La personalidad y el carácter se conforman por deformaciones, inexactitudes y hechos aglutinados que de un modo u otro moldean a los seres humanos. En consecuencia, sus obras son un reflejo mismo de esta característica ilimitada y en continua formación. Apreciarla en su magnitud completa y óptima, con sus defectos, es un reconocimiento de cuán viva es como representación de quién la realiza. La esencia de lo humano debe ser entonces la base sobre la cual edificar el conocimiento de una obra que, como tantas, no merece quedar en el olvido sobre todo por gratitud a quienes formaron parte de ella.

Dazed and Confused – Alberto Vivalda

P1060237En apariencia, la tarde en Avellaneda transcurría con normalidad. Sobre la mesa un termo, facturitas, un tarro blanco y delgadito, y los guantes medio rotos pero que por cábala había decidido mantener, al menos en los entrenamientos. Su única compañía era el sonido distorsionado de la radio mal sintonizada a propósito. Estaba acostumbrándose a disfrutarlo, ya que descubrió que podía poner su mente en silencio y descansar de los ruidos infinitos procedentes tanto desde dentro como desde fuera de sí. Había algo enfermizo en que el sonido de la estación 800, que él mismo corregía a la 802, lograra serenarlo. Nunca entendió por qué. Nunca dejó de preguntárselo. Debió ser por ese estado en el que se encontraba que el ruido molesto del teléfono, ubicado sobre el mueble central que contenía el viejo equipo de sonido, resultó inútil para capturar su atención. Finalmente, y por la inercia propia de la obligación, se reincorporó y se dirigió a atender el llamado en el que solo escuchó preguntas preocupadas que él mismo decidió no responder más que con su acostumbrado silencio. Cinco palabras sobre un nuevo destino lograron rescatar su interés en esa conversación, o más bien en el monólogo de Van Tuyne, y que harían distinta esa tarde-noche violeta de 1982.

Black Dog – Arnoldo Iguarán

FullSizeRender¿Traición? Pasar de un portazo del rojo al azul no es para cualquiera. Igual, se prohibió cortarse las piernas. Su verdadero mérito está en no mirar atrás. Es, en cierto modo, inherente a él y va más allá de la voluntad, más allá del propio concepto. Es algo superior a un simple querer. Un poco como en el fútbol; avanzaba ciegamente con furia desatada y preso de un apetito que no podía saciarse. A la osadía que sólo tiene un corazón en llamas dotó de un gran don: la estética. Maniobraba sin problema de perfil, y con un toque de balón al uso que le permitía definir con exquisitez o inflar la red dejando un agujero en aquello que se aventurara a atravesarse. Con la pelota en los pies, con espacio y lanzado era definitivamente imparable. Ejercía control sobre la Santísima Trinidad –cuerpo, pelota y campo– y decidía el destino de los partidos con un sello distintivo: el borde interno de su botín. Detalle de clase. Imposible de delimitar, nunca se sintió cómodo con las cadenas. Es absurdo dominar lo que no se tiene, pero él sabía cómo. Sometía el territorio aún por conquistar. Potente cabeceador pese a su 1,77 de estatura lo que deja clara su forma física al servicio de los fundamentos del juego. 1983.

You Shook Me – Juan Gilberto Funes

24892_1393979569956_1246170056_31158125_250610_nAlgunos simplemente llegan antes. Su camino no es que sea más corto, es sólo que saben cómo andarlo. Él tenía trazada la ruta y la escalera lo esperaba en el viento susurrante. Con semejantes certezas, no podía ser otra su forma de jugar que valiente y entregada. Mientras algunos se debaten sobre la seguridad de dar un paso, él tenía la mirada clavada en lo determinado, como si lo supiera ya de antemano. Cuando llegó el momento provinieron tantas voces, murmullos y vociferaciones que se hizo irresistible no emprender el camino hacia arriba aún sabiendo que existía un mañana inaplazable. Subió casi hipnotizado la escalera primero que todos. Aunque no lo llevaba en la sangre, si tenía el blues grabado en la piel. Fue el último de los cuatro en vestirse de azul y de qué manera lo hizo. Sobre el césped daba la impresión que solo él mismo podía frenar su propia marcha, como finalmente sucedió.

Immigrant Song – José Van Tuyne

Era de esos futbolistas que jugaba cuando le apetecía. Podía pasar 50 de los 60 minutos de los partidos de divisiones inferiores dando toquesitos intracendentes que derivaban en una pérdida de eficiencia en las posesiones de su equipo. Sin embargo, cuando tenía éxito, las hermosas contradicciones de este jugador insolente provocaban tal admiración que levantaban de sus asientos a los 10 o 15 presentes en los tres escalones de madera de aquella 2736cbed2a5d6293e83ec9f801bb3a5dcancha de tierra. Un rival no aplaudió un detalle fino y con indignación cobró venganza con una patada traicionera que destruyó su tobillo. Por supuesto, regresó al cabo de unos meses pero como era de esperarse tras una lesión de semejante dimensión, había perdido elasticidad en sus movimientos y la fina movilidad que tan diferente lo hacía al resto de sus compañeros mortales. Vio sin sorpresa como sus presentaciones bajaron de calidad, experimentó falta de minutos y la frustración, desconocida hasta el momento, empezaba a hacer una mella definitiva en su ánimo. El azar de la existencia le lanzó un caramelo: uno de los defensores centrales de aquel joven equipo fue transferido al exterior debido a su prometedor futuro y naturalmente dejó un puesto libre en la plantilla. Aquel jovencito pidió a su entrenador una prueba en la posición vacante. Para maravilla de sus compañeros, amigos y de los padres que solían acompañar al equipo cada mañana de domingo en Rosario, estuvo más que a la altura. Había logrado ser constante en el esfuerzo y encontraba interés en arrimar el hombro ante los rivales. Rápidamente se convirtió en líder y capitán. Aprendió de a poco el oficio de la demarcación y tras un par de años se recibió de canalla empezando su carrera como defensor central.

Segunda parte: To be a rock and not to roll (II)

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