Los más viejos se atragantaron. El déjà vu les devolvió la capacidad de asombro que creían perdida. Se hallaban ante un titán moreno que acaparaba el ancho y largo de la cancha sin dar muestras de cansancio. Era un gigante derrochando energía como aquel gigante ancestro. La ciudad que vio el surgimiento del Coloso de Buenaventura no tardó en recordarlo: Baldomero Perlaza se parece a Freddy Rincón.

Verlo intimida. Su contextura es casi perfecta. Decimos casi porque le faltó heredar aquel torso taurino de Rincón. El resto lo tiene. Para cabecear es torre, para correr es liebre, para chocar es roble. Una envergadura portentosa, sin igual en el rentado local.

Con el balón, Perlaza no decepciona

A su prolijidad con el balón es difícil pedirle más. Perlaza se atreve con varios tipos de pases y, en ocasiones, intenta cosas que no son habituales entre los de su talla. Con la pelota en los pies no decepciona. Hablamos de un físico con medidas colosales que no descuida el trato del balón. Dicho esto, ¿qué tan ordenado es en la cancha?

Su buen juicio para decidir entre presionar arriba o mantener la guardia junto a Yeison Gordillo fue suficiente para hacerse con el puesto de Sebastián Salazar en el último suspiro de la Copa Sudamericana. Y fue precisamente en ese momento en que la historia no perdona el menor descuido, la final ante Huracán, que Baldomero Perlaza cumplió con nota. Sí, ofrece orden, aunque paradójicamente sus desempeños cautelosos no son señal de que esté en su mejor partido. Exigirle conservatismo es como ver a una bestia enjaulada.

Baldomero Perlaza es vértigo

Baldomero necesita frenesí, adrenalina, furor. Para ello demanda licencia para presionar, robar arriba, arremeter contra el área rival, retornar maratónicamente hacia su portería para recuperar el cuero y empezar de nuevo. Hacerlo una y mil veces. Allí, cuando se dispara en potencia, es cuando más recuerda a Freddy Eusebio. Baldomero Perlaza es pirómano y le encanta el fuego cruzado, el ida y vuelta: la situación extrema donde es el músculo quien se impone.

Baldomero Perlaza es un discurso, un lema. Es la bandera de una ciudad en lo alto de la cordillera que sofoca al forastero y quiere hacer del vértigo la estocada final. Baldomero Perlaza es presente y epifanía. Pasarán los años, probablemente ganará masa, probablemente perderá velocidad. Probablemente deberá medir energías. Se debatirá entre escatimar esfuerzos organizando detrás del balón o insistir en generar desorden delante de él. Si se decanta por lo primero, será como ver a Rincón de nuevo.

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