata a Candelo, de Candelo a Betancourth, y de Betancourth a Víctor para la postal.

Ya para ese encuentro, Cali había mostrado un juego soberbio. Era un equipo con distintas facetas, podía esperar y contraatacar o, dado el caso, gestar su propio ritmo. El Cheché Hernández había construido, a punta de juveniles, un equipo cuyas promesas comenzaban a hacer eco a nivel internacional; y aquella base se mantuvo para la Copa Libertadores, en la que el Cali fue situado por el sorteo en el grupo 2, junto a Vélez Sarsfield, River Plate y Once Caldas. No era, para nada, un grupo sencillo.

Cali, sin embargo, logró imponerse en los tres encuentros de la primera vuelta, arrancando así 9 puntos consecutivos que le sirvieron para clasificar en segundo lugar. En octavos de final, de la mano de una actuación de culto por parte del Pelusa Pérez, y de un golazo de Víctor Bonilla en el partido de ida, el Cali derrotó al Colo-Colo chileno. El cuadro azucarero se hacía fuerte con el pasar de los partidos, y no tuvo problema en eliminar en cuartos a Bella Vista de Uruguay, y posteriormente en semifinales a un poderoso Cerro Porteño con un deslumbrante marcador global de 6-3. En Cali, parecían ser invencibles. Pero la final ante el mítico Palmeiras era un gigante en el horizonte.

Después del partido de ida disputado en el Pascual Guerrero, cuenta la historia, los futbolistas azucareros no podían dormir. En sus sueños, el gol de Bonilla. Aquella ventaja, por supuesto, era suficiente para pensar que el Cali se podía coronar campeón del certamen.

Pero el partido de vuelta fue un conjunto de pesadillas, que comenzaron en los primeros minutos. Dudamel en todos lados. Yepes corriendo y, así, fuera de comodidad. Zapata buscando aguantar el embiste infernal de los brasileños. Bonilla tuvo una opción de gol, pero el abrazo se postergó, gracias al portero Marcos.

En el segundo tiempo el Palmeiras sabía que ya no había mucho más tiempo para empatar la serie y obligar los penales. A punta de empuje y clarividencia, más que de precisión, el equipo brasileño consiguió un penal, después de una mano en el área. Fue el 1-1.

Palmeiras forzó los penales por pura insistencia

En un momento de luz, Gerardo Bedoya se escapó para encarar a los defensas rivales y obtuvo un penal. Martín Zapata, con una tranquilidad anonadante, anotó. Pero aquella intermisión a la pesadilla acabó pronto, cuando, faltando poco para que se acabara el partido, el Palmeiras hizo el segundo gol. Penales.

Cuando el juez central dio el pitazo final, Rafael Dudamel celebró. Así era su seguridad. Con esa misma confianza, él fue el encargado de cobrar el primer penal para el Cali, después de que el Palmeiras fallara su primer lanzamiento.

De ahí en adelante, todos los cobradores acertaron, hasta que le llegó el turno a Bedoya. Era el cuarto penal del Deportivo Cali. Su disparo con la zurda se estrelló contra el palo. Y, al acertar Euller en el quinto penal del Palmeiras, toda la responsabilidad recayó sobre Martín Zapata.

Una vez empezó su carrera frontal, después de haber oído el pitazo del juez, Zapata dio cinco pasos, conectó el balón con el borde interno del guayo y el balón, caprichoso, se fue al lado del palo izquierdo del arquero, dejando solo recuerdos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *